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Socialismo Triunfante

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# EL SOCIALISMO TRIUNFANTE

Es posible lograr tener éxito al representarnos la vida de tiempos pasados: es decir, nuestra imaginación nos mostrará un cuadro de ellos que puede incluir la información tan precisa que podamos tener al respecto.

Pero aunque esta sea una delineación vívida, y aunque la información sea exacta, aun así no será un cuadro de lo que realmente ocurrió; estará compuesto por el presente que experimentamos y el pasado que nuestra imaginación, extrayendo de nuestra experiencia, concibe —en resumen, será nuestro cuadro del pasado.

Si esto sucede con el pasado, del cual tenemos algunos datos concretos, con mucha más razón puede decirse del futuro, del cual no tenemos ninguno, nada más que meras deducciones abstractas de la evolución histórica, cuya secuencia lógica puede verse alterada en cualquier momento por elementos cuya fuerza no hemos apreciado debidamente; y estas son también abstracciones que no son más que el esqueleto de la vida plena que transcurrirá en esos tiempos futuros.

Por lo tanto, aunque no tenemos ninguna duda de la transformación de la civilización moderna en el Socialismo, tampoco podemos predecir con certeza qué forma adoptará la vida social del futuro, del mismo modo que un hombre que viviera al comienzo del período comercial, digamos Sir Tomás Moro o Lord Bacon, no podía prever el estado de la sociedad a finales del siglo XIX.

Admitiendo que somos incapaces de concebir positivamente la vida del futuro, en la que el principio de la sociedad real será universalmente aceptado y aplicado en la práctica como un asunto cotidiano, sin embargo, el lado negativo de la cuestión todos podemos verlo, y la mayoría de nosotros no puede evitar tratar de llenar el vacío creado por la necesaria culminación del período meramente militante del socialismo.

La sociedad actual habrá desaparecido, con toda su parafernalia de controles y salvaguardias; eso lo sabemos con certeza.

No menos seguro sabemos cuál será el cimiento de la nueva sociedad. ¿Qué construirá la nueva sociedad sobre ese cimiento de libertad y cooperación? Ese es el problema sobre el cual no podemos hacer otra cosa que especular.

Debe entenderse, por lo tanto, que al dar este esbozo de la vida del futuro, no estamos dogmatizando, sino expresando únicamente nuestra opinión sobre lo que probablemente sucederá, la cual está por supuesto matizada por nuestros deseos y esperanzas personales.

Pedimos a nuestros lectores, por consiguiente, que no supongan que tenemos aquí la intención de hacer una exposición de hechos, o de profetizar en detalle la forma exacta que adoptarán las cosas; aunque en lo fundamental, lo que aquí escribimos será aceptado por la mayoría de los socialistas.

En cuanto al aspecto político de la nueva sociedad, la civilización emprende el gobierno de las personas mediante la coacción directa. El socialismo se ocuparía principalmente de la administración de las cosas, y solo de manera secundaria e indirecta tendría que ver 290 con el hábito y la conducta personales.

La ley civil, por tanto, que es una institución basada esencialmente en la propiedad privada, dejaría de existir, y la ley penal, que tendería a volverse obsoleta, se ocuparía, mientras existiera, únicamente de la protección de la persona.

Queda claro, por tanto, que no hay fundamento para las protestas que a veces se levantan contra el socialismo por proponer interferir con la libertad del individuo, la cual se vería, de hecho, limitada únicamente por las restricciones naturales e inevitables de la voluntad individual inherentes a cualquier sociedad que sea.

En cuanto a la maquinaria por medio de la cual se llevaría a cabo esta administración de las cosas, pedimos a nuestros lectores que traten de concebir algunas condiciones como estas.

Como insinuamos en nuestro último capítulo, durante el período de transición el principio federal se afirmaría a sí mismo; y esto, según creemos, acabaría por desarrollarse en un sistema automático completo.

Tal como se indicó anteriormente, este principio actuaría de manera doble.

  • Primero, localmente, según lo determine la posición geográfica y topográfica, la raza y la lengua.
  • Segundo, industrialmente, según lo determinen las ocupaciones de las personas.

Topográficamente, concebimos el municipio como la unidad inferior; industrialmente, el oficio u ocupación organizado de algún modo según las líneas de un gremio artesanal. En muchos casos, la rama local del gremio estaría dentro de los límites del municipio.

Por otro lado, la unidad superior sería el gran consejo del mundo socializado, y entre estas existirían federaciones de localidades dispuestas por conveniencia administrativa.

