¡Esta mujer le había arrebatado a su hija! ¡Ella, en contacto con presencias invisibles! ¡Pesada, fea, vulgar, sin bondad ni gracia, conocía el sentido de la vida!
—¿Vas a llevar a Elizabeth a los Grandes Almacenes? —dijo la señora Dalloway.
La señorita Kilman dijo que sí. Se quedaron allí de pie. La señorita Kilman no iba a mostrarse complaciente. Siempre se había ganado la vida por sus propios medios. Su conocimiento de la historia moderna era de un rigor absoluto. Destinaba, de sus escasos ingresos, una buena parte a causas en las que creía; mientras que esta mujer no hacía nada, no creía en nada; criaba a su hija... pero aquí venía Elizabeth, un poco sin aliento, la hermosa muchacha.
Así que iban a las Galerías. Era extraño, mientras la señora Kilman se quedaba allí de pie (y vaya si se quedaba, con el poder y la taciturnidad de algún monstruo prehistórico