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EN uno de los cuentos de Edgar Allan Poe se relata cómo un pequeño grupo de náufragos en una embarcación anegada, al borde último de la inanición, enloquece repentinamente de alegría al ver que se aproxima un velero.
Cuando este se acercó a ellos, pareció ser manejado de manera extraña y poco marinera, como si apenas fuera gobernado, pero el caso es que se acercó, y su alegría era tan grande que no pensaron mucho en esta anomalía.
Por fin vieron a los marineros a bordo y notaron especialmente a uno en la proa que parecía estar mirándolos con gran curiosidad, asintiendo también como si los animara a tener paciencia y sonriéndoles constantemente, mostrando mientras lo hacía una dentadura muy blanca, y aparentemente tan preocupado por la seguridad de ellos que no se daba cuenta de que el gorro rojo que llevaba en la cabeza se le estaba cayendo al agua.
De repente, al acercarse la embarcación a ellos, y mientras sus corazones saltaban de alegría ante su ya segura liberación, un hedor inconcebible y horrible llegó flotando hacia ellos a través de las aguas y, al poco tiempo, para su horror y miseria, vieron que aquello era un barco de los muertos; el hombre que hacía reverencias era un cadáver tambaleante, su gorro rojo era un trozo de su propia carne arrancado por un ave marina; su sonrisa amable se debía a sus mandíbulas, despojadas de carne, que mostraban sus dientes blancos fijados en una mueca perpetua.
Así pasó el barco de los muertos hacia el océano sin tierras, dejando a los pobres infelices en su desesperación.
Para nosotros, los socialistas, este Barco de los Muertos es una imagen de la civilización de nuestra época, así como los marineros náufragos lo son de las esperanzas de la humanidad enredada en ella.
El hombre que saluda alegremente, cuyos signos de aliento y buena voluntad resultan ser producto de la muerte y la corrupción, representa bien para nosotros la tan ensalzada filantropía de las clases ricas y refinadas de nuestra sociedad, la cual nace de la miseria necesaria para su propia existencia.
Cómo observa la gente con entusiasmo, como Arthur Gordon Pym y sus desventurados compañeros, la hermosa esperanza de suavizar la vida mediante el cultivo del buen sentimiento, la bondad y la gratitud entre ricos y pobres, con sus manifestaciones externas;
- sus empresas misioneras dentro y fuera del país: hospitales, iglesias, refugios y similares;
- su clero laborioso que vive en medio de los hogares miserables de aquellos cuyas almas están salvando;
- sus damas elegantes y entusiastas que a veces los visitan;
- sus caballeros distinguidos y cultos de las universidades que extienden las influencias de un hogar refinado en cada parroquia aburrida y semianimada de Inglaterra;
- la serie bienintencionada de conferencias sobre esa virtud de la frugalidad que los pobres apenas pueden dejar de practicar aun sin que se les predique;
- su creciente sentido del valor de la pureza moral entre aquellos cuyos entornos les prohíben comprender siquiera el significado de la pureza física;
- su olfato para detectar la indecencia en la literatura y el arte, lo que impediría la publicación de cualquier libro escrito fuera de Inglaterra o antes de mediados del siglo XIX, y reduciría la pintura y la escultura a la producción de muñecas con enaguas y sin cuerpo.
Todo esto, que parece tan refinado y humano, no es más que el efecto de la lejana visión de la calavera sonriente y sin carne de la civilización que parece ofrecer una escapatoria a los náufragos desvalidos, pero destinada a asfixiarlos al acercarse con el hedor de su corrupción, y a desvanecerse luego sin rumbo en el vacío, dejándolos revolcándose en el océano de la vida que su falsa esperanza ha vuelto más espantoso que antes.
Examinemos, pues, algunas de las formas a través de las cuales se manifiesta esta hipocresía universal de la sociedad moderna, que constituye su característica más singular.
