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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

acuoso resplandor dorado encenderse y apagarse con la asombrosa sensibilidad de alguna criatura viva sobre las rosas, sobre el papel pintado. Afuera los árboles arrastraban sus hojas como redes por las profundidades del aire; el rumor del agua llenaba la habitación y a través de las olas llegaban las voces de los pájaros cantando. Todas las fuerzas vertían sus tesoros sobre su cabeza, y su mano reposaba allí en el respaldo del sofá, tal como había visto reposar su mano cuando se bañaba, flotando, en la cresta de las olas, mientras muy lejos en la orilla oía ladrar a los perros que ladraban muy lejos. > No temas más, dice el corazón en el cuerpo; no temas

No tenía miedo. A cada momento la naturaleza manifestaba con algún indicio risueño, como aquella mancha de oro que recorría la pared⁠—allí, allí, allí⁠—, su determinación de mostrar, agitando sus plumas, sacudiendo sus bucles, arrojando su manto de aquí para allá, bellamente, siempre bellamente, y arrimándose para susurrar a través de sus manos ahuecadas las palabras de Shakespeare, su significado.

Rezia, sentada a la mesa y retorciéndose un sombrero en las manos, lo observaba; lo vio sonreír. Estaba feliz, entonces. Pero ella no podía soportar verlo sonreír. No era el matrimonio; no era ser el marido de una para andar con esas rarezas, sobresaltándose siempre, riendo, sentado hora tras hora en silencio, o aferrándose a ella y diciéndole que escribiera. El cajón de la mesa estaba lleno de esos escritos; sobre la guerra; sobre Shakespeare; sobre grandes descubrimientos; de cómo no hay muerte. Últimamente se había mostrado agitado de repente sin motivo (y tanto el doctor Holmes como sir William Bradshaw decían que la agitación era lo peor para él), y agitaba las manos y gritaba ¡que conocía la verdad! ¡Lo sabía todo! Ese hombre, su

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