Si él es de la valía que le corresponde, no puede haber tarea más tediosa y desagradable, una mayor pérdida de tiempo impuesta sobre sus espaldas, que ser hecho el lector perpetuo de libros y panfletos no elegidos, a menudo volúmenes enormes.
No hay libro que sea aceptable salvo en ciertas estaciones; pero ser obligado a leer eso en todo momento, y en una letra apenas legible, de la cual tres páginas no pasarían jamás en el más bello tipo de imprenta, es una imposición que no puedo concebir cómo aquel que valora el tiempo y sus propios estudios, o tiene tan solo un olfato sensible, sea capaz de soportar.
En esto solo pido permiso a los actuales censores para que se me disculpe por pensar así; quienes sin duda asumieron este cargo mirando en él su obediencia al Parlamento, cuyo mandato tal vez hizo que todas las cosas les parecieran fáciles y sin fatiga; pero que esta breve prueba ya los haya agotado, sus propias expresiones y excusas ante quienes hacen tantos viajes para solicitar su licencia son testimonio suficiente.
Viendo por tanto que aquellos que ahora poseen el empleo, por todas las señales evidentes, desean verse bien libres de él; y que ningún hombre de valor, ninguno que no sea un puro despilfarrador de sus propias horas, es probable que jamás les suceda, a menos que tenga la intención de rebajarse al salario de un corrector de imprenta; podemos prever fácilmente qué clase de censores hemos de esperar en lo sucesivo, ya sea ignorantes, imperiosos y negligentes, o vilmente mercenarios.
Esto es lo que tenía que demostrar, en cuanto a que esta Orden no puede conducir al fin cuyo propósito ostenta.
Por último, paso del ningún bien que puede hacer al daño manifiesto que causa, al ser en primer lugar el mayor desaliento y ultraje que puede ofrecerse al saber y a los hombres cultos.