Nuestra actual familia de consanguinidad, basada en una supuesta monogamia absoluta, reconoce una débil responsabilidad más allá de sus propios límites, y profesa regular los grados de afecto que deben sentirse entre distintas personas según la cantidad de parentesco que las une, de modo que, por ejemplo, la hermandad de sangre casi extinguiría el sentido del deber en esa otra hermandad de la inclinación o de los gustos y ocupaciones mutuos, y de hecho apenas admitiría que tales lazos pudieran ser reales.
O bien, en los casos en que, como a veces sucede, la falsa familia de sangre se ve interrumpida por la adopción de un niño extraño, el procedimiento se encubre con un cambio de nombre, la asunción de misterio y una abundancia de ceremonial inconsciente; y durante todo este tiempo, aunque sin duda hay abundantes ejemplos de afecto desinteresado entre los miembros de una familia, así como entre los ajenos a ella, la regla general —y nuestros satíricos nunca se cansan de tocar esta cuerda— es que, si bien en cierta medida se siente el vínculo de la obligación, este no deja de ser una carga y resulta totalmente impotente para evitar las disputas y el odio causados por el choque de las disposiciones discordantes de personas condenadas a fingir siempre ante el mundo como amigos especiales.
Otro punto que debe señalarse es la manera diferente en que se consideran los lazos familiares entre las distintas naciones, incluso en el círculo de la Europa moderna.
En Inglaterra es verdad, como hemos dicho, que se supone que toda virtud, honor y afecto están comprendidos dentro del ámbito de la familia; esta superstición no es en modo alguno tan fuerte en Francia: sin embargo, existe allí un vínculo convencional, que al parecer es una supervivencia de la tiranía del derecho civil del Imperio romano, mucho más fuerte que cualquier lazo familiar en Inglaterra.
El consejo de familia es acatado por todos los franceses y francesas como una ley no escrita que es inexpugnable:
- un francés no puede casarse sin el permiso de sus padres antes de los veintiséis años;
- la relación entre madre e hijo, que con todas sus exageraciones es más o menos natural en Inglaterra, es casi sacerdotal en Francia, y está iluminada por una curiosa clase de sentimiento convencional en la literatura, que a veces llega a degradar por un tiempo incluso a los más grandes autores al rango de charlatanes.
No decimos que cierta cantidad de sentimiento engendrado por el sistema familiar no sea genuino: es razonable sentir ternura por las personas que se han tomado las molestias y el trabajo de cuidarnos en nuestra indefensión, y desear devolverles un poco de amabilidad cuando ya no necesitamos ese cuidado, incluso cuando el tiempo nos ha demostrado que no sentimos especial simpatía por ellas; tampoco es irracional mirar con cierto sentimiento especial a los hermanos y hermanas, incluso cuando la adultez los ha alejado de nuestras vidas y de nuestras aspiraciones, ya que en años pasados convivíamos con ellos en tal familiaridad cuando ellos y nosotros éramos inocentes y estábamos por desarrollar.
Pero ¿qué relación guarda este yugo de sentimiento ligero y fácil con la cadena de hierro del falso deber convencional por el que todos nosotros, incluso los más audaces, nos vemos tan duramente oprimidos; una cadena además que se rompe en medio de diversas circunstancias de deshonra real y convencional siempre que la necesidad, tal como hoy se entiende, es decir, la necesidad comercial, lo impone?
En resumen, la familia proclama existir para brindarnos un refugio de afecto tranquilo y reparador, y las influencias humanizadoras de la ayuda mutua y la consideración, pero ignora silenciosamente su verdadera razón de ser, su verdadero fin, a saber: la protección de la propiedad individualista por medio de la herencia, y un núcleo de resistencia frente al mundo exterior, ya sea que este adopte la forma de otras familias o del bienestar público, cualquiera que este sea.
Pero esto muestra a fin de cuentas más que el mejor lado de la familia convencional moderna, tal como funciona en las clases medias.
