Del derecho de Adán a la soberanía por creación
Sir Robert, en su prefacio a sus «Observaciones sobre la política de Aristóteles», nos dice: «No se puede suponer una libertad natural del género humano sin negar la creación de Adán»; pero cómo el haber sido creado Adán, que no fue sino recibir el ser inmediatamente de la omnipotencia y de la mano de Dios, dio a Adán soberanía sobre cosa alguna, no alcanzo a ver; ni alcanzo a comprender, por consiguiente, cómo la suposición de la libertad natural es una negación de la creación de Adán; y me alegraría de que cualquier otro (ya que nuestro A. no nos concedió tal favor) se lo explicara.
Pues no encuentro dificultad en suponer la libertad del género humano, aunque siempre he creído en la creación de Adán. Fue creado, o comenzó a existir, por el poder inmediato de Dios, sin la intervención de padres, ni la preexistencia de ningún individuo de la misma especie que lo engendrara, cuando le plugo a Dios que así fuera; y lo mismo hizo el león, el rey de las bestias antes que él, por el mismo poder creador de Dios: y si el mero hecho de existir por ese poder, y de esa manera, otorga el dominio, sin más trámites, nuestro A., mediante este argumento, hará que el león tenga un título tan bueno como el de aquel, y ciertamente más antiguo.
No: pues Adán tenía su título «por designación de Dios», dice nuestro A. en otro lugar. Entonces la mera creación no le otorgó el dominio, y se podría haber supuesto a la humanidad libre, sin negar la creación de Adán, ya que fue la designación de Dios la que le hizo monarca.
Pero veamos cómo une su creación y este nombramiento.
«Por designio de Dios —dice sir Robert—, tan pronto como Adán fue creado, era monarca del mundo, aunque no tuviera súbditos; pues aunque no podía haber un gobierno efectivo hasta que hubiera súbditos, por el derecho natural le correspondía a Adán ser el gobernador de su posteridad: aunque no en acto, al menos en hábito, Adán fue rey desde su creación».
Ojalá nos hubiera dicho aquí qué quería decir con el nombramiento de Dios.
Porque cualquier cosa que la providencia ordene, o que la ley de la naturaleza dirija, o que la revelación positiva declare, puede decirse que es por nombramiento de Dios; pero supongo que aquí no puede entenderse en el primer sentido, es decir, por la providencia; porque eso equivaldría a no decir más que, tan pronto como Adán fue creado, fue monarca de facto, porque por derecho natural le correspondía a Adán ser el gobernador de su posteridad.
Pero él no pudo, de facto, ser constituido por la providencia como gobernador del mundo, en un momento en que en realidad no había gobierno, ni súbditos a quienes gobernar, lo cual nuestro A[utor] aquí confiesa.
Monarca del mundo también es usado de otro modo por nuestro A., pues a veces entiende por ello a un propietario de todo el mundo, con exclusión del resto de la humanidad, y así lo hace en la misma página de su prólogo antes citado:
«Adán», dice, «al habérsele ordenado que se multiplicara y poblara la tierra, y la sojuzgara, y habiéndosele dado dominio sobre todas las criaturas, era por ello el monarca de todo el mundo; ninguno de sus descendientes tenía derecho alguno a poseer cosa alguna sino por su concesión o permiso, o por sucesión de él».
Entendamos entonces por monarca, propietario del mundo y por designio, la donación real de Dios y la concesión positiva revelada hecha a Adán, Gén. 1:28, como vemos que el propio Sir Robert hace en este pasaje paralelo; y entonces su argumento quedará así:
«por la concesión positiva de Dios: tan pronto como Adán fue creado, fue propietario del mundo, porque por derecho natural le correspondía a Adán ser gobernador de su posteridad».
En la cual forma de argumentar hay dos falsedades manifiestas.
