tenido el valor de decírselo. Concluía que, después de la felicidad de haber nacido barón de Thunder-ten-Tronckh, el segundo grado de felicidad era ser la señorita Cunegunda, el tercero verla todos los días, y el cuarto escuchar al maestro Pangloss, el mayor filósofo de toda la provincia y, por consiguiente, de todo el mundo.
Un día Cunegonde, mientras paseaba cerca del castillo, en un bosquecillo al que llamaban el parque, vio entre los arbustos al doctor Pangloss que estaba dando una lección de física experimental a la doncella de su madre, una graciosa morenita, muy bonita y muy dócil.
Como la señorita Cunegonde tenía una gran disposición para las ciencias, observó sin aliento los repetidos experimentos de los que era testigo; comprendió claramente la fuerza de las razones del doctor, los efectos y las causas; regresó muy alterada, bastante pensativa y llena del deseo de saber, soñando que ella bien podía ser la razón suficiente del joven Cándido, y él la de ella.
Encontró a Cándido al llegar al castillo y se sonrojó; Cándido se sonrojó también; ella le dio los buenos días con voz titubeante, y Cándido le habló sin saber lo que decía. Al día siguiente, después de comer, al levantarse de la mesa, Cunegunda y Cándido se hallaron detrás de un biombo; Cunegunda dejó caer su pañuelo, Cándido lo recogió, ella le tomó inocentemente de la mano, el joven besó con no menor inocencia la mano de la dama con particular viveza, sensibilidad y gracia; sus labios se encontraron, sus ojos centellearon, sus rodillas temblaron, sus manos se extraviaron. El barón de Thunder-ten-Tronckh pasó cerca del biombo y, al contemplar semejante causa y efecto, echó a Cándido del castillo a patadas en el trasero; Cunegunda se desmayó; apenas volvió en sí, la