«—¡Oh, mi querido Cándido!, te acuerdas de Paquette, aquella linda doncella que servía a nuestra noble baronesa; en sus brazos gusté las delicias del paraíso, que produjeron en mí los tormentos infernales con que me ves devorado; ella estaba infectada de ellos, acaso se haya muerto de ellos. Este presente lo recibió Paquette de un sabio fraile recoleto, que lo había rastreado hasta su origen; lo había tenido de una vieja condesa, que lo había recibido de un capitán de caballería, que se lo debía a una marquesa, que lo tomó de un paje, que lo había recibido de un jesuita, quien de novicio lo había tenido en línea directa de uno de los compañeros de Cristóbal Colón. Por mi parte, yo no se lo voy a dar a nadie, me estoy
—¡Oh, Pangloss! —exclamó Cándido—, ¡qué genealogía tan extraña! ¿No es el Diablo el tronco originario de ella?
—De ningún modo —respondió este gran hombre—, era una cosa inevitable, un ingrediente necesario en el mejor de los mundos posibles; pues si Colón no hubiera cogido en una isla de América esta enfermedad, que contamina la fuente de la vida, que con frecuencia impide incluso la generación y que es evidentemente contraria al gran fin de la naturaleza, no tendríamos ni chocolate ni cochinilla. Debemos observar también que en nuestro continente este mal está circunscrito a un lugar particular, como la controversia religiosa. Los turcos, los indios, los persas, los chinos, los siameses, los japoneses no saben nada de él; pero hay razones fundadas para creer que lo conocerán a su vez de aquí a unos siglos. Entre tanto, ha hecho progresos maravillosos entre nosotros, especialmente en esos grandes ejércitos compuestos de mercenarios honestos y bien disciplinados que deciden el destino de los Estados; pues