De la antigua práctica de la pintura
Si mis lectores me han seguido con cierta atención hasta este punto, no se sorprenderán al oír que la vida es algo aburrida en Planilandia.
No quiero decir, por supuesto, que no haya batallas, conspiraciones, tumultos, facciones y todos esos otros fenómenos que se supone hacen que la historia sea interesante; ni negaría que la extraña mezcla de los problemas de la vida y los problemas de las matemáticas, que incita continuamente a la conjetura y ofrece la oportunidad de una verificación inmediata, imparte a nuestra existencia un entusiasmo que ustedes en Espacilandia difícilmente pueden comprender.
Hablo ahora desde el punto de vista estético y artístico cuando digo que la vida entre nosotros es aburrida; estética y artísticamente, muy aburrida en verdad.
¿Cómo ha de ser de otro modo, cuando toda perspectiva propia, todos los paisajes, piezas históricas, retratos, flores, naturalezas muertas, no son otra cosa que una sola línea, sin más variedades que grados de claridad y oscuridad?
No siempre fue así. El color, si la tradición no miente, arrojó antaño, durante el espacio de medio millar de años o más, un esplendor transitorio sobre las vidas de nuestros antepasados en las eras más remotas. Se dice que cierto particular —un Pentágono cuyo nombre se registra de diversas maneras—, tras haber descubierto por casualidad los componentes de los colores más simples y un método rudimentario de pintura, comenzó a decorar primero su casa, luego a sus esclavos, después a su padre, a sus hijos y nietos, y finalmente a sí mismo. La conveniencia, así como la hermosura de los resultados, se ganaron a todo el mundo. Dondequiera que Chromatistes —pues con ese nombre los autores más fidedignos coinciden en llamarlo— dirigía su abigarrado cuerpo, despertaba al instante la atención y atraía el respeto. Ya nadie necesitaba «palparlo»; nadie confundía su frente con su espalda; todos sus movimientos eran advertidos con facilidad por sus vecinos sin el menor esfuerzo en sus facultades de cálculo; nadie lo atropellaba ni dejaba de abrirle paso; su voz se ahorraba el esfuerzo de esa emisión agotadora con la que los incoloros Cuadrados y Pentágonos nos vemos a menudo forzados a proclamar nuestra individualidad cuando nos movemos entre una multitud de ignorantes Isósceles.
La moda se extendió como un reguero de pólvora. Antes de que pasara una semana, todos los Cuadrados y Triángulos del distrito habían imitado el ejemplo de Chromatistes, y solo unos pocos Pentágonos, más conservadores, resistían aún. Uno o dos meses bastaron para que hasta los Dodecágonos se vieran contagiados por la innovación. No había transcurrido un año cuando la costumbre ya se había extendido a todos, salvo a la mismísima cúspide de la nobleza.
Huelga decir que el uso no tardó en pasar del distrito de Chromatistes a las regiones circundantes; y en el espacio de dos generaciones ya no había nadie en todo Planilandia que careciera de color, a excepción de las mujeres y los Sacerdotes.
Aquí la Naturaleza misma parecía erigir una barrera, y abogar en contra de extender la innovación a estas dos clases. La polifaceticidad era casi esencial como pretexto para los innovadores. «La distinción de facetas está destinada por la Naturaleza a implicar distinción de colores»—tal era el sofisma que por aquellos días corría de boca en boca, convirtiendo a ciudades enteros de golpe a la nueva cultura. Pero manifiestamente este adagio no se aplicaba a nuestros Sacerdotes y mujeres. Estas últimas solo tenían una faceta, y por lo tanto—hablando en plural y con pedantería— ninguna faceta . Los primeros—si al menos querían hacer valer su pretensión de ser real y verdaderamente Círculos, y no meros Polígonos de clase alta con un número infinitamente grande de facetas infinitesimalmente pequeñas—tenían la costumbre de jactarse (lo que las mujeres confesaban y deploraban) de que ellos tampoco tenían facetas, estando bendecidos con un perímetro de una sola línea, o, en otras palabras, una circunferencia. De ahí vino que estas dos clases no pudiesen ver fuerza alguna en el llamado axioma sobre que «la Distinción de Facetas implica Distinción de Color»; y cuando todos los demás habían sucumbido a las fascinaciones de la decoración corporal, los Sacerdotes y las mujeres fueron los únicos que permanecieron puros de la contaminación de la pintura.
Inmorales, licenciosos, anárquicos, acientíficos—llamadlos como queráis—, con todo, desde un punto de vista estético, aquellos días antiguos de la Revuelta del Color fueron la infancia gloriosa del arte en Planilandia—una infancia que, ay, nunca maduró hasta la edad adulta, ni siquiera alcanzó la flor de la juventud.
Vivir era entonces de por sí un deleite, porque vivir implicaba ver. Incluso en una pequeña reunión, la compañía era un placer para la vista; se dice que los matices ricamente variados de la concurrencia en una iglesia o teatro resultaron más de una vez demasiado distractores para nuestros más grandes maestros y actores; pero se dice que lo más arrebatador de todo era la indescriptible magnificencia de una revista militar.
La visión de una línea de batalla de veinte mil Isósceles cambiando repentinamente de frente y cambiando el negro sombrío de sus bases por el naranja y el púrpura de los dos lados que comprenden su ángulo agudo; la milicia de los Triángulos Equiláteros tricolor en rojo, blanco y azul; el malva, ultramar, amarillo indio y sombra tostada de los artilleros Cuadrados rotando rápidamente cerca de sus cañones bermellones; el despliegue dinámico y brillante de los Pentágonos y Hexágonos de cinco y seis colores cabalgando velozmente por el campo en sus funciones de cirujanos, geómetras y edecanes—todo esto bien pudo haber sido suficiente para hacer creíble la famosa historia de cómo un ilustre Círculo, abrumado por la belleza artística de las fuerzas bajo su mando, arrojó su bastón de mariscal y su corona real, exclamando que desde entonces los cambiaba por el pincel del artista.
Cuán grande y glorioso debió haber sido el desarrollo sensitivo de aquellos días lo indica en parte el lenguaje y el vocabulario mismos de la época. Las expresiones más comunes de los ciudadanos más comunes en la época de la Revuelta del Color parecen haber estado imbuídas de un tinte más rico de palabra o pensamiento; y a esa era le debemos aún hoy nuestra mejor poesía y cualquier ritmo que aún permanezca en la expresión más científica de estos días modernos.