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# PREPARATIVOS PARA LA REVOLUCIÓN—INGLATERRA
Debemos decir aquí unas pocas palabras sobre el significado de la gran lucha que tuvo lugar en Inglaterra entre el Rey y el Parlamento.
El Rey, Carlos I, aspiraba a completar el absolutismo monárquico iniciado por los Tudor, al tiempo que su camino se le presentaba más claro, porque la antigua enemistad entre los nobles y el Rey se había extinguido por completo y, como se ha dicho antes, los nobles, de ser poderosos y a menudo refractarios vasallos feudales, se habían convertido en meros cortesanos cuyos objetivos e intereses se identificaban con los del monarca.
En el otro lado se encontraba la burguesía, que había prosperado enormemente gracias al creciente comercio, se estaba volviendo poderosa y aspiraba no solo a la libertad social y económica, sino también a la supremacía en el Estado. A la burguesía se adherían también los yeomen y la mayor parte de la pequeña nobleza rural, a cuyo grupo pertenecía el propio Cromwell.
La lucha comenzó por parte del Parlamento con la afirmación de los derechos de este y la profesión de una devoción casi pedante a la constitución cuasi histórica, la cual era, sin embargo, en lo fundamental, una invención de la época.
Quizás el acto más constitucional de los rebeldes fue el juicio al Rey para decidir sobre su vida, del cual existía al menos un precedente en la condena de Eduardo II. Pero a medida que la lucha parlamentaria dio paso a la guerra civil, y quedó claro que los rebeldes saldrían derrotados a menos que se le diera el papel principal a la burguesía, este constitucionalismo pseudohistórico dio paso primero al republicanismo, con una infusión de teocracia, y finalmente a la dictadura del general victorioso, quien al final apenas pudo 116 tolerar el delgado velo de un Parlamento nominalmente independiente.
Los efectos de la desilusión de los republicanos puristas, como el coronel Hutchinson, fueron reprimidos con severidad, y aún más los pequeños conatos de rebelión intentados por los entusiastas religiosos, entre quienes debemos contar a los Niveladores (Levellers), cuyas doctrinas incluían un encargo de naturaleza similar al presentado por Juan de Leiden en la primera mitad del siglo XVI.
Vale la pena señalar, como ilustración del crecimiento de un puritanismo generalizado en Inglaterra, que de hecho abarcaba a toda la población y al que ningún cambio político ha afectado demasiado, que ambos bandos en la lucha estaban imuidos de frases y ejemplos bíblicos, lo que demuestra, entre otras cosas, hasta qué punto la versión inglesa era leída por la población.
Por otra parte, la severidad del puritanismo triunfante y el férreo gobierno del Lord Protector hicieron que su administración fuera impopular entre un pueblo que siempre ha resentido cualquier clase de organización mecánica y rigurosa. 117
Los latitudinarios, que siempre habían sido los más numerosos, se convirtieron en los más poderosos, y al fin resultó tarea fácil para unos ambiciosos ávidos de poder lograr la restauración de la monarquía hereditaria en Gran Bretaña.
Esta restauración de los Estuardo fue, sin embargo, a fin de cuentas, poco más que un apaño tolerado porque la defección del principio exaltado del período anterior de la revolución no dejó nada que ocupara el lugar del absolutismo de Cromwell.
La nación no simpatizaba en lo fundamental con la Corte, la cual era antinacional y de tendencia católica, y abiertamente licenciosa. La nación misma, aunque se habíalibrado de la severidad del puritanismo, seguía siendo puritana, y acogió con agrado la Ley Dominical de Carlos II, que otorgaba el sello legal debido al puritanismo de la especie más sosa y respetuosa.
Pero aunque el puritanismo entusiasta ya no dominaba, no se había extinguido. El progreso del peregrino, de John Bunyan, destaca, pese a ser un romance religioso, en medio de la insipidez de la literatura de la época. Los cuáqueros, que representaban en su 118 origen el lado pacífico y religioso de los Levellers, surgieron, crecieron y prosperaron a pesar de la persecución; los cambrianos en Escocia opusieron una resistencia armada ineficaz a la extinción del entusiasmo; mientras que al otro lado del Atlántico los descendientes de los primeros puritanos mantenían un gobierno casi teocrático que, entre otras cosas, persiguió cruelmente a los cuáqueros.
Poco a poco, sin embargo, todo aquello que no era del todo trivial y rutinario se extinguió en el protestantismo inglés, y el indiferentismo respetable lo había arrasado todo antes de que terminara el siglo.
La política y la religión ya no tenían ningún vínculo real de unión, y el aspecto religioso del puritanismo, el evangelismo, desaparece aquí, para volver a la luz en el siglo siguiente bajo el liderazgo de Whitfield.
El puritanismo inglés había dejado tras de sí un residuo respetable, habitual y formal lo suficientemente fuerte como para indignarse ante el papismo de Jacobo II, y hacer que su indignación se hiciera sentir; mientras que, al mismo tiempo, el constitucionalismo, que había iniciado la oposición antiabsolutista en tiempos de Carlos I, y que había sido interrumpido por el absolutismo de hierro de Cromwell y de barro de Carlos II, cobró fuerza de nuevo y pronto adoptó una forma definitiva.
