un aire de pájaro, de arrendajo, azul verdosa, ligera, vivaz, a pesar de haber pasado de los cincuenta y de habérsele puesto el pelo muy blanco desde su enfermedad. Allí se quedó posada, sin verlo, esperando para cruzar, muy erguida.
Por haber vivido en Westminster —¿cuántos años ya? más de veinte—, uno siente aun en medio del tráfico, o al despertarse de noche, Clarissa estaba segura, un silencio particular, o solemnidad; una pausa indescriptible; una tensión (pero eso podía ser su corazón, afectado, decían, por la gripe) antes de que dé la hora el Big Ben. ¡Ya! Allá resonó su estruendo. Primero un aviso, musical; luego la hora, irrevocable. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire. Qué tontos somos, pensó, al cruzar Victoria Street. Pues sólo Dios sabe por qué se ama tanto, cómo se lo ve así, inventándolo, construyéndolo a su alrededor, derrumbándolo, creándolo cada instante de nuevo; pero las mamarrachas más veraces, los más abatidos desdichados sentados en los umbrales (la bebida es su perdición) hacen lo mismo; no se les puede aplicar, sentía la certeza, ninguna ley del Parlamento precisamente por eso: aman la vida. En los ojos de la gente, en el balanceo, el paso firme y el arrastrar de pies; en el bramido y el alboroto; los carruajes, automóviles, omnibuses, furgonetas, hombres sándwich que avanzaban arrastrando los pies y los brazos; bandas de música; organillos; en el triunfo y el tintineo y el extraño y agudo canto de algún aeroplano allá arriba estaba lo que amaba; la vida; Londres; este momento de junio.
Porque era mediados de junio. La guerra había terminado, salvo para alguien como la señora Foxcroft, anoche en la Embajada, consumiéndose de pena porque aquel muchacho encantador había muerto y ahora la antigua casa solariega tendría que pasar a manos de un primo;