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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

el rostro de una legisladora, que había alcanzado un santuario donde ya no temía a nadie; ni a Holmes; ni a Bradshaw; un milagro, un triunfo, el último y más grande. Tambaleándose la vio subir la pavorosa escalinata, cargada con Holmes y Bradshaw, hombres que nunca pesaban menos de once stones y seis libras, que mandaban a sus esposas a la Corte, hombres que ganaban diez mil libras al año y hablaban de la proporción; que discrepaban en sus veredictos (pues Holmes decía una cosa y Bradshaw otra), pero que aun así eran jueces; que mezclaban la visión y el aparador; que no veían nada con claridad, pero que mandaban, pero que imponían castigos. Sobre ellos triunfó.

—¡Ya está! —dijo ella. Los papeles estaban atados. Nadie debía alcanzarlos. Los guardaría.

Y, dijo ella, nada debía separarlos. Se sentó a su lado y lo llamó con el nombre de aquel halcón o

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