La monarquía de los Estuardo, con su «derecho divino» de soberanía absoluta, fue expulsada de Inglaterra en la persona de Jacobo II, se halló a un rey constitucional en la figura de Guillermo de Orange, y dio comienzo el gobierno de partidos constitucionales.
Así, a pesar de las interrupciones, se llevó a cabo la revolución de la clase media en Inglaterra; como todas las demás revoluciones, llegó al punto que realmente se propuso alcanzar; pero no sin antes desprenderse de mucho de aquello que en su día ayudó a impulsar su progreso, y que entonces era, y sigue siendo, confundido con una parte esencial de ella.
El entusiasmo religioso y republicano, aunque desempeñaron su papel (especialmente el primero) en la abolición de los frenos reaccionarios al progreso de las clases medias, tuvieron que desaparecer como elementos que habrían arruinado el verdadero fin histórico de dicha revolución; a saber, la creación de una clase media poderosa, libre de todas las restricciones que pudieran interferir con ella en su búsqueda del beneficio individual, derivado de la explotación de la industria.
Desde entonces, hasta nuestros propios días, la vida política respetable en Inglaterra ha estado envuelta en el whiggery; matizada, por un lado, con los últimos y tenues vestigios del feudalismo en forma de un sentimiento bastante irreal, que no conlleva consecuencias prácticas más que la aceptación del nombre de tory; y por el otro, por un sentimiento igualmente tenue hacia la democracia, que probablemente era más bien una supervivencia tradicional del sentimiento de los viejos tiempos de la lucha entre el Rey y el Parlamento, que cualquier ofrecimiento de mano hacia la democracia real que se estaba gestando silenciosamente bajo el gobierno de los respetables.
La primera parte del siglo XVIII, por tanto, halla a Inglaterra sólida y asentada; todos los viejos elementos de perturbación y aspiración convertidos en una rígida burocracia constitucional; la religión reconocida como una formalidad de Estado, pero sin influencia alguna en la vida corporativa del país, siendo su única realidad un mero sentimiento personal, nada gravoso para los negocios prácticos de la vida; las ascuas de la reacción absolutista a punto de extinguirse, y barridas con facilidad e incluso con desgana cuando hacen amago de ser peligrosas; la nobleza convertida en una mera clase alta titulada de la burguesía; el país próspero, ganando terreno a franceses y holandeses en América y la India, y empezando a fundar sus mercados coloniales y extranjeros, con su armada convirtiéndose rápidamente en suprema en todos los mares; las clases trabajadoras en mejor situación que en cualquier otro momento desde el siglo XV, pero sin esperanza, apáticas, ni aventureras ni intelectuales; el Arte, si no del todo muerto, representado por algún que otro pintor de corte de damas feas y caballeros estúpidos (siendo Sir Joshua el rey de dichos pintores); una literatura producida por unos cuantos ensayistas devanadores de palabras y versificadores prosaicos, como Addison y Pope, que se enorgullecían de un desdén educado hacia todo lo varonil, apasionado o edificante del pasado de su propia lengua; mientras que su devoción por los tiempos clásicos, derivada del genuino y poderoso entusiasmo del Renacimiento, se había reducido a nada más que a un hábito de expresión cortés.
Aquí, pues, en Inglaterra podemos empezar 122 a ver en qué iba a terminar la extinción de la feudalidad, al menos por entonces.
La Inglaterra medieval se ha ido, las maneras y formas de pensamiento de la gente han cambiado por completo; se llaman ingleses, pero son otro pueblo distinto del que habitaba en Inglaterra en el siglo quince, cuando el «acaparamiento y la reventa» eran delitos; cuando el gremio gobernaba sobre la producción de mercancías y la división del trabajo aún no existía; cuando tanto en el arte como en la literatura el pueblo tenía su parte —es más, cuando lo que había de ambos era producido por el propio pueblo—.
Se ha ido también el puritanismo militante, sepultado bajo montañas de fría formalidad. Inglaterra es burguesa y próspera en toda su existencia; carece de aspiraciones, pues su autocompleción es demasiado plena para tenerlas, pero va reuniendo fuerzas para un desarrollo de un nuevo tipo —por decirlo así, una nación tomando aliento para un nuevo salto—.
Pues bajo su próspera autocomplacencia yace el nacimiento de un gran cambio —una revolución en la industria— y en la época de la que escribimos Inglaterra se está simplemente 123 preparando para ese cambio.
Su prosperidad y su sólido gobierno constitucional burocrático —es más, incluso las condiciones corrientes de la vida en el país— le están permitiendo volcar toda su atención hacia este cambio, y hacia el desarrollo de los recursos naturales de los que es tan rica.
La caída del sistema feudal, la irrupción del método individualista de producción de mercancías y del simple intercambio de bienes, tenían que conducir al desarrollo definitivo de esta época: el auge de la gran industria maquinizada; y ahora ha llegado el momento de ese desarrollo.
El creciente mercado mundial exige más de lo que los métodos de producción transitorios pueden ofrecer.
En cuestiones políticas, el prejuicio está cediendo ante la necesidad, y todos los obstáculos se están despejando rápidamente ante el advenimiento de una nueva época para el trabajo; una época de la cual podemos decir que, si no se avecinara en su momento un gran cambio para ella, habría sido el mayor desastre que jamás le haya ocurrido a la raza humana.
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