Y aunque sabía que Inglaterra gemía entonces bajo el yugo prelaticio más que ninguna otra, lo tomé sin embargo como prenda de futura felicidad que otras naciones estuviesen tan persuadidas de su libertad.
Mas superaba mis esperanzas que aquellos varones insignes respirasen entonces en su aire, los cuales habrían de ser sus guías hacia una liberación tal que jamás será olvidada por ninguna revolución del tiempo que a este mundo le reste por cumplir.
Una vez comenzado aquello, temía tan poco que las palabras de queja que oía proferir a hombres cultas de otras regiones contra la Inquisición, las mismas habría de oír a hombres igualmente cultos en mi patria, proferidas en tiempos de Parlamento contra una orden de censura; y tan universalmente que, cuando me hube declarado compañero de su descontento, podría decir, si fuera sin envidia, que aquel a quien una honesta cuestura había endeudado con los sicilianos no fue más importunado por ellos contra Verres, de lo que la favorable opinión que yo gozaba entre muchos que a vosotros honran, y son conocidos y respetados de vosotros, me abrumó con ruegos y persuasiones de que no desesperara de reunir aquello que la justa razón trajese a mi mente, en pro de la abolición de una inmerecida servidumbre sobre el saber.