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Chapter XIII. The Industrial Revolution in England

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# LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL EN INGLATERRA

En el último capítulo, en el que se trató la condición de Inglaterra, la dejamos como un país próspero, en el sentido ordinario de la palabra, bajo el gobierno de un constitucionalismo ordenado. No había necesidad aquí de la destrucción violenta del privilegio aristocrático; este se estaba fundiendo por sí mismo en el privilegio del dinero; y todo se estaba preparando para el sistema más completo y seguro de saqueo del trabajo que el mundo ha visto hasta ahora.

Inglaterra era comparativamente libre en el sentido burgués; había muchos menos controles que en Francia para interferir en la exacción del tributo que el trabajo tiene que pagarle a la propiedad para que se le permita 160 vivir.

En una palabra, por un lado, la explotación estaba velada; y por el otro, los propietarios ya no tenían ningún deber que cumplir a cambio de dicho tributo. Sin embargo, todo esto tuvo que continuar a pequeña escala por un tiempo.

La población no había aumentado considerablemente desde principios del siglo XVII; la agricultura era próspera; una trigésima parte del grano cosechado se exportaba desde Inglaterra; las clases trabajadoras no estaban oprimidas y todavía no podían ser compradas y vendidas en masa.

No había grandes ciudades manufactureras, ni necesidad de ellas; la presencia de la materia prima por trabajar, más que los medios para trabajarla mecánicamente —a saber, el combustible—, confería un carácter manufacturero a tal o cual región.

Eran, por ejemplo, los pastizales para ovejas de las colinas de Yorkshire, y no la existencia de carbón bajo ellas, los que hacían de los alrededores del Bradford septentrional una zona tejedora. Su homónimo en el Avon de Wiltshire era en aquellos días un centro de la industria textil al menos tan importante. Los paños gruesos de los valles de Gloucestershire, los kersies de Devonshire y Hampshire, las mantas de Witney y los tweeds de Chipping Norton significaban hierba tierna y lana larga, con un poco de energía hidráulica, y no carbón, para mover los batanes, a los cuales debía llevarse la materia prima por trabajar desde los cuatro puntos cardinales.

La aparente condición del trabajo en aquellos días parece casi idílica, comparada con lo que es ahora; pero debe recordarse que entonces, como ahora, el trabajador estaba en manos del monopolizador de la tierra y de la materia prima; ni era probable que este último hubiera conservado su privilegio especial durante dos años cientos sin aplicar algún sistema mediante el cual desarrollarlo e incrementarlo.

Entre el periodo de la decadencia de los gremios de artesanos y esta segunda mitad del siglo xviii se había desarrollado un sistema de trabajo que no podría haberse aplicado a los artesanos medievales; pues ellos trabajaban para sí mismos y no para un amo o explotador, y por lo tanto eran dueños de su material, de sus herramientas y de su tiempo.

Este sistema es el de la División del Trabajo; bajo él, la unidad de trabajo no es un hombre individual, sino un grupo, cada uno de cuyos miembros se encuentra indefenso por sí mismo, pero capacitado mediante la práctica constante para la repetición de una pequeña parte de la obra, adquiere una gran precisión y velocidad en su ejecución.

En resumen, cada hombre no es tanto una máquina como una parte de una máquina. Por ejemplo, se necesitan cinco hombres para hacer una botella de vidrio: es el grupo de estos cinco hombres el que hace la botella, no ninguno de ellos por separado.

Es evidente que bajo este sistema el obrero individual está enteramente a merced de su amo, el capitalista, en su calidad de superintendente del trabajo: para no ser aplastado por él, debe asociarse para oponer sus propios intereses a los de su empleador.

Fue por este método, pues, como se abasteció la demanda del creciente mercado mundial hasta finales del siglo XVIII.

El gran economista político Adam Smith, cuyo libro se publicó por primera vez en 1771, marca el comienzo de la transición entre este sistema y el de las grandes industrias mecánicas; pero su obra presupone en todo momento el sistema de la división del trabajo.

Aquel sistema iba ahora a fundirse en 163 el nuevo: el obrero, de máquina que era, iba a convertirse en auxiliar de una máquina.

