Lo que vieron en el país de El Dorado
Cacambo expresó su curiosidad al ventero, quien le respondió:
“Soy muy ignorante, mas no por eso soy peor. Sin embargo, tenemos en este vecindario a un anciano retirado de la Corte que es la persona más instruida y más comunicativa del reino”.
En el acto llevó a Cacambo ante el anciano. Cándido no desempeñaba ya más que un papel secundario y acompañaba a su ayuda de cámara.
Entraron en una casa muy sencilla, pues la puerta era solo de plata y los techos solo de oro, pero labrados con un gusto tan elegante que competían con los más ricos. La antesala, por cierto, estaba apenas incrustada de rubíes y esmeraldas, pero el orden con que todo estaba dispuesto compensaba esta gran sencillez.
El anciano recibió a los forasteros en su sofá, el cual estaba relleno de plumas de colibrí, y ordenó a sus sirvientes que les ofrecieran licores en copas de diamante; tras lo cual satisfizo la curiosidad de estos en los siguientes términos:
“Ahora tengo ciento setenta y dos años, y supe por mi difunto padre, Caballerizo Mayor del Rey, de las asombrosas revoluciones del Perú, de las cuales había sido testigo presencial. El reino que ahora habitamos es el