La rítmica y, si se me permite decirlo así, bien modulada ondulación del lomo en nuestras damas de rango Circular es envidiada e imitada por la esposa de un Equilátero común, la cual no puede lograr más que un simple balanceo monótono, como el tic-tac de un péndulo; y el regular tic-tac del Equilátero es igualmente admirado y copiado por la esposa del Isósceles progresista y ambicioso, en cuyas mujeres de familia ningún tipo de «movimiento de lomo» se ha convertido todavía en una necesidad vital. De ahí que, en toda familia de posición y consideración, el «movimiento de lomo» sea tan prevalente como el tiempo mismo; y los maridos e hijos de estos hogares disfrutan al menos de inmunidad frente a ataques invisibles.
No es que deba suponerse ni por un momento que nuestras mujeres carecen de afecto. Pero desgraciadamente la pasión del momento predomina, en el sexo frágil, sobre cualquier otra consideración.
Esto es, por supuesto, una necesidad derivada de su desafortunada conformación. Pues, como no tienen pretensiones de ángulo, al ser inferiores en este aspecto incluso a los más humildes de los Isósceles, carecen por consiguiente por completo de capacidad intelectual, y no tienen ni reflexión, ni juicio, ni previsión, y apenas memoria.
De ahí que, en sus arrebatos de furia, no recuerden ningún deber ni reconozcan ninguna distinción. He llegado a conocer un caso en el que una mujer exterminó a toda su familia y media hora después, cuando su rabia hubo pasado y los fragmentos fueron barridos, preguntó qué había sido de su esposo y de sus hijos.
Evidentemente, pues, no se debe irritar a una mujer mientras se halle en condiciones de volverse. Cuando las tienes en sus habitaciones —las cuales están construidas con el propósito de negarles tal posibilidad—, puedes decir y hacer lo que te plazca; pues entonces son totalmente