La invención de la hiladora spinning-jenny por Hargreaves en 1760 es el primer acontecimiento del comienzo de esta Revolución industrial. Desde entonces hasta la utilización del vapor como fuerza motriz, y desde ahí de nuevo hasta nuestros días, el flujo de invenciones ha sido continuo.

El descubrimiento de que el hierro podía fabricarse con carbón de piedra trasladó el centro de la industria del hierro desde las regiones boscosas del sur y del oeste, donde solían funcionar las tenerías u hornos de reducción —llamados bloomeries— en los que la leña era el combustible utilizado, hacia los distritos carboníferos del norte y las Tierras Medias, y toda la fabricación de cierta importancia fluyó hacia el asiento del combustible, de modo que el sur de Lancashire, por ejemplo, pasó de ser una región de brezal y pastos, con algunas ciudades de mercado y la antigua ciudad manufacturera de Manchester, a un distrito donde los «pueblos», todavía llamados así, pero con poblaciones de quince o veinte a treinta mil almas, son prácticamente contiguos, y el campo ha desaparecido casi por completo.

Por supuesto, una gran parte de esto es obra de los años que han seguido a la invención de los ferrocarriles; pero incluso en el período anterior de esta revolución industrial el cambio fue tremendo y repentino, y los sufrimientos de las clases trabajadoras muy grandes, ya que no se hizo ningún intento de aliviar la angustia que inevitablemente causó el paso del uso de las manos humanas a la maquinaria. Ni de hecho podría haberse hecho en un país regido por el constitucionalismo burgués hasta que se impusieron medidas por la fuerza al Gobierno.

En 1811, la penuria imperante se manifestó mediante el primer estallido de los ludditas.

Eran bandas organizadas de hombres que se dedicaban a destruir la maquinaria que era la causa directa de su falta de empleo y de la consiguiente inanición.

La localidad donde estos disturbios fueron más frecuentes fue la de los condados de las Tierras Medias septentrionales, donde los telares de medias recién inventados les resultaban especialmente aborrecibles.

Los ludditas se convirtieron en el arquetipo de los grupos de revoltosos que, mediante un instinto medio ciego a lo largo de este período, se lanzaron 165 contra los batallones avanzados de la revolución industrial.

En 1816, el año que siguió a la paz con Francia, el cese de todas las industrias de guerra dejó a un número aún mayor de personas sin empleo, y además la cosecha fue especialmente mala. Como consecuencia, esta insurrección por el hambre fue particularmente vigorosa en ese año. Los disturbios fueron reprimidos con la violencia correspondiente, y los alborotadores castigados con la mayor severidad.

Pero a medida que los tiempos mejoraron un poco, esta insurrección, que era, como hemos dicho, un mero asunto de hambre y no se basaba en ningún principio, se fue apagando, aunque durante un tiempo los disturbios cuyo objetivo era la destrucción de la propiedad, especialmente de las instalaciones y existencias de los fabricantes, continuaron durante toda la primera mitad del siglo.

Los «disturbios de los tapones» (Plug Riots), en plena agitación cartista, pueden tomarse como ejemplo de estos131

Fue una consecuencia necesaria de la introducción de maquinaria compleja que las mujeres y los niños fueran empleados en gran medida en las fábricas para disminuir el 166 número de varones adultos.

Este recurso para el desarrollo de las ganancias del nuevo sistema fue utilizado por los fabricantes con la mayor temeridad, hasta que por fin quedó claro para el gobierno burgués que el escándalo creado por su abuso pondría fin a su uso por completo, a menos que se hiciera algo para paliar sus males inmediatos.

En consecuencia, se aprobó una serie de leyes fabriles (Factory Acts), a pesar de la resistencia más enérgica y sin escrúpulos por parte de los capitalistas, que escatimaban la pérdida inmediata resultante de obstaculizar el «próspero negocio» que llevaban entre manos, aun cuando fuera para beneficio último de su clase.

La primera de estas leyes que realmente tuvo la intención de funcionar se aprobó en 1830, y finalmente se consolidaron en 1867.