En las clases bajas, donde la familia de vínculos de sangre podría ofrecer alguna protección y ayuda real a sus miembros, se halla completamente destruida por la acción del sistema fabril, bajo el cual padre, madre, hermanos, hermanas, esposo y esposa compiten entre sí en el mercado laboral, cuyo fin es proporcionar un beneficio al empleador capitalista; y esta «familia», que tal como está constituida hoy existe para las necesidades de la clase media, al ser inútil para las clases trabajadoras, estas no tienen a qué recurrir para suplir la falta de una verdadera unidad social.
Para la mayoría de los hombres será más evidente que se pueden formular cargos similares contra la religión de la sociedad moderna: la mayoría de las personas inteligentes admitirá que no significa otra cosa que meros conjuntos de nombres y fórmulas, a uno u otro de los cuales se supone que está adscrito todo hombre respetable; en uno u otro de los cuales seguramente hallará una solución convencional al gran problema del universo, incluidos nuestra vida y sus aspiraciones.
Si el hombre falla en su deber hacia la sociedad a este respecto, sufre las consecuencias correspondientes; y, en verdad, pocos hombres de cierta posición son lo suficientemente audaces como para confesar que están fuera de todos esos sistemas de eclesiasticismo; los mismos heterodoxos deben pertenecer a algún partido reconocido; deben ser ortodoxos en su heterodoxia.
Pero, de hecho, la mayor parte de los hombres cultos no se atreven a llegar tan lejos, y se conforman con hacer que la sociedad en general se sienta feliz al creer que ellos se adhieren a la mueca general de la religión que ha ocupado el lugar de la creencia real —aún no convertida en superstición—, la cual permitía deducir la práctica de su sólido sueño.
Mientras tanto, es común, y especialmente en los círculos más reaccionarios, encontrar hombres que en privado admiten un cinismo que, según su parecer, los exime de cualquier responsabilidad ética, mientras que en público mantienen la farsa de apoyar una religión que al menos profesa tener una ética propia.
Sin embargo, aun ahora es necesario que se suponga que existe cierto código de moralidad y que tiene alguna relación con la religión que, siendo la creación de otra época, se ha convertido ahora en una farsa.
Con esta farsa, además, su moralidad concomitante está asimismo empapada, aunque tiene la utilidad de servir de cobertura a una moralidad que es realmente fruto de la condición actual de las cosas, y a esta se aferran con una determinación o incluso una ferocidad bastante natural, ya que su objetivo es la perpetuación de la propiedad individual de la riqueza, del trabajador, de la esposa, del hijo.
La llamada moral de la época actual no es más que una necesidad comercial, disfrazada bajo las formas de la ética cristiana; por ejemplo, el honor comercial es meramente el código requerido por las necesidades de los hombres en las relaciones comerciales, las cuales sin él no podrían subsistir, y que au fond no tiene nada en común con la máxima cristiana de «haz a los otros lo que quisieras que te hiciesen», etc., en cuyo nombre se invoca en ocasiones.
La única conexión que la ética comercial actual tiene con la cristiana es, como dijimos antes, puramente formal. La ética individualista mística del cristianismo, que tenía como fin supremo otro mundo y la salvación espiritual en él, se ha transformado en una ética individualista que tiene como fin supremo (de forma tácita, si no declarada) la salvación material del individuo en la batalla comercial de este mundo.
Esto se ilustra con el predominio entre las clases comerciales de una teología calvinista degradada, denominada evangelicalismo1, que es la única forma de religión que estas clases pueden comprender; de ella se ha eliminado el elemento poético-místico del cristianismo primitivo, y las «leyes naturales» de la ganancia y la pérdida, y sálvese quien pueda, que dominan este mundo terrenal, se reproducen de la manera más fiel posible en el mundo espiritual de su concepción.
Puede que a algunos les sorprenda que se les diga que la política comparte plenamente esta irrealidad, ya que por lo general se supone que la democracia al fin ha triunfado de verdad y está entrando ahora en su reino.
