siquiera era igual. Al ser mayor que ella y ser tan listo—¡qué serio era, queriendo que leyera a Shakespeare antes de que pudiera siquiera leer un cuento infantil en inglés!—al ser mucho más experimentado, él podía ayudarla. Y ella también podía ayudarlo a él.
Pero este sombrero ahora. Y luego (se hacía tarde) sir William Bradshaw.
Se llevó las manos a la cabeza, esperando a que él dijera si le gustaba el sombrero o no, y mientras ella estaba allí sentada, esperando, con la mirada baja, él podía sentir su mente, como un pájaro, cayendo de rama en rama, y posándose siempre, con toda justicia; podía seguir su mente, mientras ella permanecía allí sentada en una de esas posturas desgarbadas y laxas que le salían de forma natural y, si él decía algo, enseguida sonreía, como un pájaro que se posa con todas las garras firmes sobre la rama.
Pero él se