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# EL FIN DE LA EDAD MEDIA
Hacia el año 1350, los gremios artesanales alcanzaron todo el desarrollo posible para ellos como sociedades de hombres libres e iguales; y esa fecha puede aceptarse convenientemente como el final de la primera parte de la Edad Media.
Por aquel entonces, la servidumbre en general comenzaba a ceder ante el cambio introducido por los gremios y las ciudades libres: los siervos de la gleba acudieron en parte a las ciudades y se afiliaron a los gremios, y en parte se convirtieron en hombres libres, aunque vivían en tierras cuya tenencia no era libre.
Este movimiento hacia la disolución de la servidumbre está marcado por la Guerra de los Campesinos en Inglaterra, dirigida por Wat Tyler y John 86 Ball en Kent, y por John Lister (tintorero) en Anglia Oriental, que fue la respuesta de los pequeños propietarios (yeomen), siervos emancipados y no emancipados unidos, al intento de los nobles de frenar el movimiento.
Pero el desarrollo de los gremios de artesanos y la afluencia de los siervos libertados a las ciudades sentaron las bases para otro cambio en el industrialismo: con la segunda parte del período medieval aparece el oficial, o el llamado trabajador libre.
Además del maestro artesano y sus aprendices, el taller cuenta ahora con estos «trabajadores libres» —es decir, obreros sin privilegios que, sin embargo, están bajo la dominación del gremio y obligados a afiliarse a él—.
Pero tan completamente innata era la idea de asociación en la vida medieval que incluso este primer paso hacia la disrupción quedó sometido por un tiempo a la influencia gremial: en Alemania, especialmente, los gremios de oficiales eran tan importantes que formaban una red completa por toda la Europa central.
El oficial, si se presentaba ante el gremio en cualquier ciudad, era acogido bajo su cuidado, y se le hallaba sustento y empleo.
En Inglaterra ^87 el intento de fundar gremios de oficiales tuvo poco éxito, probablemente porque llegó demasiado tarde.
Después de esto, los gremios comenzaron a ser trabajadores privilegiados; y con ellos comenzó la fundación de la actual clase media, cuyo desarrollo a partir de esta fuente prosiguió hasta encontrarse con su otro desarrollo por el lado del comercio, que ahora empezaba a hacerse notar.
En 1453 Constantinopla fue tomada por los turcos, y como consecuencia de ello se descubrían y leían manuscritos griegos; iba surgiendo una sed de aprendizaje nuevo o revivido, ajeno a las supersticiones de la iglesia medieval y a los pintorescos, curiosamente tergiversados y medio comprendidos restos de las tradiciones populares.
El nuevo arte de la imprenta comenzó a extenderse con maravillosa rapidez a partir del año 1470 más o menos; y todo se iba preparando para la transformación de la sociedad medieval en moderna o comercial.
Antes de principios del siglo XVI, los gremios de artesanos habían reducido gradualmente a los demás a la insignificancia, pero el espíritu con el que fueron fundados se estaba extinguiendo entretanto. Eran 88 originalmente sociedades de artesanos iguales gobernados por oficiales de su propia elección, y sus reglas estaban obviamente dirigidas contra el crecimiento del capitalismo, como p. ej. las de los pañeros de Flandes, que limitaban el número de telares en el taller de cualquier maestro a cuatro.
La inferioridad en el gremio era sólo temporal; todo aprendiz, o oficial (bachelor), estaba obligado a convertirse en maestro con el tiempo. Pero ahora esto había estado cambiando desde hacía un tiempo, y el jornalero hizo su aparición en los talleres bajo el nombre de sirviente.
La cuota de entrada aumentó tanto que es evidente que denota algo más que la mera caída en el valor del oro, y significaba la compra de una participación en una compañía monopolística más que la contribución necesaria a la sociedad de un artesano.
En resumen, hacia mediados del siglo XVI los gremios eran organizaciones que incluían algo más que los gérmenes de capital servido por trabajo; no se necesitaba nada más que circunstancias externas para el desarrollo a partir de esto de un completo privilegio capitalista.
Aparte de los gremios, las dos clases de capitalistas y obreros libres estaban siendo creadas por el desarrollo del comercio, que los necesitaba a ambos como instrumentos para su progreso.
El comercio medieval no sabía nada del cambio capitalista; las demandas de los mercados locales se abastecían mediante el trueque o la venta directa del exceso de producción de los diversos distritos y países.
