Por una de ellas, su primogénita, habría renunciado verdaderamente a cualquier cosa, a lo cual no se había visto muy tentado a hacer. Elizabeth había heredado a los dieciséis años todos los derechos y la importancia de su madre en la medida en que era posible; y como era muy hermosa y se parecía mucho a él, su influencia siempre había sido grande y ambos se habían llevado a la perfección. Sus otras dos hijas tenían un valor muy inferior. Mary había adquirido una cierta importancia ficticia al convertirse en la señora Charles Musgrove; pero Anne, con una elegancia de espíritu y una dulzura de carácter que la habrían situado en un lugar muy alto para cualquier persona de verdadero entendimiento, no era nadie ni para su padre ni para su hermana; su opinión no pesaba, su comodidad debía ceder siempre ante la de los demás; ella era tan solo Anne.
Para Lady Russell, en verdad, era una ahijada, favorita y amiga queridísima y muy estimada. Lady Russell los quería a todos; pero solo en Anne le parecía ver renacer a la madre.
Unos años antes, Anne Elliot había sido una chica muy bonita, pero su lozanía se había desvanecido pronto; y como incluso en su esplendor su padre le había encontrado poco que admirar (tan totalmente diferentes eran sus delicados rasgos y sus apacibles ojos oscuros de los suyos propios), nada podía haber en ella, ahora que estaba marchita y delgada, que despertara su estima.
Nunca había abrigado muchas esperanzas, y ahora no le quedaba ninguna, de leer jamás su nombre en ninguna otra página de su obra favorita. Toda alianza igualitaria recaía en Elizabeth, pues Mary simplemente se había emparentado con una antigua familia de provincias, respetable y de gran fortuna, y por lo tanto había dado toda la honra y recibido ninguna: Elizabeth, tarde o temprano, contraería un matrimonio adecuado.