De los diferentes empleos de los capitales
Aunque todos los capitales están destinados al mantenimiento del trabajo productivo únicamente, sin embargo, la cantidad de ese trabajo que capitales iguales son capaces de poner en movimiento varía enormemente según la diversidad de su empleo; como varía asimismo el valor que dicho empleo añade al producto anual del suelo y del trabajo del país.
Un capital puede emplearse de cuatro maneras diferentes:
- o bien, primero, en la adquisición del producto bruto requerido anualmente para el uso y consumo de la sociedad;
- o bien, segundo, en la manufactura y preparación de dicho producto bruto para su uso y consumo inmediatos;
- o bien, tercero, en el transporte del producto, ya sea bruto o manufacturado, desde los lugares donde abunda hasta aquellos donde se necesita;
- o bien, por último, en la división de porciones particulares de cualquiera de ellos en parcelas tan pequeñas como lo requieran las demandas ocasionales de quienes los necesitan.
De la primera manera se emplean los capitales de todos aquellos que emprenden la mejora o el cultivo de tierras, minas o pesquerías; de la segunda, los de todos los maestros fabricantes; de la tercera, los de todos los comerciantes al por mayor; y de la cuarta, los de todos los detallistas.
Es difícil concebir que un capital pueda emplearse de alguna manera que no pueda clasificarse bajo alguna de estas cuatro.
Cada uno de esos cuatro métodos de emplear un capital es esencialmente necesario ya sea para la existencia o la extensión de los otros tres, o para la conveniencia general de la sociedad.
A menos que se empleara un capital en proporcionar producción bruta hasta cierto grado de abundancia, ni las manufacturas ni el comercio de ningún tipo podrían existir.
A menos que se empleara un capital en la fabricación de aquella parte del producto bruto que requiere una buena cantidad de preparación antes de poder ser apta para el uso y el consumo, o bien no se produciría nunca, por no haber demanda para ella; o, si se produjese espontáneamente, carecería de valor de cambio y no podría añadir nada a la riqueza de la sociedad.
A menos que se empleara un capital en transportar, ya sea la producción bruta o la manufacturada, desde los lugares donde abunda hasta aquellos donde se necesita, no se podría producir de ninguna de las dos más de lo necesario para el consumo de la vecindad.
El capital del comerciante intercambia el excedente de producción de un lugar por el de otro, y de este modo fomenta la industria y aumenta los goces de ambos.
A menos que se empleara un capital en romper y dividir ciertas porciones, ya sea de los productos brutos o manufacturados, en paquetes tan pequeños como convengan a las demandas ocasionales de quienes los necesitan, cada hombre se vería obligado a comprar una cantidad mayor de los bienes que desea de la que requieren sus necesidades inmediatas.
Si no existiera un oficio como el de carnicero, por ejemplo, cada hombre se vería obligado a comprar un buey entero o una oveja entera de una vez. Esto sería por lo general inconveniente para los ricos, y mucho más para los pobres.
Si un obrero pobre se viera obligado a comprar las provisiones de un mes o de seis meses de una vez, una gran parte del fondo que emplea como capital en los instrumentos de su oficio, o en el mobiliario de su tienda, y que le produce una renta, se vería obligado a colocarla en esa parte de su fondo que está reservada para el consumo inmediato, y que no le produce ninguna renta.
Nada puede ser más conveniente para una persona así que poder comprar su sustento día a día, o incluso hora por hora, según lo vaya necesitando. De este modo se le permite emplear casi la totalidad de su fondo como capital. Así se le permite proporcionar un trabajo de mayor valor, y el beneficio que obtiene de ello de esta manera compensa con creces el precio adicional que el beneficio del comerciante minorista impone sobre las mercancías.
Los prejuicios de algunos escritores políticos contra los tenderos y comerciantes carecen por completo de fundamento. Tan lejos está de ser necesario gravarlos o restringir su número, que jamás pueden multiplicarse hasta el punto de perjudicar al público, aunque puedan hacerlo de modo que se perjudiquen entre sí.
La cantidad de comestibles, por ejemplo, que se puede vender en una ciudad determinada está limitada por la demanda de esa ciudad y de su vecindad. El capital, por tanto, que puede emplearse en el comercio de comestibles no puede exceder del que sea suficiente para comprar dicha cantidad.
Si este capital se divide entre dos tenderos diferentes, su competencia tenderá a hacer que ambos vendan más barato que si estuviera en manos de uno solo; y si se dividiera entre veinte, su competencia sería proporcionalmente mayor, y la posibilidad de que se aúnen para subir el precio, proporcionalmente menor.
