camino destructivo en torno a ella con una malicia más erudita y acariciadora. Su ataque, más furtivo, más flexible y más paciente que el de Voltaire, nos exigiría, sobre todo cuando su erudición se fuera un poco de las manos, ser algo más que pacientes. De vez en cuando nos aburriría. Cándido jamás aburrió a nadie, salvo a William Wordsworth.
Los hombres y mujeres de Voltaire exponen su argumento contra el optimismo empezando desde lo alto y cayendo hasta lo más bajo. Un moderno no podría proceder de este modo. No sumiría a su gente en una desgracia desconocida. Simplemente los mantendría en la desgracia en la que nacieron.
Pero semejante descripción del procedimiento de Voltaire es tan engañosa como el molde de yeso de una danza.
Examinemos de nuevo su procedimiento. Mademoiselle Cunegonde, la ilustre westfaliana, descendiente de una familia capaz de probar setentiún cuarteles de nobleza, cae y cae hasta que la encontramos ganándose la vida lavando platos en la Propóntide.
La anciana fiel sirvienta, víctima de un centenar de violaciones por parte de piratas negros, recuerda que es hija de un papa y que, en honor a su próxima boda con un príncipe de Massa-Carrara, toda Italia escribió sonetos de los cuales ni uno solo era potable.
No necesitamos conocer la literatura francesa anterior a Voltaire para sentir, aunque la parodia latente pueda escapársenos, que se está burlando de nosotros y de sí mismo. Su risa ante sus propios métodos se vuelve más inconfundible al final, cuando los caricaturiza reuniendo casualmente a seis monarcas caídos en una posada de Venecia.
Un moderno agresor del optimismo se armaría con la compasión social. No hay compasión social en el Cándido. Voltaire, cuyo toque ligero sobre las