—Lo hará lo mejor que pueda —dijo Cacambo—; las mujeres nunca se quedan sin recursos, Dios provee para ellas, echemos a correr.
—¿Adónde me llevas? ¿A dónde iremos? ¿Qué haremos sin Cunegonda? —dijo Cándido.
—Por Santiago de Compostela —dijo Cacambo—, ibas a luchar contra los jesuitas; vayamos a luchar por ellos; conozco bien el camino, te conduciré a su reino, donde estarán encantados de tener a un capitán que entiende el ejercicio búlgaro. Harás una fortuna prodigiosa; si no hallamos nuestra cuenta en un mundo, la hallaremos en otro. Es un gran placer ver y hacer cosas nuevas.
—¿Has estado, pues, antes en el Paraguay? —dijo Cándido.
—Vaya, claro que sí —respondió Cacambo—; fui criado en el Colegio de la Asunción, y conozco el gobierno de los buenos Padres tan bien como las calles de Cádiz.
Es un gobierno admirable. El reino tiene más de trescientas leguas de diámetro, y está dividido en treinta provincias; allí los Padres lo poseen todo y el pueblo nada; es una obra maestra de razón y justicia.
Por mi parte, no veo nada tan divino como los Padres, que aquí hacen la guerra a los reyes de España y Portugal, y en Europa confiesan a esos reyes; que aquí matan a los españoles y en Madrid los mandan al cielo; esto me encanta, avancemos.
Vais a ser el más feliz de los mortales. ¡Qué placer será para esos Padres enterarse de que les llega un capitán que conoce el ejercicio búlgaro!
Tan pronto como llegaron a la primera barrera, Cacambo dijo a la guardia avanzada que un capitán quería hablar con mi señor el Comandante. Se dio aviso a la guardia principal, y de inmediato un oficial paraguayo corrió a postrarse a los pies del Comandante para comunicarle esta noticia.