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El paso de los utopistas al socialismo moderno

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# LA TRANSICIÓN DE LOS UTOPISTAS AL SOCIALISMO MODERNO

DE los pensadores socialistas que sirven como una especie de enlace entre los utopistas y la escuela del socialismo de la evolución histórica, o socialistas científicos, la figura más notable con diferencia es Proudhon, quien nació en Besanzón en 1809.

Por cuna pertenecía a la clase trabajadora; su padre era tonelero de cervecería y él mismo, en su juventud, se dedicó al oficio de boyero.

En 1838, sin embargo, publicó un ensayo sobre gramática general, y en 1839 obtuvo una beca por tres años, donación de una tal señora Suard a su ciudad natal. El resultado de esta 219 ventaja fue su obra más importante, aunque ni mucho menos la más voluminosa, publicada el mismo año que el ensayo que los becarios de la señora Suard estaban obligados a escribir: llevaba por título ¿Qué es la propiedad? (Qu'est-ce que la propriété?), siendo su respuesta: La propiedad es un robo (La propriété est le vol).

Como puede imaginarse, este notable ensayo causó gran revuelo e indignación, y Proudhon fue censurado por la Academia de Besanzón por su producción, librándose por poco de ser procesado.

En 1841 fue juzgado en Besanzón por una carta que escribió a Victor Considérant, el fourierista, pero fue absuelto.

En 1846 escribió su Philosophie de la Misère (Filosofía de la miseria), que recibió una elaborada réplica y refutación por parte de Karl Marx.

En 1847 fue a París.

En la Revolución de 1848 se mostró como un vigoroso polemista y fue elegido diputado por el Sena. Escribió numerosos artículos en varios periódicos, en su mayoría críticas sobre el curso de la revolución.

En la Cámara propuso un impuesto de un tercio que debía aplicarse sobre todos los 220 intereses y rentas, el cual, como era de esperar, fue rechazado. También presentó un proyecto para un banco de crédito mutuo, con el cual esperaba simplificar el cambio y reducir el interés hasta un punto insignificante; pero este proyecto también fue rechazado.

Tras el fracaso de la revolución del 48, Proudhon estuvo encarcelado durante tres años, tiempo durante el cual se casó con una joven de la clase trabajadora.

En 1858 desarrolló plenamente su sistema de «Mutualismo» en su última obra, titulada La justicia en la revolución y en la Iglesia. A consecuencia de la publicación de este libro tuvo que retirarse a Bruselas, pero fue amnistiado en 1860, regresó a Francia y murió en Passy en 1865.

Las opiniones y obras de Proudhon pueden dividirse a grandes rasgos en dos periodos:

En su obra ¿Qué es la propiedad?, su postura es la de un comunista puro y simple; pero tras este único desarrollo claro de una tesis definida, encontramos en sus escritos, y debemos añadir que en sus acciones políticas también, tal cantidad de paradojas que resulta casi imposible formular brevemente una doctrina proudhoniana definida.

Unas veces comunista, otras acérrimo opositor del comunismo; unas veces profesando la anarquía, otras prestándose a los proyectos del socialismo de Estado más burdo; unas veces teísta entusiasta, otras aparentemente tan firme ateo; en un pasaje de sus obras dando su entusiasta adhesión al culto a la mujer de Auguste Comte, en otro siendo un decidido despreciador del sexo femenino; es con una sensación de desconcierto como uno se levanta tras la lectura de sus producciones.

Su vinculación con la revolución del 48 parece haber sido el punto de inflexión en su historia; en su discurso a los electores del Sena, en el que presentó el proyecto de un banco de crédito respaldado por una serie de decretos de naturaleza socialista de Estado, y con un fuerte sabor a Bismarck, se presenta a sí mismo como el hombre que dijo que la propiedad es un robo, afirma que aún mantiene esa opinión, y luego prosigue defendiendo los derechos de propiedad que con tanto éxito había aniquilado en su primera obra.