- Primero, es falso que Dios hiciera esa concesión a Adán tan pronto como fue creado, ya que, aunque aparece en el texto inmediatamente después de su creación, es evidente que no pudo ser dicha a Adán hasta después de que Eva fuera creada y llevada ante él;
- y ¿cómo pudo ser entonces monarca por nombramiento tan pronto como fue creado, especialmente dado que él llama, si no me equivoco, a lo que Dios le dice a Eva (Gén. 3:16), la concesión original del gobierno, la cual, al no tener lugar sino hasta después de la caída, cuando Adán estaba algo distante —al menos en el tiempo— y muy distante en su condición, de su creación, no alcanzo a ver cómo nuestro A. puede decir en este sentido que, «por nombramiento de Dios, tan pronto como Adán fue creado, era monarca del mundo»?
En segundo lugar, si fuera verdad que la donación efectiva de Dios «nombró a Adán monarca del mundo tan pronto como fue creado», aun así la razón aquí dada para ello no lo demostraría; sino que siempre sería una falsa inferencia que Dios, mediante una donación positiva, «nombró a Adán monarca del mundo porque, por derecho de naturaleza, a Adán le correspondía ser gobernador de su posteridad»: pues habiéndole dado el derecho de gobierno por naturaleza, no había necesidad de una donación positiva; al menos, nunca será una prueba de tal donación.
Por el otro lado, el asunto no mejora mucho si entendemos por designio de Dios la ley de naturaleza (aunque resulte una expresión bastante dura para este caso), y por monarca del mundo, soberano gobernante del género humano: pues entonces la sentencia en cuestión debe quedar así:
«Por la ley de naturaleza, tan pronto como Adán fue creado, fue gobernador del género humano, pues por derecho natural le correspondía a Adán ser gobernador de su posteridad»;
lo cual se reduce a esto: fue gobernador por derecho natural, porque era gobernador por derecho natural.
Pero supongamos que concediéramos que un hombre es por naturaleza gobernador de sus hijos; aun así, Adán no podría ser monarca tan pronto como fue creado: pues, estando fundado este derecho natural en el hecho de ser su padre, cómo pudo Adán tener un derecho natural a ser gobernador antes de ser padre, cuando solo por ser padre adquirió tal derecho, es —a mi parecer— difícil de concebir, a menos que se pretenda que fue padre antes de ser padre y que tuvo un título antes de tenerlo.
A esta objeción prevista, nuestro A. responde muy lógicamente: «Fue gobernador en hábito, y no en acto»; una forma muy bonita de ser gobernador sin gobierno, padre sin hijos y rey sin súbditos. Y así, sir Robert era autor antes de escribir su libro; no en acto, es verdad, sino en hábito; pues una vez que lo hubo publicado, le correspondía por derecho natural ser autor, tanto como a Adán le correspondía ser gobernador de sus hijos cuando los hubo engendrado; y si el ser tal monarca del mundo, un monarca absoluto en hábito, pero no en acto, sirve para el caso, no envidiaría mucho a ninguno de los amigos de sir Robert que este tuviera a bien concedérselo benévolamente; aunque incluso esto del acto y del hábito, si significara algo más que la habilidad de nuestro A. para las distinciones, no viene al caso en este lugar. Pues la cuestión aquí no trata sobre el ejercicio real del gobierno por parte de Adán, sino sobre el tener realmente derecho a ser gobernador. El gobierno, dice nuestro A., «le correspondía a Adán por derecho natural»: ¿qué es este derecho natural? Un derecho que los padres tienen sobre sus hijos por el hecho de engendrarlos; generatione jus acquiritur parentibus in liberos, dice nuestro A. citando a Grocio, de J. B. P. L. 2. C. 5. S. 1. El derecho, por tanto, se sigue de la procreación al surgir de ella; de modo que, según esta forma de razonar o de distinguir de nuestro A., Adán, tan pronto como fue creado, poseía un título solo en hábito, y no en acto, lo que en buen romance significa que, en realidad, no tenía título alguno.
