Un hombrecito vestido de negro, familiar de la Inquisición, que estaba sentado a su lado, tomó la palabra amablemente y dijo:
—Parece, pues, señor, que usted no cree en el pecado original; porque si todo es para bien, no ha habido entonces ni caída ni castigo.
—Pido humildemente perdón a Vuestra Excelencia —respondió Pangloss con mayor cortesía aún—; porque la caída del hombre y la maldición entraron necesariamente en el sistema del mejor de los mundos.
—Señor —dijo el Familiar—, ¿entonces no creéis en la libertad?
—Vuestra Excelencia me perdonará —dijo Pangloss—; la libertad es compatible con la absoluta necesidad, porque era necesario que fuésemos libres; pues, en suma, la voluntad determinada...
Pangloss estaba en mitad de su frase, cuando el Familiar hizo una seña a su lacayo, el cual le ofreció una copa de vino de Oporto.