Pero en cuanto a su carrera política, el elemento en el que tuvo que desenvolverse era imposible para el éxito de un hombre que sustentara ideas socialistas definidas.

Por un lado estaban los jacobinos con sus restauraciones arqueológicas de las ideas y la política de 1793; por el otro, el socialismo manifestándose, apoderándose de las mentes de la gente, pero intentando realizar sus doctrinas mediante planes de acción rudimentarios, inconexos y, por consiguiente, desahuciados.

En todos estos asuntos Proudhon examinó con agudeza y perspicacia, y los acontecimientos demostraron que sus acerbas críticas sobre la confusión de la época estaban bien fundamentadas.

Proudhon defendió la familia moderna y la monogamia en su sentido más estricto, y no parece haberse tomado la molestia de estudiar la historia de esas instituciones ni siquiera superficialmente; en resumen, parece haber carecido singularmente de sentido histórico y no se había forjado concepción alguna de la evolución de la sociedad.

Quienes lean sus obras se verán obligados a volver a su primer ensayo, ¿Qué es la propiedad?, si buscan en él una serie coherente de ideas. Fue un polemista entusiasta y áspero, y su estilo es brillante y atractivo a pesar de su naturaleza divagante.

A lo largo de su vida fue cabalmente sincero y desinteresado. A pesar de sus contradicciones, gran parte de su enseñanza ha perdurado, especialmente aquella vertiente que consideraba que la sociedad económica debía basarse en el intercambio mutuo de servicios y en la igualdad en la retribución del trabajo.

Proudhon ejerció una gran influencia en el proletariado francés en los últimos años de su vida y en los inmediatamente posteriores a su muerte. Dicha influencia ha desaparecido por completo hoy en día. A pesar de su retorno a las ideas más rudimentarias de represión autoritaria, es el adalid de la escuela anarquista individualista representada en la actualidad por el señor Benjamin Tucker y por su periódico Liberty, publicado en Boston, EE. UU.

Podemos mencionar ahora los nombres de dos hombres carentes de gran importancia en sí mismos, pero dignos de mención como precursores de los socialistas sentimentales y cristianos de la actualidad.

Hugues Felicité Robert de Lamennais (nacido en 1782, fallecido en 1854) es el prototipo del socialista cristiano: desde un principio fue destinado a ser sacerdote y se ordenó debidamente. Comenzó esforzándose por reformar la Iglesia católica, con el fin de convertirla en un instrumento eficaz para la felicidad, la moralidad y la reforma social. Esperaba ser ayudado y alentado por el clero en estos esfuerzos y al principio, antes de percibir su verdadera tendencia, recibió cierto apoyo por parte de ellos.

Por fin, en su periódico L’Avenir (El porvenir), dio un giro tan decididamente democrático que se atrajo la animadversión de toda la Iglesia, especialmente del entonces papa Gregorio XVI. La señal de su ruptura definitiva con la Iglesia, sin embargo, fue la publicación (en 1834) de sus Paroles d'un Croyant («Palabras de un creyente»), que el Papa calificó de «pequeño en tamaño pero inmenso en perversidad». A partir de entonces se volvió profundamente democrático o incluso comunista, tal como se entendía entonces el comunismo.

Una serie de obras políticas y panfletos le siguieron, todos en el sentido de su nueva dirección. Fundó, en 1848, dos periódicos, uno tras otro, que fueron suprimidos. Ocupó un escaño en la Cámara Constituyente Republicana hasta el golpe de Estado; y, siendo diputado, redactó para la Izquierda un proyecto de Constitución que fue rechazado por considerarse demasiado revolucionario. Fue sepultado, por indicación propia, sin ritos eclesiásticos.

Pierre le Roux (nacido en 1798, fallecido en 1871) fue originalmente discípulo de Saint Simon.

