Por el editor
Si mi pobre amigo de Planilandia conservara la vigorosa mente de la que disfrutaba cuando comenzó a redactar estas Memorias, ahora no necesitaría representarle en este prefacio, en el cual desea, primeramente, expresar su agradecimiento a sus lectores y críticos en Espacilandia, cuya acogida ha requerido, con inesperada celeridad, una segunda edición de su obra; en segundo lugar, disculparse por ciertos errores y erratas de imprenta (de los cuales, sin embargo, no es enteramente responsable); y, en tercer lugar, explicar una o dos ideas erróneas.
Pero ya no es el Cuadrado que solía ser. Años de encarcelamiento, y la carga aún más pesada de la incredulidad general y la burla, se han combinado con el declive natural de la vejez para borrar de su mente muchos de los pensamientos y nociones, así como gran parte de la terminología, que adquirió durante su breve estancia en Espacilandia. Por consiguiente, me ha pedido que responda en su nombre a dos objeciones particulares, una de índole intelectual y la otra de naturaleza moral.
La primera objeción es que un terraplanista, al ver una Línea, ve algo que debe ser grueso a la vista además de largo a la vista (de otro modo no sería visible, si no tuviera cierto grosor); y por consiguiente se debería argumentar que debe reconocer que sus compatriotas no son sólo largos y anchos, sino también (aunque sin duda en un grado muy leve) gruesos o altos. Esta objeción es plausible y, para los habitantes de Espaciolandia, casi irresistible, de modo que, lo confieso, cuando la escuché por primera vez,