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Sociedad Moderna: Primeras Etapas

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# SOCIEDAD MODERNA: ETAPAS INICIALES

AL comenzar el siglo XVII, las monarquías burocráticas centralizadas estaban ya firmemente establecidas; es más, al menos en Francia, mostraban incluso el nacimiento del gobierno de partidos moderno, el cual desde entonces —ejercido, en verdad, bajo el velo del constitucionalismo— ha sido el arquetipo de todo gobierno moderno.

Richelieu —el Bismarck de su época y de su país— inaugura la serie de primeros ministros, o verdaderos reyes temporales, que gobiernan en interés de una sociedad de clases, no muy estorbados y sí bastante protegidos por sus ropajes: los reyes hereditarios de farsa.

En Inglaterra este puesto de primer ministro era más incompleto, aunque hombres como Burleigh se acercaron al tipo. Isabel redujo la monarquía de los Tudor a un absurdo, a una auténtica burla de monarquía, bajo la cual florecía frondosamente una lucha carente de todo principio y corrupta por la satisfacción de la ambición y la codicia individuales. Esto creció aún más frondosamente, quizás, bajo Jacobo I, quien añadió una cobardía abyecta a todos los demás vicios que son más comunes a los altos cargos y poderes despóticos.

En cuanto a la condición del pueblo durante los últimos años del siglo XVI y principios del XVII, la revolución económica y religiosa que había tenido lugar lo había oprimido terriblemente, y el «obrero libre» tuvo que sentir toda la fuerza de las causas que le habían regalado su «libertad» en aras del creciente comercio.

En Inglaterra, por un lado, la expropiación de los pequeños propietarios (yeomanry) de la tierra y la conversión de las tierras de labor en pastos habían proporcionado una gran población de estos trabajadores libres que, por otro lado, no eran absorbidos con rapidez por las todavía escasas 106 manufacturas del país, sino que constituían una especie de población semivagabunda, bastante molesta para las clases alta y media.

Las leyes promulgadas contra dichos mendigos en tiempos de Enrique VIII y Eduardo VI eran absolutamente feroces, y los hombres eran ahorcados sin contemplaciones de a millar.

Pero en el reinado de Isabel se descubrió que ni siquiera esto era suficiente para remediar el mal, el cual, por supuesto, se había visto muy agravado por la supresión de las casas religiosas, parte cuya función era el alojamiento y la manutención de cualquier sector de los trabajadores temporalmente desplazados.

Se aprobó, por tanto, una Ley de Pobres (1601) para hacer frente a esta miseria, y, por extraño que parezca, fue mucho más humana de lo que cabría esperar por la forma en que se había tratado a los pobres hasta entonces; tanto es así, en efecto, que los filántropos utilitaristas de principios de este siglo se vieron obligados a abordarla de una manera drástica, que nos dejó una Ley de Pobres tan poco humana como cabía esperar.

Hacia mediados del siglo XVII las cosas empezaron a mejorar para nuestra población trabajadora: el crecimiento de las ciudades estimuló la agricultura, y el cultivo de la tierra comenzó a renacer de nuevo, aunque por supuesto bajo el nuevo sistema de cultivo con ánimo de lucro. Los asuntos se estaban estabilizando de hecho, preparando al país mediante una época de algo parecido a la prosperidad para la nueva revolución en la industria.81

La condición del pueblo era, en general, peor en el continente que en Inglaterra. La servidumbre no estaba ni mucho menos extinta en Francia, Hungría o Alemania, y esa servidumbre era mucho más agobiante y minuciosa, combinada con la explotación del mercado, de lo que había sido en el periodo feudal.

También existían otras pervivencias de la época medieval; así, en Alemania los gremios aún conservaban cierta vida y poder, y el pueblo no estaba totalmente desvinculado de la tierra como en Inglaterra, aunque la competencia predominante de los mercados destruyó gran parte del bien que aún subsistía en estas costumbres medio extintas.

Al mismo tiempo, las poblaciones se veían aplastadas por las espantosas guerras que las azotaban, en todas las cuales la religión era el pretexto inmediato.

La primera de esta serie fue la guerra llevada a cabo en Holanda y los Países Bajos contra los extranjeros católicos —los españoles—, en cuyas manos habían venido a caer por los asuntos familiares de la casa de Austria. Aunque algunos nobles tomaron partido por los rebeldes —p. ej., Egmont y Horn, ejecutados por ello—, esta guerra fue en lo fundamental una guerra de la democracia burguesa en favor del protestantismo, enconada por el sentimiento de una raza teutónica contra una latinizada. Se encuentra en ella incluso cierto anticipo del elemento revolucionario sans-culotte, como lo demuestra el entusiasmo con que los rebeldes asumieron el apodo de gueux, o mendigos, arrojado contra ellos con desprecio por sus enemigos, así como la extrema acritud de la población marinera más ruda, aquellos hombres cuyos sombreros llevaban la inscripción: «Antes turco que Papa».

En Alemania, la lucha conocida como 109 la “Guerra de los Treinta Años” se libró entre los dos bandos opuestos de entre los grandes vasallos del Imperio alemán, cuyo poder se utilizó para el engrandecimiento de la casa de Austria y también para imponer el catolicismo en los países más septentrionales.

El lector no debe olvidar, además, que estos países estaban gobernados de manera tan opresiva como aquellos que obedecían las órdenes del emperador.

