o bien indicando, pues poseía un cierto repertorio de gestos, mediante la elevación de una pata delantera y el testarazo de las astas, «La llegada del desconocido»—; todas sus actividades, cenar fuera, las carreras de caballos, se basaban en ganado de pie absorbiendo humedad en charcas al atardecer).
—¿De qué se ríe? —le preguntó ella.
Pues Willie Titcomb y sir Harry y Herbert Ainsty se estaban riendo todos. Pero no. Sir Harry no podía contarle a Clarissa Dalloway (por mucho que la estimara; de su tipo la creía perfecta, y amenazaba con pintarla) sus historias de los espectáculos de variedades. Bromeaba con ella sobre su fiesta. Echaba de menos su coñac. Estos círculos, decía, le venían grandes. Pero le caía bien; la respetaba, a pesar de su maldita, difícil refinación de clase alta, que hacía imposible pedirle a Clarissa Dalloway que se sentara en su rodilla.
Y se acercó aquel fuego fatuo errante, aquella fosforescencia vagoide, la vieja señora Hilbery, tendiendo las manos hacia el fulgor de su risa (acerca del duque y la dama), la cual, al oírla al otro lado de la sala, pareció tranquilizarla respecto a una cuestión que a veces la preocupaba si se despertaba temprano por la mañana y no le apetecía llamar a su doncella para pedir una taza de té: cuán cierto es que hemos de morir.
“Ellos no nos cuentan sus historias”, dijo Clarissa.
—¡Querida Clarissa! —exclamó la señora Hilbery. Esta noche, decía, se parecía tanto a su madre la primera vez que la vio paseando por un jardín con un sombrero gris.
Y a Clarissa en verdad se le llenaron los ojos de lágrimas. ¡Su madre, paseando por un jardín! Pero ay, tenía que marcharse.
Pues ahí estaba el profesor Brierly, que daba clases sobre Milton, hablando con el pequeño Jim Hutton (que era