veces se tropieza en la espesura de un bosque al atardecer, cuando, debido a un desnivel del terreno, o a alguna disposición de los árboles (hay que ser científico ante todo, científico), el calor perdura y el aire golpea la mejilla como el ala de un pájaro.
—Ahí está —dijo Rezia, haciendo girar el sombrero de la señora Peters en la punta de los dedos—. Por ahora bastará. Más tarde... —su frase se fue disolviendo gota a gota, como un grifo contento que se hubiera dejado abierto.
Fue maravilloso. Nunca había hecho nada que lo hiciera sentirse tan orgulloso. Era tan real, tan sustancial, el sombrero de la señora Peters.
—Míralo nada más —dijo él.
Sí, siempre le alegraría ver ese sombrero.
Él se había convertido en sí mismo entonces, se había reído entonces. Habían estado solos el uno con el otro.
Siempre le gustaría ese sombrero.
Él le dijo que se