las personas inteligentes admitirá que no significa otra cosa que meros conjuntos de nombres y fórmulas, a uno u otro de los cuales se supone que está adscrito todo hombre respetable; en uno u otro de los cuales seguramente hallará una solución convencional al gran problema del universo, incluidos nuestra vida y sus aspiraciones. Si el hombre falla en su deber hacia la sociedad a este respecto, sufre las consecuencias correspondientes; y, en verdad, pocos hombres de cierta posición son lo suficientemente audaces como para confesar que están fuera de todos esos sistemas de eclesiasticismo; los mismos heterodoxos deben pertenecer a algún partido reconocido; deben ser ortodoxos en su heterodoxia. Pero, de hecho, la mayor parte de los hombres cultos no se atreven a llegar tan lejos, y se conforman con hacer que la sociedad en general se sienta feliz al creer que ellos se adhieren a la mueca general de la religión que ha ocupado el lugar de la creencia real —aún no convertida en superstición—, la cual permitía deducir la práctica de su sólido sueño.
Mientras tanto, es común, y especialmente en los círculos más reaccionarios, encontrar hombres que en privado admiten un cinismo que, según su parecer, los exime de cualquier responsabilidad ética, mientras que en público mantienen la farsa de apoyar una religión que al menos profesa tener una ética propia.
Sin embargo, aun ahora es necesario que se suponga que existe cierto código de moralidad y que tiene alguna relación con la religión que, siendo la creación de otra época, se ha convertido ahora en una farsa.
Con esta farsa, además, su moralidad concomitante está asimismo empapada, aunque tiene la utilidad de servir de cobertura a una moralidad que es realmente fruto de la condición actual de las cosas, y a esta se aferran con una determinación o incluso una ferocidad bastante natural, ya que su objetivo es la perpetuación de la propiedad individual de la riqueza, del trabajador, de la esposa, del hijo.