Sin duda, los acontecimientos políticos de este siglo han convencido a todos de que un cambio en las relaciones de los hombres entre sí es inminente; pero antes de que ese cambio pueda producirse, debe comprenderse que el desarrollo del pueblo ha de darse por otras vías muy distintas de las que los políticos ahora sueñan.
Es cierto que se cree haber obtenido la libertad política, pero ¿cuál es la naturaleza de esa ganancia? ¿Cuál es el fin y el objetivo de esa libertad política que todos los partidos del Estado afirman esforzarse por lograr? Una vez más, es una farsa, diseñada en realidad para mantener a la masa de los hombres desamparados y divididos, de modo que sigan siendo los instrumentos de los fuertes y los triunfadores.
Adopta diversas formas:
- por ejemplo, se pretende liberar a la tierra de los últimos vestigios del feudalismo para que así se convierta de manera más completa en una mera porción de capital productor de ganancias, ayudando de este modo a esa monstruosa acumulación de riquezas que está reduciendo toda la vida a la miseria.
- Se pretende que los padres y los clérigos tengan la libertad de enseñar a los niños lo que deseen, privando así a esas desdichadas criaturas de las ayudas más necesarias para el desarrollo humano.
- Se pretende liberar el comercio y la manufactura de toda traba, de modo que la masa del pueblo se vea obligada a servir a las necesidades —tanto como productores como compradores— de aquellos que tienen un solo objetivo: vender para obtener ganancias.
Para el sostenimiento de esta gloriosa 13 «libertad», llamada de otro modo la «sanción del contrato», el gobierno de partido es un instrumento reconocido y eficaz.
En este arreglo, los miembros del Parlamento se dividen en dos bandos, casi como muchachos a punto de jugar un partido de fútbol; ambos bandos no difieren mucho en sus principios, aunque a veces hay una disputa facciosa y violenta sobre la cantidad de concesiones que es seguro otorgar o negar a las demandas del pueblo:
- no pocas veces ni siquiera existe esta diferencia; la legislación propuesta por ambos partidos es casi idéntica, y hay que buscar algún pretexto seguro para la disputa antes de que el juego pueda llevarse a cabo.
Así se lleva a cabo la farsa suprema de la política moderna bajo el título absurdo de Gobierno Representativo, y el nombre de democracia se utiliza para encubrir a una oligarquía más o menos amplia, mientras una vez más se espera que toda la gente decente que profese interés por la política se alinee bajo uno u otro de los grandes partidos políticos, convertidos ya casi en algo menos que meros nombres, las sombras mismas de las sombras.
Cuando toda la vida, doméstica, religiosa, moral 14 y política, ha caído así en la pura simulación, cuando todas estas ramas de la energía humana han llegado a profesar fines que, cuando los tienen, no son sus fines reales, y sobre los cuales no quieren ni pueden actuar, cuando no saben lo que realmente son y están ciegos a su verdadero destino, ¿cómo puede ser posible que el Arte, la expresión de la vida de la sociedad, sea otra cosa que una farsa también?
Aquí y allá, en verdad, el irreprimible genio de un individuo se expresa a fuerza de fatiga y angustia insospechadas en días mejores, y produce obras de arte hermosas y poderosas, por mucho que estén dañadas por los efectos agrios de una lucha desesperada contra un entorno monstruoso, y por la inquietud que surge del sobreesfuerzo incluso de grandes facultades.
Pero, por lo demás, las bellas artes ya no existen para el pueblo en general. ¿Cómo podrían?
La única realidad de la sociedad moderna es la esclavitud industrial, abarcadora e íntima, suprema sobre la vida de todo hombre, que domina cada una de sus acciones, desde la mayor hasta la menor: ningún hombre ni grupo de hombres puede hacer nada que no tienda al mantenimiento de esta esclavitud a menos que actúen como rebeldes conscientes contra ella.
