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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

en quien se podía confiar para enviar telegramas—indispensable para las anfitrionas.

Y había encontrado su trabajo —se había casado con su honorable Evelyn; había conseguido algún puestecillo en la Corte, cuidaba las bodegas del Rey, lustraba las hebillas de los zapatos imperiales, iba por ahí con calzones cortos y gorgueras de encaje. ¡Qué despiadada es la vida! ¡Un puestecillo en la Corte!

Se había casado con esta dama, la honorable Evelyn, y vivían por allícerca, según creía (mirando las pomposas casas que daban al parque), pues había almorzado allí una vez en una casa que tenía, como todas las posesiones de Hugh, algo que ninguna otra casa podría tener jamás: armarios para la ropa blanca, tal vez. Tenía uno que ir a verlos, tenía uno que pasar muchísimo tiempo admirando siempre lo que fuera: armarios para la ropa blanca, fundas de almohada, muebles de roble antiguo, cuadros que Hugh había conseguido por cuatro chavos. Pero la señora Hugh a veces estropeaba la función. Era una de esas mujeres discretas, insignificantes y ratoniles que admiran a los hombres grandes. Era casi imperceptible. De pronto soltaba algo totalmente inesperado, algo incisivo. Quizá le quedaban los restos de los modales distinguidos. El carbón de vapor era un poco demasiado fuerte para ella; espesaba la atmósfera. Y así vivían allí, con sus armarios para la ropa blanca, sus viejos maestros y sus fundas de almohada ribeteadas con encaje auténtico a razón de cinco o diez mil al año presumiblemente, mientras él, que era dos años mayor que Hugh, andaba mendigando un empleo.

A los cincuenta y tres años tenía que venir a pedirles que lo metieran en alguna oficina de secretario, que le consiguieran un puesto de celador enseñando latín a los chiquillos, a las órdenes de algún mandarín de despacho, algo que le rindiera quinientas libras

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