Para hablar menos cultamente, y con mayor inteligibilidad, puede decirse de Adán que estuvo en posibilidad de ser gobernador, ya que le era posible engendrar hijos y, mediante ello, adquirir ese derecho natural —sea el que fuere— para gobernarlos que de ahí se deriva; mas ¿qué conexión tiene esto con la creación de Adán como para hacerle afirmar que, «tan pronto como fue creado, era monarca del mundo»?
Pues bien puede decirse de Noé que, tan pronto como nació, era monarca del mundo, ya que estuvo en posibilidad (lo cual, en el sentido de nuestro A., es suficiente para hacer a un monarca, «un monarca en potencia») de sobrevivir a todo el género humano, excepto a su propia progenie.
Qué conexión tan necesaria existe entre la creación de Adán y su derecho al gobierno, de modo que «no pueda suponerse una libertad natural de la humanidad sin negar la creación de Adán», confieso que, por mi parte, no la veo; ni tampoco cómo esas palabras, «por el nombramiento, etc.» Obs. 254, por mucho que se expliquen, pueden ensamblarse para dar un sentido tolerable, al menos para establecer esta tesis con la que concluyen, a saber: «Adán fue rey desde su creación»; un rey, dice nuestro autor, «no en acto, es decir, de hecho, ningún rey en absoluto».
Temo haber cansado la paciencia de mi lector al detenerme en este pasaje más tiempo del que la consistencia de cualquier argumento en él parece requerir; pero me he visto inevitablemente involucrado en ello por la forma de escribir de nuestro autor, quien, amontonando varias suposiciones y haciéndolo en términos dudosos y generales, crea tal mezcolanza y confusión que resulta imposible señalar sus errores sin examinar los diversos sentidos en que sus palabras pueden ser tomadas, y sin ver cómo, en cualquiera de estos varios significados, pueden sostenerse mutuamente y contener alguna verdad: pues en este presente pasaje que tenemos ante nosotros, ¿cómo puede alguien argumentar en contra de esta postura suya, «que Adán fue rey desde su creación», a menos que uno examine si las palabras «desde su creación» han de tomarse, como es posible, para indicar el tiempo del inicio de su gobierno, tal como sugieren las palabras anteriores, «tan pronto como fue creado era monarca»; o bien para indicar la causa de este, como él dice, p. 11, «la creación hizo al hombre príncipe de su posteridad»?
¿Hasta dónde puede uno juzgar la verdad de su condición de rey, hasta no haber examinado si «rey» debe entenderse, como las palabras al principio de este pasaje harían suponer, partiendo de la base de su dominio privado, el cual era, por concesión positiva de Dios, «monarca del mundo por nombramiento»; o bien rey partiendo de la base de su poder paternal sobre su prole, que era por naturaleza, «debido por el derecho de la naturaleza»; si, repito, debe entenderse al rey en ambos, o solo en uno de estos dos sentidos, o en ninguno de ellos, sino solo en este, a saber, que la creación lo hizo príncipe, de un modo diferente a ambos otros?
Porque aunque esta afirmación de que «Adán fue rey desde su creación» no sea verdadera en ningún sentido, se presenta aquí como una conclusión evidente extraída de las palabras precedentes, aunque en verdad no sea más que una mera aseveración unida a otras de la misma especie, que, puestas con confianza en palabras de significado indeterminado y dudoso, parecen una especie de argumento cuando en realidad no hay ni prueba ni conexión: un método muy familiar a nuestro autor; del cual, habiendo dado ya una muestra al lector aquí, evitaré en adelante tocar todo lo posible, y no lo habría hecho aquí de no ser para mostrar al mundo cómo las incoherencias en la materia y las suposiciones sin pruebas, unidas armoniosamente con buenas palabras y un estilo plausible, son propensas a pasar por razones sólidas y buen sentido, hasta que se les examina con atención.