Su competencia quizás arruine a algunos de ellos; pero ocuparse de esto es asunto de las partes interesadas, y puede confiarse con seguridad a su discreción. Jamás puede perjudicar ni al consumidor ni al productor; por el contrario, debe tender a hacer que los minoristas tanto vendan más barato como compren más caro que si todo el comercio estuviera monopolizado por una o dos personas.
Algunos de ellos, quizás, puedan a veces seducir a un cliente débil para que compre lo que no necesita. Este mal, sin embargo, es de demasiada poca importancia como para merecer la atención pública, ni sería necesariamente evitado restringiendo su número. No es la multitud de tabernas, por dar el ejemplo más sospechoso, lo que ocasiona una disposición general a la embriaguez entre la gente común; sino que esa disposición, originada por otras causas, da necesariamente empleo a una multitud de tabernas.
Las personas cuyos capitales se emplean en cualquiera de esas cuatro formas son ellas mismas trabajadores productivos. Su labor, cuando se dirige adecuadamente, se fija y se realiza en el sujeto o mercancía vendible sobre el que se aplica, y por lo general añade a su precio el valor, al menos, de su propio mantenimiento y consumo.
Los beneficios del agricultor, del fabricante, del comerciante y del detallista se extraen todos del precio de las mercancías que los dos primeros producen y los dos últimos compran y venden.
Sin embargo, capitales iguales, empleados en cada una de esas cuatro formas diferentes, pondrán inmediatamente en movimiento cantidades muy diferentes de trabajo productivo, y aumentarán también en proporciones muy distintas el valor del producto anual de la tierra y del trabajo de la sociedad a la que pertenecen.
El capital del comerciante al por menor reemplaza, junto con sus beneficios, el de aquel comerciante a quien le compra mercancías, y de este modo le permite continuar su negocio.
El propio comerciante al por menor es el único trabajador productivo al que emplea de manera inmediata. En sus beneficios consiste todo el valor que su empleo añade al producto anual de la tierra y del trabajo de la sociedad.
El capital del comerciante al por mayor reemplaza, junto con sus beneficios, los capitales de los agricultores y fabricantes a quienes compra los productos brutos y manufacturados con los que comercia, y de este modo les permite continuar sus respectivos oficios.
Es principalmente mediante este servicio como contribuye indirectamente a mantener el trabajo productivo de la sociedad y a aumentar el valor de su producto anual.
Su capital emplea también a los marineros y transportistas que trasladan sus mercancías de un lugar a otro, y acrecienta el precio de dichas mercancías con el valor, no solo de sus beneficios, sino de los salarios de aquellos.
Este es todo el trabajo productivo que pone inmediatamente en movimiento y todo el valor que añade inmediatamente al producto anual. Su operación, en ambos aspectos, es bastante superior a la del capital del minorista.
Parte del capital del maestro fabricante se emplea como capital fijo en los instrumentos de su oficio, y reemplaza, junto con sus beneficios, el de algún otro artesano a quien se los compra.
Parte de su capital circulante se emplea en la compra de materias primas, y reemplaza, con sus beneficios, los capitales de los agricultores y mineros a quienes se las compra.
Pero una gran parte de él se distribuye siempre, ya sea anualmente o en un período mucho más breve, entre los diferentes obreros a los que emplea.
- Aumenta el valor de esos materiales mediante sus salarios, y mediante los beneficios de sus amos sobre el conjunto del capital en salarios, materiales e instrumentos de oficio empleados en el negocio.
- Pone inmediatamente en movimiento, por tanto, una cantidad mucho mayor de trabajo productivo, y añade un valor mucho mayor a la producción anual de la tierra y del trabajo de la sociedad, que un capital igual en manos de cualquier comerciante al por mayor.
Ningún capital igual pone en movimiento una mayor cantidad de trabajo productivo que el del agricultor. No solo sus criados jornaleros, sino también sus ganados de labor, son trabajadores productivos.
En la agricultura también la naturaleza labora junto con el hombre; y aunque su labor no cuesta gasto alguno, su producto tiene su valor, así como el del obrero más costoso. Las operaciones más importantes de la agricultura parecen destinadas, no tanto a aumentar —aunque también hacen eso—, como a dirigir la fertilidad de la naturaleza hacia la producción de las plantas más provechosas para el hombre.
Un campo invadido de zarzas y espinos puede producir con frecuencia una cantidad de vegetales tan grande como el viñedo o el campo de cereales mejor cultivados. La plantación y el laboreo regulan con frecuencia más de lo que animan la fertilidad activa de la naturaleza; y después de toda su labor, una gran parte de la obra siempre queda por ser hecha por ella.
Los trabajadores y el ganado de labor empleados en la agricultura, por lo tanto, no solo ocasionan, al igual que los obreros en las manufacturas, la reproducción de un valor igual a su propio consumo, o al capital que los emplea, junto con los beneficios de sus propietarios; sino también de un valor mucho mayor. Además del capital del agricultor y de todos sus beneficios, ocasionan regularmente la reproducción de la renta del terrateniente.
Esta renta puede considerarse como el producto de aquellas fuerzas de la naturaleza cuyo uso el terrateniente presta al agricultor. Es mayor o menor según la extensión supuesta de dichas fuerzas, o en otras palabras, según la fertilidad natural o mejorada supuesta de la tierra. Es la obra de la naturaleza que queda después de deducir o compensar todo lo que puede considerarse como obra del hombre. Rara vez es inferior a la cuarta parte, y con frecuencia es superior a la tercera parte, de todo el producto.
Ninguna cantidad igual de trabajo productivo empleado en las manufacturas puede ocasionar jamás una reproducción tan grande. En ellas la naturaleza no hace nada; el hombre lo hace todo; y la reproducción debe estar siempre en proporción a la fuerza de los agentes que la ocasionan.
El capital empleado en la agricultura, por consiguiente, no solo pone en movimiento una mayor cantidad de trabajo productivo que cualquier capital igual empleado en las manufacturas, sino que, en proporción también a la cantidad de trabajo productivo que emplea, añade un valor mucho mayor al producto anual de la tierra y del trabajo del país, a la riqueza real y a la renta de sus habitantes. De todas las maneras en que puede emplearse un capital, es, con mucho, la más ventajosa para la sociedad.
Los capitales empleados en la agricultura y en el comercio al por menor de cualquier sociedad deben residir siempre dentro de esa sociedad. Su empleo se limita casi a un lugar preciso, a la granja y a la tienda del comerciante minorista. Por lo general, además, aunque existen algunas excepciones a esto, deben pertenecer a miembros residentes de la sociedad.
El capital de un comerciante al por mayor, por el contrario, parece no tener una residencia fija o necesaria en ninguna parte, sino que puede vagar de un lugar a otro, según pueda comprar barato o vender caro.
El capital del fabricante debe residir sin duda donde se lleva a cabo la manufactura; pero dónde ha de ser esto no siempre se determina necesariamente.
Puede frecuentemente estar a gran distancia tanto del lugar donde crecen los materiales como de aquel donde se consume la manufactura terminada.
Lyon dista mucho tanto de los lugares que proporcionan los materiales de sus manufacturas como de aquellos que los consumen.
La gente elegante de Sicilia viste sedas hechas en otros países, a partir de los materiales que produce la suya propia.
Parte de la lana de España se manufactura en Gran Bretaña, y una parte de ese paño se envía después de vuelta a España.
Que el comerciante cuyo capital exporta el producto excedente de cualquier sociedad sea nativo o extranjero, tiene muy poca importancia.
- Si es extranjero, el número de sus trabajadores productivos es necesariamente menor que si hubiera sido nativo en un solo hombre, y el valor de su producto anual, por las ganancias de ese único hombre.
- Los marineros o transportistas que emplea aún pueden pertenecer indistintamente a su país, al de ellos o a algún tercer país, de la misma manera que si hubiera sido nativo.
El capital de un extranjero otorga valor a su producto excedente al igual que el de un nativo, al cambiarlo por algo para lo cual hay demanda en el país.
Reemplaza con la misma eficacia el capital de la persona que produce dicho excedente, y le permite con la misma eficacia continuar su negocio; el servicio mediante el cual el capital de un comerciante al por mayor contribuye principalmente a sostener el trabajo productivo y a aumentar el valor del producto anual de la sociedad a la que pertenece.
Tiene más importancia que el capital del fabricante resida dentro del país. Pone necesariamente en movimiento una mayor cantidad de trabajo productivo y añade un mayor valor al producto anual de la tierra y del trabajo de la sociedad.
Puede, sin embargo, ser muy útil para el país, aunque no resida en él. Los capitales de los fabricantes británicos que trabajan el lino y el cáñamo importados anualmente de las costas del Báltico son ciertamente muy útiles para los países que los producen.
Esos materiales forman parte del producto excedente de esos países que, a menos que fuera cambiado anualmente por algo que tenga demanda allí, no tendría ningún valor y pronto dejaría de producirse. Los comerciantes que lo exportan reemplazan los capitales de las personas que lo producen y, con ello, las animan a continuar la producción; y los fabricantes británicos reemplazan los capitales de esos comerciantes.
Un país determinado, del mismo modo que una persona determinada, puede carecer frecuentemente de capital suficiente tanto para mejorar y cultivar todas sus tierras, como para manufacturar y preparar toda su producción en bruto para el uso y consumo inmediatos, y para transportar la parte excedente de dicha producción, ya sea en bruto o manufacturada, a aquellos mercados distantes donde pueda ser cambiada por algo para lo cual haya demanda en el país.
Los habitantes de muchas regiones diferentes de Gran Bretaña no disponen de capital suficiente para mejorar y cultivar todas sus tierras.
Una gran parte de la lana de los condados meridionales de Escocia es manufacturada en Yorkshire, tras un largo transporte terrestre por caminos muy malos, por falta de capital para manufacturarla en el propio país.
Hay muchas pequeñas ciudades manufactureras en Gran Bretaña cuyos habitantes no tienen capital suficiente para transportar el producto de su propia industria a aquellos mercados distantes donde hay demanda y consumo para él. Si hay algún mercader entre ellos, son propiamente tan solo los agentes de comerciantes más adinerados que residen en alguna de las grandes ciudades comerciales.
Cuando el capital de cualquier país no es suficiente para esos tres fines, en la proporción en que una mayor parte de él se emplee en la agricultura, mayor será la cantidad de trabajo productivo que ponga en movimiento dentro del país; así como también el valor que su empleo añada al producto anual de la tierra y del trabajo de la sociedad.
Después de la agricultura, el capital empleado en manufacturas pone en movimiento la mayor cantidad de trabajo productivo, y añade el mayor valor al producto anual. El que se emplea en el comercio de exportación tiene el menor efecto de los tres.
El país, por cierto, que no tiene el capital suficiente para esos tres propósitos, no ha llegado a ese grado de opulencia para el que parece naturalmente destinado.
Intentar, sin embargo, prematuramente y con un capital insuficiente, hacer las tres cosas, ciertamente no es el camino más corto para una sociedad, ni tampoco lo sería para un individuo, para adquirir uno suficiente.
El capital de todos los individuos de una nación tiene sus límites del mismo modo que el de un solo individuo, y es capaz de realizar únicamente ciertos propósitos.
El capital de todos los individuos de una nación aumenta de la misma manera que el de un solo individuo, mediante su acumulación continua y la adición a este de todo lo que ahorran de su renta.
Es probable que aumente con la mayor rapidez, por lo tanto, cuando se emplea de la manera que proporciona la mayor renta a todos los habitantes del país, ya que así estarán capacitados para realizar los mayores ahorros.
Pero la renta de todos los habitantes del país es necesariamente proporcional al valor del producto anual de su tierra y su trabajo.
Ha sido la causa principal del rápido progreso de nuestras colonias americanas hacia la riqueza y la grandeza el que casi la totalidad de sus capitales se haya empleado hasta ahora en la agricultura.
No tienen manufacturas, a excepción de aquellas manufacturas domésticas y más groseras que acompañan necesariamente al progreso de la agricultura, y que son obra de las mujeres y los niños en cada familia particular.
La mayor parte tanto del comercio de exportación como del de cabotaje de América se lleva a cabo con los capitales de comerciantes que residen en la Gran Bretaña.
Incluso los almacenes y depósitos desde los cuales se venden mercancías al por menor en algunas provincias, particularmente en Virginia y Maryland, pertenecen muchos de ellos a comerciantes que residen en la metrópoli, y ofrecen uno de los pocos ejemplos de un comercio al por menor de una sociedad llevado a cabo con los capitales de quienes no son miembros residentes en ella.
Si los americanos, ya sea por combinación o por cualquier otro tipo de violencia, detuvieran la importación de manufacturas europeas y, al dar así un monopolio a aquellos de sus propios compatriotas que pudieran manufacturar bienes similares, desviaren una parte considerable de su capital hacia este empleo, retardarían en lugar de acelerar el incremento ulterior del valor de su producto anual, y obstruirían en lugar de promover el progreso de su país hacia la riqueza y la grandeza reales.
Este sería aún más el caso si intentaran, de la misma manera, monopolizar para sí mismos todo su comercio de exportación.
El curso de la prosperidad humana, en verdad, apenas parece haber tenido jamás una duración tan prolongada como para permitir que un gran país adquiera el capital suficiente para esos tres propósitos; a menos que, tal vez, demos crédito a las maravillosas relaciones sobre la riqueza y el cultivo de China, las del antiguo Egipto y las del antiguo Estado del Indostán.
Incluso esos tres países, los más ricos, según todas las crónicas, que jamás han existido en el mundo, son principalmente célebres por su superioridad en la agricultura y las manufacturas. No parecen haber sobresalido en el comercio exterior.
- Los antiguos egipcios tenían una antipatía supersticiosa hacia el mar;
- una superstición casi de la misma naturaleza prevalece entre los indios;
- y los chinos nunca han sobresalido en el comercio exterior.
La mayor parte del excedente de producción de esos tres países parece haber sido siempre exportado por extranjeros, quienes daban a cambio alguna otra cosa para la cual encontraban demanda allí, frecuentemente oro y plata.
Es así como un mismo capital pondrá en marcha, en cualquier país, una mayor o menor cantidad de trabajo productivo, y añadirá un valor mayor o menor al producto anual de su tierra y de su trabajo, según las diferentes proporciones en que se emplee en la agricultura, las manufacturas y el comercio al por mayor.
La diferencia también es muy grande según las distintas clases de comercio al por mayor en que se emplee cualquiera de sus partes.
Todo comercio al por mayor, toda compra con el fin de volver a vender al por mayor, puede reducirse a tres clases diferentes. El comercio interior, el comercio exterior de consumo y el comercio de transporte. El comercio interior se emplea en comprar en una parte del mismo país, y vender en otra, el producto de la industria de ese país. Comprende tanto el comercio mediterráneo como el de cabotaje. El comercio exterior de consumo se emplea en comprar mercancías extranjeras para el consumo interno. El comercio de transporte se emplea en realizar el comercio de países extranjeros, o en transportar el producto excedente de uno a otro.
El capital que se emplea en comprar en una parte del país para vender en otra los productos de la industria de ese país, por lo general reemplaza mediante cada una de tales operaciones a dos capitales distintos que se habían empleado ambos en la agricultura o en las manufacturas de ese país, y de este modo les permite continuar ese empleo.
Cuando envía desde la residencia del comerciante un cierto valor de mercancías, por lo general trae de vuelta a cambio al menos un valor igual de otras mercancías. Cuando ambas son producto de la industria nacional, necesariamente reemplaza mediante cada operación de este tipo a dos capitales distintos, que se habían empleado ambos en sostener el trabajo productivo, y de ese modo les permite continuar dicho sostén.
El capital que envía manufacturas escocesas a Londres, y trae de vuelta grano y manufacturas inglesas a Edimburgo, reemplaza necesariamente, mediante cada una de tales operaciones, a dos capitales británicos que se habían empleado ambos en la agricultura o en las manufacturas de la Gran Bretaña.
El capital empleado en la compra de mercancías extranjeras para el consumo interno, cuando esta compra se hace con el producto de la industria nacional, reemplaza también, mediante cada una de estas operaciones, a dos capitales distintos; pero solo uno de ellos se emplea en sostener la industria nacional.
El capital que envía mercancías británicas a Portugal y trae de vuelta mercancías portuguesas a Gran Bretaña, reemplaza con cada operación de este tipo un solo capital británico. El otro es un capital portugués.
Por lo tanto, aunque la reposición del comercio exterior de consumo fuera tan rápida como la del comercio interior, el capital empleado en él solo proporcionará la mitad de estímulo a la industria o al trabajo productivo del país.
Pero los retornos del comercio exterior de consumo muy rara vez son tan rápidos como los del comercio interior.
Los retornos del comercio interior por lo general se obtienen antes de fin de año, y a veces tres o cuatro veces al año.
Los retornos del comercio exterior de consumo rara vez se obtienen antes de fin de año, y a veces no sino hasta después de dos o tres años.
Un capital, por lo tanto, empleado en el comercio interior realizará a veces doce operaciones, o será enviado y devuelto doce veces, antes de que un capital empleado en el comercio exterior de consumo haya realizado una.
Si los capitales son iguales, por lo tanto, el uno dará veinticuatro veces más estímulo y apoyo a la industria del país que el otro.
Las mercancías extranjeras para el consumo interno pueden a veces comprarse, no con el producto de la industria nacional, sino con otras mercancías extranjeras. Estas últimas, sin embargo, deben haber sido compradas ya sea inmediatamente con el producto de la industria nacional, o con alguna otra cosa que hubiera sido comprada con él; pues, a excepción del caso de guerra y conquista, las mercancías extranjeras nunca pueden adquirirse sino a cambio de algo que haya sido producido en el país, ya sea de forma inmediata o tras dos o más intercambios diferentes.
Los efectos, por lo tanto, de un capital empleado en un comercio exterior de consumo tan indirecto son, en todos los aspectos, los mismos que los de uno empleado en el comercio más directo de la misma especie, excepto que los retornos finales probablemente sean aún más lejanos, ya que deben depender de los retornos de dos o tres comercios extranjeros distintos.
- Si el lino y el cáñamo de Riga se compran con el tabaco de Virginia, que había sido comprado con manufacturas británicas, el comerciante debe esperar los retornos de dos comercios extranjeros distintos antes de poder emplear el mismo capital en volver a comprar una cantidad equivalente de manufacturas británicas.
- Si el tabaco de Virginia hubiera sido comprado, no con manufacturas británicas, sino con el azúcar y el ron de Jamaica que habían sido comprados con dichas manufacturas, tendrá que esperar los retornos de tres.
Si esos dos o tres comercios extranjeros distintos fueran llevados a cabo por dos o tres comerciantes distintos, de los cuales el segundo compra las mercancías importadas por el primero, y el tercero compra las importadas por el segundo para volver a exportarlas, cada comerciante, en este caso, recibirá ciertamente los retornos de su propio capital con mayor rapidez; pero los retornos finales de todo el capital empleado en el comercio serán exactamente tan lentos como siempre.
Que todo el capital empleado en dicho comercio indirecto pertenezca a un solo comerciante o a tres no marca ninguna diferencia con respecto al país, aunque pueda marcarla con respecto a los comerciantes en particular. En ambos casos debe emplearse un capital tres veces mayor para cambiar un cierto valor de manufacturas británicas por una cierta cantidad de lino y cáñamo del que habría sido necesario si las manufacturas y el lino y el cáñamo se hubieran cambiado directamente entre sí.
Por consiguiente, todo el capital empleado en este comercio exterior de consumo indirecto ofrecerá por lo general menos estímulo y apoyo al trabajo productivo del país que un capital igual empleado en un comercio más directo de la misma especie.
Sea cual fuere la mercancía extranjera con la que se compren los bienes extranjeros para el consumo interno, esta no puede ocasionar ninguna diferencia esencial ni en la naturaleza del comercio, ni en el estímulo y apoyo que pueda brindar al trabajo productivo del país desde el cual se realiza.
Si se compran con el oro de Brasil, por ejemplo, o con la plata de Perú, este oro y esta plata, al igual que el tabaco de Virginia, deben haber sido comprados con algo que o bien era producto de la industria del país, o bien había sido comprado con alguna otra cosa que lo era.
En la medida, por lo tanto, en que respecta al trabajo productivo del país, el comercio exterior de consumo que se lleva a cabo por medio de oro y plata tiene todas las ventajas y todos los inconvenientes de cualquier otro comercio exterior de consumo igualmente indirecto, y reemplazará con la misma rapidez o la misma lentitud el capital que se emplea inmediatamente en sostener dicho trabajo productivo.
Parece incluso tener una ventaja sobre cualquier otro comercio exterior igualmente indirecto. El transporte de esos metales de un lugar a otro, debido a su pequeño volumen y gran valor, es menos costoso que el de casi cualquier otra mercancía extranjera de igual valor. Su flete es mucho menor, su seguro no es mayor y, además, ningún otro bien es menos propenso a sufrir daños durante el transporte.
Por consiguiente, una cantidad igual de mercancías extranjeras puede comprarse con frecuencia con una cantidad menor de producto de la industria nacional, mediante la intervención del oro y la plata, que mediante la de cualquier otra mercancía extranjera. De este modo, la demanda del país puede satisfacerse a menudo de manera más completa y a menor costo que de cualquier otra forma.
Si mediante la exportación continua de dichos metales un comercio de este tipo es propenso a empobrecer de algún otro modo al país desde el cual se lleva a cabo, tendré ocasión de examinarlo extensamente más adelante.
Aquella parte del capital de cualquier país que se emplea en el comercio de transporte está totalmente sustraída del mantenimiento del trabajo productivo de ese país en particular, para mantener el de algunos países extranjeros.
Aunque con cada operación pueda reemplazar dos capitales distintos, ninguno de ellos pertenece a ese país en particular. El capital del comerciante holandés que transporta el trigo de Polonia a Portugal, y trae de vuelta los frutos y vinos de Portugal a Polonia, reemplaza con cada una de tales operaciones dos capitales, ninguno de los cuales había sido empleado en mantener el trabajo productivo de Holanda; sino uno de ellos en mantener el de Polonia, y el otro el de Portugal. Solo los beneficios retornan regularmente a Holanda, y constituyen el total de la adición que este comercio hace necesariamente al producto anual de la tierra y del trabajo de ese país.
Cuando, en verdad, el comercio de transporte de un país determinado se lleva a cabo con los barcos y marineros de ese país, aquella parte del capital empleado en él que paga el flete se distribuye entre un cierto número de trabajadores productivos de ese país, poniéndolos en movimiento. Casi todas las naciones que han tenido una participación considerable en el comercio de transporte lo han llevado a cabo, de hecho, de esta manera. Probablemente el comercio mismo haya derivado su nombre de ello, al ser la gente de tales países los transportistas de otros países.
Sin embargo, no parece esencial para la naturaleza del comercio que deba ser así. Un comerciante holandés puede, por ejemplo, emplear su capital en realizar el comercio de Polonia y Portugal, transportando parte del excedente de la producción de uno al otro, no en barcos holandeses, sino británicos. Es de presumir que efectivamente lo haga en algunas ocasiones particulares. Es debido a esto, sin embargo, por lo que se ha supuesto que el comercio de transporte es peculiarmente ventajoso para un país como Gran Bretaña, cuya defensa y seguridad dependen del número de sus marineros y barcos.
Pero el mismo capital puede emplear tantos marineros y barcos, ya sea en el comercio exterior de consumo, o incluso en el comercio interior, cuando se realiza mediante buques de cabotaje, como podría hacerlo en el comercio de transporte. El número de marineros y barcos que cualquier capital particular puede emplear no depende de la naturaleza del comercio, sino en parte del volumen de las mercancías en proporción a su valor, y en parte de la distancia de los puertos entre los cuales han de ser transportadas; principalmente de la primera de estas dos circunstancias. El comercio de carbón de Newcastle a Londres, por ejemplo, emplea más barcos que todo el comercio de transporte de Inglaterra, aunque los puertos no están a gran distancia.
Forzar, por tanto, mediante estímulos extraordinarios, a que una mayor parte del capital de cualquier país entre en el comercio de transporte de la que iría a él de manera natural, no aumentará siempre necesariamente la marina mercante de ese país.
El capital, por consiguiente, empleado en el comercio interior de cualquier país dará por lo general estímulo y apoyo a una mayor cantidad de trabajo productivo en dicho país, y aumentará el valor de su producto anual más que un capital igual empleado en el comercio extranjero de consumo; y el capital empleado en este último comercio tiene, en ambos aspectos, una ventaja todavía mayor sobre un capital igual empleado en el comercio de transporte.
Las riquezas, y en la medida en que el poder depende de las riquezas, el poder de todo país, deben ser siempre proporcionales al valor de su producto anual, el fondo del cual deben pagarse en última instancia todas las contribuciones.
Pero el gran objetivo de la economía política de todo país es aumentar las riquezas y el poder de ese país. Por lo tanto, no debe dar preferencia ni estímulo superior al comercio extranjero de consumo por encima del comercio interior, ni al comercio de transporte por encima de ninguno de los otros dos. No debe forzar ni atraer hacia ninguno de esos dos cauces una porción del capital del país mayor que la que fluiría naturalmente hacia ellos por su propia cuenta.
Sin embargo, cada una de esas diferentes ramas del comercio no solo es ventajosa, sino necesaria e inevitable, cuando el curso de las cosas, sin ninguna coacción ni violencia, la introduce de manera natural.
Cuando el producto de cualquier rama particular de la industria excede lo que la demanda del país requiere, el excedente debe enviarse al extranjero y cambiarse por algo para lo cual haya demanda en el interior.
Sin dicha exportación, una parte del trabajo productivo del país tendría que cesar, y el valor de su producto anual disminuiría.
La tierra y el trabajo de la Gran Bretaña producen generalmente más grano, manufacturas de lana y ferretería de lo que la demanda del mercado interno requiere. La parte excedente de ellos, por lo tanto, debe enviarse al extranjero y cambiarse por algo para lo cual haya demanda en el interior.
Es sólo por medio de dicha exportación que este excedente puede adquirir un valor suficiente para compensar el trabajo y el gasto de producirlo.
La vecindad de la costa marítima y las riberas de todos los ríos navegables son situaciones ventajosas para la industria, sólo porque facilitan la exportación y el cambio de dicho producto excedente por otra cosa que esté más demandada allí.
Cuando las mercancías extranjeras que se compran así con el excedente de la producción de la industria nacional exceden la demanda del mercado interior, la parte excedente de las mismas debe enviarse al extranjero de nuevo y cambiarse por algo que tenga más demanda en el país.
Alrededor de noventa y seis mil bocoyes de tabaco se compran anualmente en Virginia y Maryland con una parte del excedente de la producción de la industria británica. Pero la demanda de Gran Bretaña no requiere, tal vez, más de catorce mil. Si los ochenta y dos mil restantes, por lo tanto, no pudieran enviarse al extranjero y cambiarse por algo con más demanda en el país, su importación tendría que cesar inmediatamente, y con ella el trabajo productivo de todos aquellos habitantes de Gran Bretaña que actualmente se emplean en preparar las mercancías con las que se compran anualmente estos ochenta y dos mil bocoyes.
Esas mercancías, que forman parte de la producción de la tierra y el trabajo de Gran Bretaña, al no tener mercado en el país y verse privadas del que tenían en el extranjero, deben dejar de producirse. El comercio exterior de consumo más indirecto, por lo tanto, puede resultar en algunas ocasiones tan necesario para sostener el trabajo productivo del país y el valor de su producción anual como el más directo.