Debe entenderse que no tenían el propósito de beneficiar a la gran masa de trabajadores adultos, sino que eran más bien concesiones al clamor de los filántropos ante la condición de las mujeres y los niños así empleados.

Hay que recordar también que el conflicto político entre la pequeña nobleza rural y los industriales impuso esta reforma.

Mientras tanto, a pesar de todo el sufrimiento provocado por la Revolución Industrial, era imposible para los capitalistas acaparar la totalidad de los beneficios obtenidos con ella, o al menos seguir acumulándolos en una proporción siempre creciente.

La lucha de clases adoptó otra forma, además de la de los meros motines por hambre y la represión violenta, a saber, los Sindicatos obreros (Trades Unions). Aunque la intención primordial de estos era la fundación de sociedades de socorro mutuo, lo cual había sido uno de los usos prácticos a los que se habían destinado los gremios de principios de la Edad Media, al igual que aquellos tuvieron que ocuparse finalmente de asuntos relacionados con la reglamentación del trabajo.

Las primeras luchas de los sindicatos con el capital tuvieron lugar mientras aún eran ilegales; pero la abolición de la ley contra la asociación de obreros en 1824 los dejó parcialmente libres en ese aspecto, y pronto empezaron a ser una fuerza en el país.

Ayudados por la marea creciente de la prosperidad comercial, que hizo que los capitalistas estuvieran más dispuestos a ceder una parte de sus enormes beneficios antes que 168 continuar la lucha à l'outrance, se impusieron en muchos conflictos laborales y lograron elevar el nivel de vida de los obreros cualificados, aunque por supuesto en proporción ridícula con el enorme incremento de la suma de la renta nacional.

Más allá de esto les era y les es imposible ir, en tanto reconozcan a los capitalistas como una parte necesaria de la organización del trabajo. La clase capitalista no comprendió al principio que sí los reconocían, y en consecuencia, en el período de sus primeros éxitos, los sindicatos fueron considerados más bien como peligrosos revolucionarios que como una parte del sistema capitalista, que era su verdadera posición, y fueron tratados con esa clase de insultos y abusos virulentos y cobardes que el comerciante con terror por su tienda siempre tiene en la punta de la lengua.

La abolición de las leyes de granos en 1846 y el consiguiente abaratamiento de los alimentos necesarios para los trabajadores, el descubrimiento de oro en California y Australia, el prodigioso aumento del lujo y el gasto de las clases altas y media, toda la acción y reacción del impulso comercial creado por la gran industria maquinizada, dieron una apariencia de prosperidad general al país, de la cual, como hemos dicho, los obreros calificados sí participaron en cierta medida; y las opiniones de los optimistas de clase media en cuanto a la continuidad del progreso burgués y la absorción gradual de toda la parte «ahorradora e industriosa» de las clases trabajadoras en sus filas parecieron confirmarse hasta hace pocos años; tanto más cuanto que el triunfo práctico del «partido» liberal había dejado de hacer de la «política» una cuestión candente.

Sin embargo, como señal de que la lava subterránea no había dejado de fluir, se notó que, desde el florecimiento de las grandes industrias, en periodos de unos diez años se producían depresiones comerciales recurrentes.

Estas se explicaban de diversas maneras ingeniosas, pero por lo demás no turbaban la mente capitalista, la cual llegó a considerar esto también, debido a su regular recurrencia, como un signo de la estabilidad del sistema actual, viéndolo meramente como algo que debía incluirse en el promedio general y contra lo cual asegurarse de la manera habitual.

Pero en los últimos 170 años más o menos, esta reciente providencia burguesa eterna nos ha fallado. A pesar del último resurgimiento parcial del comercio, la depresión nos persigue con una persistencia cada vez más cercana.

Las naciones que dábamos por sentado que nunca harían otra cosa que proporcionarnos materias primas, se han convertido en nuestras rivales en la manufactura y en nuestras competidoras en el mercado mundial; mientras que, debido a que América cuenta con enormes extensiones de suelo virgen fácil de cultivar, que no necesita abono, y a que el clima de la India facilita el sustento de la vida allí, esos dos países nos suministran tales cantidades de grano, y a un precio tan bajo, que cultivarlo en Inglaterra ha dejado de ser rentable; de ahí que los agricultores sean pobres y los terratenientes no puedan obtener las mismas rentas por las tierras agrícolas que antes.

