Cómo encontró Cándido a su antiguo maestro Pangloss, y qué les sucedió
Cándido, aún más conmovido por la compasión que por el horror, dio a aquel mendigo espantoso los dos florines que había recibido del honrado anabaptista Santiago.
El espectro lo miró muy fijamente, derramó algunas lágrimas y se le echó al cuello. Cándido retrocedió con repugnancia.
—¡Ay! —dijo un desdichado al otro—, ¿ya no conoces a tu querido Pangloss?
—¿Qué es lo que oigo? ¡Usted, querido maestro! ¡Usted en esta terrible situación! ¿Qué desgracia le ha ocurrido? ¿Por qué ya no está en el más magnífico de los castillos? ¿Qué ha sido de la señorita Cunegunda, la perla de las muchachas y la obra maestra de la naturaleza?
—Tan débil estoy que no puedo tenerme en pie —dijo Pangloss.
Sobre lo cual Cándido lo condujo a la caballería del anabaptista, y le dio un trozo de pan. Tan pronto como Pangloss se hubo refrescado un poco: