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nydus/Two Treatises of GovernmentPublic
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I. De la esclavitud

La esclavitud es un estado del hombre tan vil y miserable, y tan directamente opuesto al generoso temple y valor de nuestra nación, que resulta difícil concebir que un inglés, y mucho menos un caballero, abogue por ella. Y a decir verdad, habría tomado el Patriarcha de Sir Robert Filmer, al igual que cualquier otro tratado que pretendiera persuadir a todos los hombres de que son esclavos y deben serlo, como un mero ejercicio de ingenio similar al de aquel que escribió el elogio de Nerón, antes que como un discurso serio y formulado con espíritu de causa; a no ser que la gravedad del título y de la epístola, el grabado al frente del libro y el aplauso que le siguió me hubieran obligado a creer que tanto el autor como el editor hablaban muy en serio. Lo tomé, por tanto, en mis manos con toda la expectación, y lo leí de cabo a rabo con toda la atención debida a un tratado que tanto revuelo había causado al ver la luz; y no puedo por menos que confesar mi enorme sorpresa al hallar en un libro destinado a forjar cadenas para toda la humanidad nada más que una cuerda de arena, útil quizá para aquellos cuya destreza y oficio consisten en levantar polvareda y pretender cegar al pueblo para así desorientarlo mejor, mas carente en verdad de fuerza alguna para reducir a servidumbre a quienes tienen los ojos abiertos y el juicio suficiente para considerar que las cadenas son un mal atuendo, por mucho empeño que se haya puesto en limarlas y pulirlas.

Si alguien piensa que me tomo demasiada libertad al hablar tan libremente de un hombre que es el gran campeón del poder absoluto y el ídolo de quienes lo adoran, le ruego que por esta vez tenga esta pequeña indulgencia con alguien que, aun después de leer el libro de sir Robert, no puede dejar de considerarse a sí mismo, tal como las leyes se lo permiten, un hombre libre; y no sé qué falta hay en ello, a menos que a alguien, más versado en su destino que yo, se le haya revelado que este tratado, que ha estado inactivo durante tanto tiempo, iba, cuando apareció en el mundo, a erradicar de él, por la fuerza de sus argumentos, toda libertad; y que, a partir de entonces, el breve modelo de nuestro autor había de ser el patrón en el monte y la norma perfecta de la política para el futuro.

Su sistema se reduce a poco espacio, no es más que esto:

“Que todo gobierno es monarquía absoluta.”

Y el suelo sobre el que edifica es este,

“Que ningún hombre nace libre.”

En esta última época ha surgido entre nosotros una generación de hombres que halagaría a los príncipes con la opinión de que tienen un derecho divino al poder absoluto, sean cuales fueren las leyes por las que han sido instituidos y deben gobernar, y las condiciones bajo las cuales entran en su autoridad; y por muy bien ratificados que estén sus compromisos de observarlas mediante solemnes juramentos y promesas.

Para abrir paso a esta doctrina, han negado a la humanidad el derecho a la libertad natural; con lo cual no solo, tanto como de ellos depende, han expuesto a todos los súbditos a la extrema miseria de la tiranía y la opresión, sino que también han desestabilizado los títulos y sacudido los tronos de los príncipes (pues también ellos, según el sistema de estos hombres, salvo uno solo, nacen todos esclavos y por derecho divino son súbditos del heredero legítimo de Adán); como si hubieran pretendido hacer la guerra a todo gobierno y subvertir los cimientos mismos de la sociedad humana, para servir a su propósito actual.

Sin embargo, debemos creerles por su mera palabra cuando nos dicen: «Todos nacemos esclavos, y así debemos continuar»; no hay remedio para ello; la vida y la servidumbre comenzaron juntas para nosotros, y jamás podremos deshacernos de la una hasta que nos desprendamos de la otra. Las Escrituras o la razón, estoy seguro, no dicen tal cosa en ninguna parte, a pesar del estruendo del derecho divino, como si la autoridad divina nos hubiera sometido a la voluntad ilimitada de otro. ¡Un estado admirable de la humanidad, y que no habían tenido la inteligencia de descubrir hasta esta última época! Pues, aunque sir Robert Filmer parece condenar la novedad de la opinión contraria (Patr., p. 3), creo que le será difícil encontrar otra época o país del mundo, salvo este, que haya afirmado que la monarquía es jure divino. Y él mismo confiesa (Patr., p. 4): «Que Heyward, Blackwood, Barclay y otros, que han defendido valientemente el derecho de los reyes en la mayoría de los puntos, jamás pensaron en esto, sino que, por unánime consentimiento, admitieron la libertad y la igualdad naturales de la humanidad».

Por quién vino esta doctrina a ser propugnada por primera vez, y a ponerse de moda entre nosotros, y qué tristes efectos originó, se lo dejo a los historiadores para que lorelaten, o a la memoria de aquellos que fueron contemporáneos de Sibthorp y Manwaring para que lo recuerden.

Mi propósito actual es únicamente examinar lo que Sir Robert Filmer, a quien se le reconoce haber llevado este argumento más lejos y se supone que lo ha perfeccionado, ha dicho al respecto: pues de él todos los que querían estar tan a la moda como el francés en la corte, han aprendido, y repiten sin vacilar, este breve sistema político, a saber:

«Los hombres no nacen libres, y por tanto jamás pudieron tener la libertad de elegir ni a los gobernantes ni las formas de gobierno».

Los príncipes tienen su poder absoluto, y por derecho divino; pues los esclavos nunca pudieron tener derecho a pactar o consentir. Adán fue un monarca absoluto, y lo son todos los príncipes desde entonces.

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