Esta miserable guerra, después de infligir el sufrimiento más terrible al desdichado pueblo, al que durante todo el proceso se trató con mucha menos piedad y consideración que si hubieran sido bestias, después de haber aplastado la floreciente inteligencia de Alemania hasta dejarla en un estado del que solo ha resurgido en días muy cercanos a los nuestros, se extinguió de manera penosa y sin rumbo, dejando los límites entre protestantes y católicos prácticamente donde los había encontrado; pero también dejó al pueblo totalmente indefenso frente a sus amos, los reyes y príncipes burócratas.

En Francia, la lucha religiosa adoptó una forma muy amarga, pero fue mucho más política que en Alemania.

Los líderes estaban incluso dispuestos a cambiar de credo cuando se veían arrinconados, como Enrique de Navarra en la época de la matanza de San Bartolomé.

En Francia, la simpatía popular no estaba en absoluto a favor del protestantismo: de otro modo, la matanza de San Bartolomé, que asestó un golpe tan terrible a la causa hugonote, habría sido difícilmente posible.

Es verdad que el gran líder hugonote, Enrique de Navarra, se convirtió en rey de Francia, pero su acceso al trono, fruto de su genio personal, no conllevó como consecuencia un triunfo hugonote.

Enrique tuvo que abjurar del protestantismo; un rey de Francia protestante era imposible.

La gran lucha en Inglaterra llegó más tarde, y probablemente como consecuencia la victoria fue más decisiva por el bando puritano. El entusiasmo con el que María Tudor («María la Sanguinaria») fue recibida, y las insurrecciones católicas en el reinado de su sucesor, muestran que al principio hubo cierto sentimiento popular del lado católico; pero para la época de Jacobo I, el catolicismo estaba prácticamente muerto en 111 Inglaterra82

El Libro de los Deportes emitido por su Gobierno, que alentaba a la gente a practicar varios juegos el domingo a la usanza de la Edad Media, fue recibido ampliamente como un ultraje a los sentimientos de la creciente clase media en la ciudad y en el campo. Tenemos aquí la primera manifestación de ese curioso Sabbatarianismo, que parece estar circunscrito a estas islas, y cuyo origen es muy oscuro, ya que los calvinistas originales, como John Knox, e incluso el propio Calvino, no estaban subyugados por él.

El poder marítimo de Inglaterra tiene su inicio en el periodo Tudor tardío, en contraste con la Edad Media, cuando los asuntos marineros carecían de importancia nacional en Inglaterra, estando el transporte de los mares del norte casi en su totalidad en manos de los flamencos y de la Liga Hanseática.

Pero bajo Isabel, los marinos ingleses, hidalgos aventureros y comerciantes, estimulados por el descubrimiento de América, por los prosaicos relatos 112 de la obtención práctica de dinero y por las leyendas de fabulosa riqueza que allí aguardaban a la intrépida e imensa codicia de la nueva andanzas caballerescas del comercio, equiparon naves para expediciones filibusteras hacia el Nuevo Mundo.

Prácticamente fueron a la guerra por cuenta propia contra los españoles en aquel hemisferio; y allí su temerario valor y su superior pericia marinera les valieron casi toda la riqueza que no era fabulosa, y sentaron las bases de la empresa comercial de Inglaterra. Con esto convirtieron a un pueblo antaño jovial, indolente y generoso en una nación de comerciantes sordidos, aunque enérgicos, y de incansables buscadores de dinero, cuyo valor mismo era el valor del despacho de contabilidad, y la mayor parte de este se ejercía de forma vicaria a expensas de sus sufridos empleados por tierra y mar.

Todo tendía hacia aquel irreconciliable litigio que estalló en el siguiente reinado entre la corte y la burguesía, y que fue tanto religioso como político.

Mientras tanto en Francia, los últimos vestigios del viejo feudalismo luchaban en 113 en las guerras de partidos de la «Fronda» contra Mazarino y su burocracia de pura corrupción.

Finalmente, Luis XIV puso la piedra angular de la monarquía francesa al obligar a su nobleza, alta y baja, a adoptar la posición de cortesanos, mientras su ministro Colbert desarrollaba el reino como una máquina recaudadora de impuestos mediante el cuidado y el talento con el que fomentó las manufacturas de Francia, que justo antes de su época se encontraban en un punto verdaderamente bajo.

No había necesidad, por lo tanto, de tocar las rentas de la nobleza, que tenía libertad para gastarlas en hacer antesala en la corte; es más, no tenía la libertad de hacer otra cosa.

El siglo comenzó con la monarquía francesa triunfante sobre todos sus grandes vasallos; terminó reduciendo a todos sus vasallos, grandes y pequeños, a la condición de cortesanos, con poca influencia en las provincias y rentas disminuidas —meros propietarios ausentistas del peor tipo, dotados de privilegios que solo podían ejercerse a costa del hambre del pueblo y la exasperación de la burguesía, que proporcionaba los fondos para la gloria de la corte.

Notas al pie

  1. Para una exposición más completa de este periodo puede consultarse la obra de Hyndman Historical Basis of Socialism in England.Back
  1. Sin embargo, el curioso libro del paisano llamado Calendario de los pastores (Shepherd’s Calendar), traducido e impreso aquí por primera vez alrededor de 1520, se reimprimió literalmente, con todas sus oraciones católicas, etcétera, varias veces hasta fecha tan tardía como 1656.Back

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