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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

percal y el delantal blanco para ataviarse de azul y perlas, el día cambió, se quitó lo pesado, adoptó la gasa, se trocó en tarde y, con el mismo suspiro de júbilo que exhala una mujer al dejar caer las enaguas al suelo, también él se sacudió el polvo, el calor, el color; el tráfico se raleó; los automóviles, tintineantes, veloces, sucedieron al rumor pesado de las furgonetas; y aquí y allá, entre el espeso follaje de las plazas, pendía una luz intensa. Me rindo, parecía decir la tarde, a medida que palidecía y se desvanecía sobre los almenares y salientes, moldeados, puntiagudos, de hoteles, pisos y bloques de tiendas; me desvanezco, empezaba a decir ella, desaparezco, pero Londres no quiso saber nada de eso, y lanzó sus bayonetas al cielo, la inmovilizó, la obligó a participar en su jolgorio.

Pues la gran revolución del horario estival del señor Willett había tenido lugar desde la última visita de Peter Walsh a Inglaterra. El atardecer prolongado era una novedad para él. Estimulante, más bien. Pues mientras los jóvenes pasaban con sus maletines, terriblemente contentos de ser libres, orgullosos también, silenciosamente, de pisar este famoso pavimento, una alegría de cierto tipo, barata, de oropel, si se quiere, pero éxtasis al fin y al cabo, enrojecía sus rostros. Además iban bien vestidos; medias rosas; bonitos zapatos. Ahora tendrían dos horas de cine. Afilaba, refinaba la luz vespertina de color azul amarillento; y sobre las hojas de la plaza brillaba lúvida, lívida —parecían bañadas en agua de mar—, el follaje de una ciudad sumergida.

Le asombraba la belleza; era alentador también, pues donde el angloindio retornado se sentaba por derecho propio (conocía a montones) en el Club Oriental resumiendo biliosamente la ruina del mundo, allí estaba él, tan joven como siempre; envidiando a los jóvenes su época estival

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