Cogió su llave del gancho. La señorita le entregó unas cartas.
Subió las escaleras—la veía más a menudo en Bourton, a finales del verano, cuando se quedaba allí una semana, o incluso quince días, como se hacía en aquellos días. Primero, en la cima de alguna colina, allí se quedaba de pie, con las manos apretadas contra el cabello, la capa ondeando al viento, señalando, gritándoles—veía el Severn allá abajo. O en un bosque, haciendo hervir la tetera—muy torpe con los dedos; el humo haciendo una reverencia, soplándoles en la cara; su carita rosada asomando; pidiéndole agua a una anciana en una cabaña, que salía a la puerta para verlos marchar.
Ellos caminaban siempre; los demás iban en coche. A ella le aburría conducir, no le gustaba ningún animal, salvo aquel perro.
Caminaban leguas por las carreteras. Ella se apartaba para orientarse, lo guiaba de regreso a través del campo; y todo el tiempo discutían, hablaban de poesía, hablaban de gente, hablaban de política (entonces ella era radical); sin reparar en nada salvo cuando se detenía, exclamaba ante un paisaje o un árbol, y lo hacía mirar con ella; y vuelta a empezar, por campos de rastrojo, ella caminando delante, con una flor para su tía, sin cansarse nunca de caminar a pesar de su delicadeza; para descender sobre Bourton en la penumbra.
Luego, después de cenar, el viejo Breitkopf abría el piano y cantaba sin voz alguna, y ellos se quedaban hundidos en los sillones, intentando no reír, pero rompiendo siempre a reír, riendo, riendo… riéndose de nada. Se suponía que Breitkopf no se daba cuenta. Y luego, por la mañana, coqueteando de aquí para allá como una lavandera frente a la casa.
¡Oh, era una carta de ella! Ese sobre azul; aquella era su letra. Y tendría que leerla. ¡He aquí