por consiguiente me parece que ya puedo tomar como regla general que todo lo que es muy clara y distintamente aprehendido (concebido) es verdadero.
No obstante, con anterioridad recibí y admití muchas cosas como enteramente ciertas y manifiestas, que sin embargo después hallé ser dudosas. ¿Cuáles eran, pues, aquellas? La tierra, el cielo, los astros y todos los demás objetos que solía percibir por medio de los sentidos. Pero ¿qué era lo que en ellos percibía clara [y distintamente]? Nada más que las ideas y los pensamientos de aquellos objetos se presentaban a mi mente. Y aun ahora no niego que estas ideas se encuentren en mi mente. Mas había aún otra cosa que afirmaba, y que, por estar acostumbrado a creerla, creía percibir claramente, aunque, a decir verdad, no la percibía en absoluto; me refiero a la existencia de objetos externos a mí, de los cuales procedían esas ideas y a los cuales guardaban perfecta semejanza; y aquí era donde me