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EN uno de los cuentos de Edgar Allan Poe se relata cómo un pequeño grupo de náufragos en una embarcación anegada, al borde último de la inanición, enloquece repentinamente de alegría al ver que se aproxima un velero.
Cuando este se acercó a ellos, pareció ser manejado de manera extraña y poco marinera, como si apenas fuera gobernado, pero el caso es que se acercó, y su alegría era tan grande que no pensaron mucho en esta anomalía.
Por fin vieron a los marineros a bordo y notaron especialmente a uno en la proa que parecía estar mirándolos con gran curiosidad, asintiendo también como si los animara a tener paciencia y sonriéndoles constantemente, mostrando mientras lo hacía una dentadura muy blanca, y aparentemente tan preocupado por la seguridad de ellos que no se daba cuenta de que el gorro rojo que llevaba en la cabeza se le estaba cayendo al agua.
De repente, al acercarse la embarcación a ellos, y mientras sus corazones saltaban de alegría ante su ya segura liberación, un hedor inconcebible y horrible llegó flotando hacia ellos a través de las aguas y, al poco tiempo, para su horror y miseria, vieron que aquello era un barco de los muertos; el hombre que hacía reverencias era un cadáver tambaleante, su gorro rojo era un trozo de su propia carne arrancado por un ave marina; su sonrisa amable se debía a sus mandíbulas, despojadas de carne, que mostraban sus dientes blancos fijados en una mueca perpetua.