colosal que ha lamentado el destino del hombre durante siglos en el desierto a solas con las manos presionadas contra la frente, surcos de desesperación en las mejillas, y que ahora ve luz en el confín del desierto que se ensancha y golpea a la figura de color negro de hierro (y Septimus medio se levantó de la silla), y con legiones de hombres postrados a sus espaldas él, el doliente gigante, recibe por un solo instante en su rostro el
—Pero soy tan infeliz, Septimus —dijo Rezia intentando que se sentara.
Los millones se lamentaban; durante edades enteras habían penado. Él se volvería, en unos momentos les hablaría, solo unos momentos más, de este alivio, de este gozo, de esta asombrosa revelación—
—La hora, Septimus —repitió Rezia—. ¿Qué hora es?
Él estaba hablando, estaba empezando, este hombre tenía que notarlo. Las estaba mirando.
—Te diré la hora —dijo Septimus, muy despacio, muy adormilado, sonriendo misteriosamente—. Mientras estaba allí sentado sonriendo al difunto del traje gris, dio el cuarto: las doce menos cuarto.
Y eso es ser joven, pensó Peter Walsh al pasar junto a ellos. Tener una escena espantosa —la pobre muchacha tenía un aspecto totalmente desesperado— en plena mañana. Pero de qué trataba, se preguntó, qué le estaría diciendo el joven del abrigo para ponerla así; en qué aprieto terrible se habrían metido para verse los dos tan desesperados en una hermosa mañana de verano. Lo divertido de volver a Inglaterra, después de cinco años, era el modo en que hacía, al menos los primeros días, que las cosas resaltaran como si uno nunca las hubiera visto antes; amantes peleándose bajo un árbol; la vida familiar y doméstica de los parques. Jamás había visto Londres tan encantador —la suavidad de las lejanías; la suntuosidad; elverdor; la civilización, después de la India,