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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

repitió —siendo simple por naturaleza y sin corromper, por haber andado a pie y cazado; siendo tenaz y terco, por haber defendido a los oprimidos y seguido sus instintos en la Cámara de los Comunes; conservado en su sencillez y al mismo tiempo vuelto un tanto taciturno, un tanto rígido— repitió que era un milagro que se hubiera casado con Clarissa; un milagro; su vida había sido un milagro, pensó, dudando antes de cruzar.

Pero le hervía la sangre al ver a criaturas de cinco o seis años cruzando Piccadilly solas. La policía debería haber detenido el tráfico de inmediato. No se hacía ilusiones respecto a la policía de Londres. De hecho, estaba reuniendo pruebas de sus malas prácticas; y aquellos vendedores ambulantes, a los que no se permitía estacionar sus carritos en las calles; y las prostitutas, ¡santo Dios!, la culpa no era de ellas, ni tampoco de los jóvenes, sino de nuestro detestable sistema social y demás; todo lo cual reflexionaba, se le veía reflexionar, gris, tenaz, pulcro, aseado, mientras cruzaba el Parque para decirle a su esposa que la amaba.

Pues lo decía con todas las letras, en cuanto entraba en la habitación. Porque es una lástima infinita no decir nunca lo que uno siente, pensaba, mientras cruzaba Green Park y observaba con agrado cómo a la sombra de los árboles familias enteras, familias pobres, se estiraban a sus anchas; niños dando patadas al aire; tomando la leche; bolsas de papel tiradas por ahí, que bien podría recoger (si alguien ponía objeciones) alguno de esos caballeros gordos con librea; pues opinaba que todos los parques y todas las plazas, durante los meses de verano, debían estar abiertos a los niños (la hierba del parque se encendía y se apagaba, iluminando a las pobres madres de Westminster y a sus bebés

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