Cuando el capital social de cualquier país aumenta hasta tal punto que ya no puede emplearse por completo en abastecer el consumo y mantener el trabajo productivo de ese país en particular, su parte excedente se vuelca de manera natural en el comercio de transporte, y se emplea en desempeñar las mismas funciones para otros países.
El comercio de transporte es el efecto y el síntoma naturales de una gran riqueza nacional; pero no parece ser su causa natural. Aquellos estadistas que se han mostrado dispuestos a favorecerlo con estímulos particulares parecen haber confundido el efecto y el síntoma con la causa.
Holanda, en proporción a la extensión de su territorio y al número de sus habitantes, es con mucho el país más rico de Europa y tiene, en consecuencia, la mayor parte del comercio de transporte europeo. Inglaterra, quizás el segundo país más rico de Europa, se supone asimismo que posee una parte considerable del mismo; aunque lo que comúnmente pasa por el comercio de transporte de Inglaterra se descubrirá con frecuencia, tal vez, como poco más que un comercio exterior de consumo de carácter indirecto.
Tales son, en gran medida, los comercios que transportan las mercancías de las Indias Orientales y Occidentales, y de América, a los diferentes mercados europeos. Esas mercancías se adquieren por lo general bien de forma inmediata con el producto de la industria británica, o bien con alguna otra cosa que hubiera sido comprada con dicho producto, y los retornos finales de tales comercios se usan o consumen habitualmente en Gran Bretaña.
El comercio que se realiza en buques británicos entre los diferentes puertos del Mediterráneo, y cierto comercio de la misma índole llevado a cabo por comerciantes británicos entre los distintos puertos de la India, constituyen, tal vez, las principales ramas de lo que es propiamente el comercio de transporte de Gran Bretaña.
La extensión del comercio interior y del capital que puede emplearse en él está necesariamente limitada por el valor del producto excedente de todos aquellos lugares distantes dentro del país que tienen necesidad de intercambiar sus respectivas producciones entre sí.
La del comercio exterior de consumo, por el valor del producto excedente de todo el país y de lo que puede adquirirse con él.
La del comercio de transporte, por el valor del producto excedente de todos los diferentes países del mundo. Su extensión posible es, por tanto, en cierto modo infinita en comparación con la de los otros dos, y es capaz de absorber los mayores capitales.
La consideración de su propio beneficio privado es el único motivo que determina al propietario de cualquier capital a emplearlo ya sea en la agricultura, en las manufacturas o en alguna rama particular del comercio al por mayor o al por menor.
Las diferentes cantidades de trabajo productivo que puede poner en movimiento, y los diferentes valores que puede añadir al producto anual de la tierra y del trabajo de la sociedad, según se emplee de una u otra de esas diversas maneras, jamás entran en sus pensamientos.
Por consiguiente, en los países donde la agricultura es la más lucrativa de todas las ocupaciones, y el cultivo y la mejora de las tierras son los caminos más directos hacia una fortuna espléndida, los capitales de los particulares se emplearán naturalmente de la manera más ventajosa para el conjunto de la sociedad.
Sin embargo, los beneficios de la agricultura no parecen tener superioridad alguna sobre los de las otras ocupaciones en ninguna parte de Europa.
- Los proyectistas, en verdad, en todos los rincones de ella, han entretenido al público en estos últimos años con los relatos más magníficos acerca de las ganancias que pueden obtenerse mediante el cultivo y la mejora de la tierra.
- Sin entrar en ninguna discusión particular sobre sus cálculos, una observación muy sencilla puede bastarnos para convencernos de que el resultado de estos debe de ser falso.
Vemos todos los días las fortunas más espléndidas que se han adquirido en el curso de una sola vida mediante el comercio y las manufacturas, frecuentemente a partir de un capital muy pequeño, a veces sin capital alguno. Ni un solo ejemplo de semejante fortuna adquirida mediante la agricultura en el mismo tiempo, y a partir de un capital así, se ha dado tal vez en Europa en el transcurso del presente siglo.
En todos los grandes países de Europa, sin embargo, gran parte de las buenas tierras sigue sin cultivarse, y la mayor parte de lo que se cultiva está lejos de estar mejorado hasta el grado de que es capaz. Por lo tanto, la agricultura es casi en todas partes capaz de absorber un capital mucho mayor que el que jamás se ha empleado en ella.
Qué circunstancias de la política de Europa han otorgado a los comercios que se llevan a cabo en las ciudades una ventaja tan grande sobre aquel que se realiza en el campo —hasta el punto de que los particulares frecuentemente encuentran más ventajoso emplear sus capitales en los comercios de transporte más distantes de Asia y América que en la mejora y el cultivo de los campos más fértiles de su propia vecindad—, intentaré explicarlo con todo detalle en los dos libros siguientes.