Mas lo que está por encima de todo esto, el favor y el amor del Cielo, tenemos grandes razones para pensar que de manera peculiar nos es propicio e inclinado. ¿Por qué si no esta nación fue elegida antes que ninguna otra para que de ella, como de Sion, fueran pregonados y difundidos los primeros anuncios y la trompeta de la Reforma a toda Europa? Y si no hubiera sido por la obstinada perversidad de nuestros prelados contra el divino y admirable espíritu de Wycliffe —al reprimirlo como a un cismático e innovador—, tal vez ni los husitas bohemios y Jerónimo, ni siquiera el nombre de Lutero o de Calvino, habrían sido jamás conocidos: la gloria de reformar a todos nuestros vecinos habría sido enteramente nuestra. Pero ahora, dado que nuestro clero obdurado ha manejado el asunto con violencia, nos hemos convertido hasta el momento en los discípulos más tardíos y rezagados, de quienes Dios se había ofrecido a hacernos maestros. Ahora, una vez más, por la concurrencia de todas las señales y por el instinto general de los hombres santos y devotos, tal como expresan diaria y solemnemente sus pensamientos, Dios está decretando dar comienzo a algún nuevo y gran periodo en su Iglesia, hasta la reforma de la Reforma misma: ¿qué hace entonces sino
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Areopagitica
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