más capaces y, a la postre, tan entrometidos e insidiosos eran los dedos de la guerra europea, hizo añicos una reproducción de escayola de Ceres, abrió un boquete en los arriates de geranios y arruinó por completo los nervios de la cocinera en el domicilio del señor Brewer en Muswell Hill.
Septimus fue uno de los primeros en ofrecerse como voluntario. Fue a Francia a salvar una Inglaterra que consistía casi por completo en las obras de Shakespeare y la señorita Isabel Pole con un vestido verde paseando por una plaza.
Allí, en las trincheras, el cambio que el señor Brewer deseaba cuando aconsejaba el fútbol se produjo al instante; desarrolló la hombría; fue ascendido; atrajo la atención, e incluso el afecto, de su oficial, de apellido Evans.
Era el caso de dos perros jugando en una alfombra de hogar; uno mordisqueando un papel arrugado, gruñendo, chasqueando los dientes, dando un mordisco, de vez en cuando, en la oreja del viejo perro; el otro tendido, somnoliento, parpadeando ante el fuego, levantando una pata, dándose la vuelta y gruñendo de buen humor. Tenían que estar juntos, compartir el uno con el otro, luchar el uno con el otro, pelearse el uno con el otro.
Pero cuando Evans (Rezia, que solo lo había visto una vez, lo llamó «un hombre tranquilo», un hombre fornido y pelirrojo, poco efusivo en compañía de mujeres), cuando Evans murió, justo antes del Armisticio, en Italia, en septiembre, Septimus, lejos de mostrar emoción alguna o de reconocer que aquello era el fin de una amistad, se felicitó a sí mismo por sentir muy poco y de un modo muy razonable. La guerra le había enseñado. Era sublime. Había pasado por todo el espectáculo —amistad, guerra europea, muerte—, había ascendido, aún no tenía treinta años y estaba destinado a sobrevivir. Tenía