En 1840 publicó su obra más importante, De L’ Humanité, de donde proviene el nombre de su escuela, los humanitarios. Se unió a George Sand y a Niardof en una revista literaria, y a esta vinculación se deben las tendencias humanitarias de algunas de sus novelas.

En 1843 fundó una asociación cooperativa de imprenta y puso en marcha un diario que abogaba por la cooperación o, como él lo denominaba, “la solución pacífica del problema del proletariado”.

También formó parte de la Cámara Republicana de 1848: fue exiliado en 1851 y vivió en Jersey, sin regresar a Francia hasta 1869. Murió en París bajo la Comuna, y dos de sus miembros fueron designados para asistir a su funeral, en palabras del Journal Officiel, 226, “no en honor al partidario de las ideas místicas de las que hoy sentimos el mal, sino al político que emprendió con valentía la defensa de los vencidos tras las jornadas de junio”.

Esto es una alusión a la tendencia poco práctica y apolítica de sus enseñanzas, que se proponían reformar la sociedad mediante la inculcación de la moralidad mezclada con el misticismo, cuyo resultado había de ser la difusión gradual de la cooperación industrial voluntaria.

Terminamos esta serie con el conocido nombre de Louis Blanc, un personaje más importante que el último mencionado; y de principios más definidamente socialistas que los de él o los de Lamennais, aunque su carrera política terminó de una manera indigna de esos principios.

Debe recordarse, sin embargo, que nunca comprendió la gran verdad de que solo a través de la lucha de clases puede llevarse a cabo la regeneración de la sociedad.

Nació en 1813, en el seno de una familia de clase media que, por parte materna, era corsa, y se dice que un incidente en las relaciones entre él y su hermano Charles le sugirió a Dumas su famosa novela corta y obra de teatro Los hermanos corsos.

En 1838 se enemistó con los propietarios del periódico del que era director, Le Bonsens, a propósito de los ferrocarriles que entonces se proyectaban —sosteniendo él que estos debían ser de propiedad y gestión estatales—, y en consecuencia abandonó la dirección.

En 1840 publicó su Organización del trabajo, cuyas ideas intentó realizar en los famosos «Talleres Nacionales», por los que es más conocido.

  • En esta obra propuso la auténtica máxima socialista de «De cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades» como la base para la producción de una sociedad verdadera.

Tomó parte activa en el Gobierno Revolucionario de 1848 y logró que se aprobara un decreto que abolía la pena de muerte por delitos políticos.

En 1848 logró que se fundaran los Talleres Nacionales. Estos fracasaron; pero su fracaso no se debió necesariamente a nada incorrecto en la concepción de Louis Blanc, por imperfecta que fuera, sino al hecho de que Bethmont, el ministro de Comercio y Agricultura, los había organizado intencionadamente para el fracaso, dado que en ellos no se permitía producir artículos de necesidad real y de primera necesidad, ni siquiera aquellos para los que había una demanda genuina, sino meramente artículos ajenos al verdadero mercado comercial; el objetivo era, como en nuestras prisiones, no interferir con el comercio y la industria «legítimos» del país.

Bajo tales circunstancias, estos provocaron naturalmente una fuerte sangría en los recursos de la República. Las clases medias exigieron ruidosamente su supresión, a lo que el Gobierno accedió por fin, y su inminente abolición fue una de las causas que condujeron a la insurrección de junio de 1848.

A consecuencia de los acontecimientos de junio, Louis Blanc se vio obligado a huir de Francia a Inglaterra, donde escribió su Historia de la Revolución francesa. Regresó a Francia en 1869, fue elegido para el cuerpo legislativo, pero desempeñó un papel meramente secundario en los 229 agitados tiempos que siguieron.

Queda, en efecto, como una mancha indeleble en su carácter el hecho de que desertara de la causa del pueblo en los días de marzo de 1871, al abandonar París para sentarse entre los «liberales» en la Cámara reaccionaria de Versalles.

Murió en 1882, habiendo sobrevivido a su reputación y a su influencia.

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