Todo esto estaba cambiando ahora, y se estaba formando un mercado mundial, en el cual debían entrar todas las mercancías; y una clase mercantil creció para llevar a cabo este nuevo comercio, y pronto alcanzó el poder, en medio de la rápida disolución de la antigua sociedad jerárquica con sus grados debidamente ordenados.
La caída de Constantinopla fue seguida treinta años después por el descubrimiento de América, y casi al mismo tiempo por el paso del Cabo, que terminó por reemplazar a la antigua ruta comercial terrestre de Levante y las ciudades bávaras.
Y ahora el Mediterráneo dejó de ser el gran mar comercial, que no tenía más allá que unas pocas estaciones periféricas. Las ciudades de Europa central —por ejemplo, Augsburgo, Núremberg, Múnich y las ciudades hanseáticas— compartían ahora el mercado 90 con Venecia y Génova, las hijas de Constantinopla: ya no había una sola gran ciudad dominante en Europa.
Pero no era sólo el auge de las ciudades comerciales lo que estaba derrocando a la sociedad feudal. A medida que vencían a su enemigo, los nobles feudales, caían en las garras de los monarcas burocráticos, quienes o bien se apoderaban de ellas para integrarlas en sus propias posesiones, o bien las utilizaban como herramientas para sus proyectos de conquista y centralización. Carlos V, p. ej., jugó a este juego por el sur de Alemania, Austria y los Países Bajos, y con Venecia, bajo la cobertura del llamado «Sacro Imperio Romano Germánico», al tiempo que se había apoderado de España mediante el matrimonio; y haciendo caso omiso de su falso imperio feudal, concentró todos sus esfuerzos en convertir estos países en verdaderos estados burocráticos.
En Francia, las libertades de las ciudades fueron aplastadas por Luis XI y sus sucesores.
En Inglaterra, el saqueo de las casas religiosas permitió a Enrique VIII fundar una nueva nobleza, sumisa a su propio absolutismo, en lugar de la antigua nobleza feudal destruida por su reciente guerra civil.
En todas partes se estaba desarrollando la nación moderna, centralizada y burocrática.
En Francia, las largas y cruentas guerras de las facciones borgoñona y armañac brindaron la oportunidad para la consolidación de la monarquía, llevada a cabo por fin, como se ha dicho antes, por Luis XI, el precursor del rey más exitoso de Francia y del último en serlo: Luis XIV.
En Inglaterra, las Guerras de las Rosas no fueron tan cruentas como las guerras francesas, y el pueblo participó poco en ellas, salvo como vasallos o dependientes de las casas de los nobles contendientes; sin embargo, desempeñaron su papel en la disolución de la feudalidad, no solo mediante el diezmo de los nobles muertos en batalla o en el cadalso, sino también contribuyendo directamente a arrastrar a Inglaterra hacia el mercado mundial.
Bajo el sistema medieval, los obreros, oprimidos y protegidos por los señores de la baronía y los gremios, no estaban disponibles para las necesidades del comercio.
Los siervos se consumían la parte del producto que les perdonaban sus señores; los artesanos de los gremios vendían el producto de sus propias manos a sus vecinos sin la ayuda de un intermediario.
En ninguno de los dos casos 92 quedaba algo disponible para el abastecimiento de un gran mercado.
Pero Inglaterra, uno de los mejores países de pastoreo del mundo, poseía ya entonces capacidades para la extracción despiadada de beneficios, siempre y cuando se pudiera eliminar el sistema de cultivo del señorío y las parcelas de los pequeños propietarios (yeomen).
Los terratenientes, arruinados por su larga guerra, vieron la demanda de lana inglesa y se dedicaron a la tarea de ayudar a la evolución con gran parte del vigor y la mezquindad sin escrúpulos que desde entonces ha ganado para su raza el dominio temporal del mercado mundial.
Los arrendatarios sufrieron exacciones abusivas de renta, los pequeños propietarios (yeomen) fueron expropriados, los braceros fueron expulsados de la tierra hacia las ciudades, para trabajar allí como obreros «libres».
Inglaterra contribuyó así con su parte al comercio, pagando por ello con algo tan poco importante como la pérdida de la ruda jovialidad, la abundancia y la independencia de espíritu que antaño atrajeron la admiración de extranjeros más subyugados por el sistema feudal y por sus abusos de lo que lo estaban los ingleses.
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