la imaginación.
Además, la frase misma, imagino una figura (effingo), me recuerda mi error; pues en verdad formaría una si me imaginara ser algo, ya que imaginar no es otra cosa que contemplar la figura o imagen de una cosa corpórea; pero ya sé que existo, y que al mismo tiempo es posible que todas esas imágenes, y en general todo lo que se refiere a la naturaleza del cuerpo, sean meros sueños [o quimeras]. A partir de esto descubro que no es más razonable decir: «Voy a excitar mi imaginación para conocer más claramente lo que soy», que expresarme de este modo: «Ahora estoy despierto y percibo algo real; pero, como mi percepción no es suficientemente clara, voy a propósito a dormirme para que mis sueños me representen el objeto de mi percepción con mayor verdad y claridad».
Y, por lo tanto, sé que nada de todo lo que puedo abarcar en la imaginación pertenece al conocimiento que tengo de mí mismo, y que es necesario apartar con el mayor cuidado el espíritu de este modo de pensar, para que pueda conocer su propia naturaleza con perfecta distinción.
Pero ¿qué soy, entonces? Una cosa que piensa, se ha dicho. ¿Pero qué es una cosa que piensa? Es una cosa que duda, entiende, [concibe], afirma, niega, quiere, rehúsa; que imagina también, y percibe.
Ciertamente no es poco, si todas estas propiedades pertenecen a mi naturaleza. ¿Pero por qué no habrían de pertenecerle?
¿No soy yo acaso ese mismo ser que ahora duda de casi todo; que, a pesar de ello, entiende y concibe ciertas cosas; que afirma una sola como verdadera y niega las demás; que desea conocer más de ellas y no quiere ser engañado; que imagina muchas cosas, a veces incluso a pesar de su voluntad; y que asimismo percibe muchas, como si fuera por medio de los sentidos?
¿No hay nada de todo esto tan cierto como el