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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

los canallas a los que cuelgan por machacarle los sesos a una muchacha en un tren hacen en conjunto menos daño que Hugh Whitbread y su bondad.

Míralo ahora, de puntillas, avanzando danzarín, haciendo reverencias y cumplidos, mientras el primer ministro y Lady Bruton salían, dando a entender a los ojos de todo el mundo que él tenía el privilegio de decirle algo, algo privado, a Lady Bruton al pasar.

Ella se detuvo. Movió su distinguida y anciana cabeza. Probablemente le estaba agradeciendo alguna muestra de servilismo.

Tenía a sus aduladores, funcionarios menores de oficinas gubernamentales que corrían de un lado para otro trampeando pequeños asuntos en su nombre, a cambio de los cuales ella les invitaba a almorzar. Pero procedía del siglo dieciocho. Ella era de otra pasta.

Y ahora Clarissa escoltaba a su primer ministro salón abajo, danzando con donaire, chispeante, con la majestad de sus cabellos grises. Llevaba pendientes y un vestido de sirena verde plateada. Zarandeándose en las olas y trenzando sus cabellos parecía, conservando aún ese don; ser; existir; resumirlo todo en el instante a su paso; se giró, enredó su chal en el vestido de otra mujer, lo desenganchó, rió, todo con la más perfecta soltura y el talante de una criatura que flota en su elemento. Pero la edad la había rozado; incluso del modo en que una sirena podría contemplar en su espejo el sol poniente en una tarde muy clara sobre las olas. Había un hálito de ternura; su severidad, su prudencia, su rigidez se habían caldeado por completo ahora, y tenía a su alrededor, al despedirse del hombre de recargados galones dorados que se esforzaba por parecer importante —y buena suerte para él—, una dignidad inexpresiva; una cordialidad exquisita; como si le deseara el bien a todo el mundo y debiera ahora, hallándose

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