Los hombres que viven bajo tales condiciones no pueden producir arte o arquitectura social (con toda la comprensión del ciclo decorativo de las artes que esa palabra implica), ni siquiera el deseo de hacerlo; han perdido toda comprensión de lo que es; la masa del pueblo no tiene nada que ver con el Arte arquitectónico, excepto en la medida en que se le obliga a producir la farsa de este de manera mecánica como un acabado comercial de los productos, para darles un mayor valor de mercado.
Nos falta espacio aquí para contrastar este estado de cosas con el de las épocas que produjeron Arte, o para mostrar las consecuencias de dicha diferencia.
Baste decir una vez más que, a excepción de las poquísimas obras producidas por hombres de genio excepcional, obras que el público en general no disfruta ni comprende en lo más mínimo, el Arte está en su mayor parte adormecido.
En esta breve reseña de las diversas fases de la vida moderna —sus relaciones familiares, moral, religión, política y arte—, el lector que aún no haya estudiado el socialismo tal vez no vea más que pesimismo.
Pues hasta hace poco entre las personas cultas, que disfrutan de cualesquiera ventajas que puedan derivarse de la civilización, ha existido una creencia casi universal, todavía no muy quebrantada, de que la civilización moderna o «burguesa» es la forma definitiva de la sociedad humana.
Si este fuera el caso, seríamos verdaderamente pesimistas, pero por fortuna sabemos que la civilización es tan solo una etapa en el desarrollo de la raza humana, al igual que lo fue la barbarie, o el salvajismo de las naciones progresistas.
La civilización debe desarrollarse necesariamente hacia alguna otra forma de sociedad, cuyas tendencias podemos ver, pero no los detalles; pues ahora empieza a quedar claro que este nuevo estado de sociedad solo puede alcanzarse a través del gran cambio económico, moral y político que llamamos socialismo; y el cimiento esencial de este es la elevación de las clases trabajadoras hasta un punto que les otorgue el control sobre su propio trabajo y su producto.
Para que nuestros lectores puedan formarse una idea correcta de esto, es necesario emplear el método histórico; es decir, trazar el desarrollo de la sociedad desde sus primeros tiempos hasta la plena expresión del período comercial, que ha creado y está creando una masa tan vasta de descontento, no sólo entre las clases trabajadoras que sufren directamente la opresión que es parte necesaria de aquél, sino también de diversas y a veces discordantes formas entre los acomodados, quienes, a primera vista, se benefician de su funcionamiento.
Nos proponemos terminar el libro exponiendo nuestras propias impresiones tanto sobre el resultado inmediato de la actual agitación y conmoción en la vida sociopolítica, como sobre lo que razonablemente puede esperarse de la nueva sociedad cuando por fin haya suplantado la creciente confusión de la actualidad.
Tan sólo debe aclararse que esta última parte no puede ser más que la expresión de nuestras propias opiniones individuales, y que no pretendemos otorgarle mayor peso. Aunque se ha intentado a menudo, es imposible construir un esquema para la sociedad del futuro, pues ningún hombre puede realmente salirse con el pensamiento de sus propios días; su palacio de los días venideros sólo puede construirse a partir de las aspiraciones que le imponen sus circunstancias presentes y de sus sueños sobre la vida del pasado, que a su vez no pueden dejar de ser imaginaciones más o menos inconsistentes.
Al menos podemos afirmar con audacia que quienes piensan que la civilización de nuestra propia época no se transformará tanto en su forma como en su esencia, sostienen su opinión desafiando el testimonio de toda la historia. Esto no puede descartarse refugiándose en lugares comunes sobre la «naturaleza humana», que en realidad se deducen de la teología ortodoxa y de una visión obsoleta de la historia. La naturaleza humana es en sí misma un producto de las eras, y es moldeada continua e indefinidamente por las condiciones en las que se encuentra.
Notas al pie
- Si se dice que el evangelicalismo ya no florece, eso es verdad en la Iglesia de Inglaterra; pero el numeroso y sumamente influyente cuerpo de disidentes aún permanece intacto.Back
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