Las exportaciones han disminuido; las ciudades donde hace una docena de años el comercio florecía y los salarios eran altos, están ahora abrumadas por una población a la que no pueden encontrar empleo; y aunque de vez en cuando hay rumores de mejora en el comercio, poco sale de ellos, y la gente se ve obligada a aguardar algún golpe de magia que nos devuelva 171 nuestra antigua prosperidad «a pasos agigantados».

Una nueva revolución comercial viene a completar desde hace algún tiempo a la primera, y nos encontramos ahora en la época del perfeccionamiento de las máquinas inventadas en los primeros años de la gran industria.

Su resultado es la concentración de los negocios afines y una organización de la producción enormemente mejorada. Esto significa la extinción gradual del «comerciante» o intermediario entre el fabricante y el detallista, y por último y de manera especial un progreso extremadamente rápido en la sustitución de la industria manual por la maquinaria; de modo que el tiempo no parece lejano en que el trabajo artesanal habrá dejado por completo de existir en la producción de bienes útiles.

El hecho es que el comercio de las grandes industrias ha entrado imperceptiblemente en su segunda etapa, y la despiadada competencia a muerte entre las diferentes naciones ha tomado el lugar del benevolente despotismo comercial de la única nación que estaba plenamente preparada para aprovechar las primeras etapas de la Revolución Industrial: a saber, Gran Bretaña.

Esta segunda etapa está preparando sin duda la 172 última, que terminará con la muerte de todo el sistema comercial burgués.

Mientras tanto, ¿cuál es el verdadero producto social de la Revolución Industrial? Respondemos: el triunfo definitivo de las clases medias, material, intelectual y moralmente.

Así como el resultado de la gran revolución política en Francia fue la abolición del privilegio aristocrático y el predominio en el mundo de la política de la burguesía, que hasta entonces había tenido poco que ver con él, así puede decirse que la Revolución Industrial inglesa creó una nueva clase media comercial hasta entonces desconocida para el mundo.

Esta clase, por una parte, consolidó a todos los grupos de la clase media de la época precedente, tales como pequeños y grandes hacendados, grandes agricultores, comerciantes, fabricantes, tenderos y profesionales; y los hizo tan conscientes de su solidaridad, que el hombre corriente, cultivado y reflexivo de hoy en día no logra ver en realidad ninguna otra clase en absoluto, sino únicamente, fuera de su propia clase, ciertos grupos heterogéneos para ser utilizados como instrumentos para el mayor ascenso de esa clase.

Por otra parte, 173 ha alcanzado una dominación tan completa que las clases altas son meros apéndices suyos y servidoras de ella. De hecho, estas también pertenecen ahora a la burguesía, ya que todas se dedican al comercio de un modo u otro: así, la alta nobleza es por entero o bien agentes inmobiliarios, comerciantes de licores, consignatarios de carbón o promotores de empresas, y no tendría ninguna importancia sin sus «negocios».

Además, esforzándose siempre por extenderse tanto hacia abajo como hacia arriba, la clase media ha absorbido tanto en esa dirección, especialmente en los últimos treinta años, que ahora no le queda nada por debajo de sí, excepto el mero proletariado desposeído.

Estos últimos dependen por completo de ella, son absolutamente impotentes ante ella, hasta que la descomposición del sistema que lo ha creado (cuyos indicios de inicio acabamos de señalar) los force a una revuelta contra él.

En el curso de esa revuelta, esta gran clase media será a su vez absorbida por el proletariado, el cual formará una nueva sociedad en la que las clases habrán dejado de existir.

Esta es la próxima Revolución, tan inevitable, tan inexorable, como la salida del sol del día de mañana.

Notas al pie

  1. Esto significaba la destrucción de las calderas en las fábricas, y los alborotadores quitaban los tapones para asegurar que reventaran.Back

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