Él, escribiendo sobre el episcopado, y tratando de paso sobre las sectas y los cismas, os dejó su voto, o más bien ahora las últimas palabras de su mandato postrero, que sé que siempre tendrán para vosotros una querida y honrada consideración, tan llenas de mansedumbre y respirando caridad, que después de su último testamento, el de aquel que legó amor y paz a sus discípulos, no puedo recordar haber leído o escuchado palabras más apacibles y pacíficas.
Allí nos exhorta a escuchar con paciencia y humildad a aquellos que, comoquiera que se les calumnie, desean vivir puramente, haciendo uso de las ordenanzas de Dios según se lo dicta la mejor guía de su conciencia, y a tolerarlos, aun en cierta disconformidad con nosotros.
El libro mismo nos dirá más ampliamente, habiendo sido publicado al mundo y dedicado al Parlamento por quien, tanto por su vida como por su muerte, merece que el consejo que dejó no se deje de lado sin ser leído.
Y ahora el tiempo en especial es, por privilegio, de escribir y hablar lo que pueda ayudar a la ulterior discusión de los asuntos en debate.
El templo de Jano, con sus dos rostros contrapuestos, bien podría ahora no insignificantemente abrirse.
Y aunque todos los vientos de la doctrina se desataran a batir sobre la tierra, con tal que la Verdad esté en el campo, obramos injuriosamente al dudar de su fuerza mediante la censura y la prohibición.
Dejadla luchar con la Falsedad; ¿quién vio jamás a la Verdad salir peor parada en un encuentro libre y abierto?
Su refutación es la mejor y más segura forma de suprimirla.