El gran poder federal organizador, cualquiera que fuera la forma que adoptase, tendría la función de administrar la producción en su sentido más amplio. Tendría que velar, por ejemplo, por la recopilación y distribución de toda la información relativa a las necesidades de las poblaciones y las posibilidades de abastecerlas, dejando todos los detalles a los órganos subordinados, locales e industriales.

Pero también sería su deber necesario salvaguardar los principios de la sociedad reconocidos en ese momento; es decir, proteger a cualquier país, lugar u ocupación para que no recaiga 292 en métodos o prácticas que resulten destructivos o perjudiciales para el orden socialista, tales como cualquier forma de explotación del trabajo, si es que eso fuera posible, o el establecimiento de cualquier ley penal vindicativa.

Aunque en las unidades inferiores de esta gran Federación la expresión directa de la opinión bastaría para llevar a cabo la administración, no podemos concebir otro medio que no sea la delegación para realizar el trabajo de los círculos superiores. Esto significa que el desarrollo de la sociedad más allá de lo que podemos llamar el período administrativo no puede preverse todavía.

Nos ocupamos ahora de la base religiosa y ética de la cual la vida de la sociedad comunitaria puede llamarse una expresión; aunque desde otro aspecto la religión es una expresión de esa vida —formando así ambas un todo armonioso.

La palabra religión se halla aún en la mayoría de las mentes vinculada a creencias sobrenaturales, y en consecuencia se ha considerado injustificable su uso cuando falta este elemento. Pero, como pasaremos a demostrar, este elemento le es más bien accesorio que esencial.

Al principio la religión tuvo por objeto la continuidad y la gloria de la sociedad de parentesco, ya fuera como clan, tribu o pueblo, constituyendo el culto a los antepasados el rasgo principal en sus primeras fases. Que la religión estuviera entonces conectada con lo que hoy llamamos superstición era inevitable, ya que no se establecía distinción alguna entre la existencia humana y otras formas de existencia en la vida animal o en los objetos inanimados, siendo todos considerados por igual conscientes e inteligentes.

Por consiguiente, con el desarrollo de la civilización material, desde el dominio de las cosas por las personas hasta el de las personas por las cosas, y la escisión de la sociedad en dos clases, una clase poseedora y dominante, y otra no poseedora y dominada, surgió una condición de vida que brindó ocio para la observación y la reflexión a la primera, es decir, la clase privilegiada.

De esta reflexión surgió la distinción del hombre como un ser consciente aparte del resto de la naturaleza. A partir de esto se desarrolló a su vez una concepción dual de las cosas:

  • por un lado estaba el hombre, familiar y conocido;
  • por el otro la naturaleza, 294 misteriosa y relativamente desconocida.

En la propia naturaleza surgió una nueva distinción entre sus objetos visibles, considerados ahora como cosas inconscientes, y una supuesta fuerza motriz o «providencia» que actuaba sobre ellos desde la retaguardia. Esta fue concebida con un carácter semejante al del hombre, pero superior a la humanidad en conocimiento y poder, y ya no morando en los objetos naturales, sino fuera de ellos, moviéndolos y controlándolos.

Junto con esto surgió otro conjunto de concepciones duales:

  • primero, la distinción entre el individuo y la sociedad, y
  • segundo, dentro del individuo, la distinción entre el alma y el cuerpo.

La religión se volvió entonces definitivamente sobrenatural, y al fin supersticiosa, en el verdadero sentido de la palabra (superstites, sobreviviente), en lo que respecta a la clase culta, ya que esta había perdido gradualmente su antiguo hábito de creer en ella.

En esta etapa surgió un conflicto no solo de creencias, sino también de concepciones éticas; las ceremonias y costumbres basadas en las ideas anteriores de una naturaleza compuesta de seres que eran todos conscientes perdieron su sentido y, en muchos casos, resultaron repulsivas 295 para las mentes avanzadas de la época; de ahí nació un sistema de explicación esotérica, a menudo plasmado en ciertos ceremoniales secretos denominados Misterios.

Estos Misterios eran un culto que incorporaba la práctica de las antiguas ceremonias rudas, tratadas como revelaciones a ciertas personas privilegiadas de este significado oculto, el cual no podía ser entendido por el vulgo.

Es decir, la gente comenzó a suponer que las ceremonias antiguas, rudas y a veces groseras (cuya creencia directa como explicaciones de acontecimientos reales les parecía ahora increíble), ocultaban significados místicos de manera alegórica; p. ej., un simple mito solar se convertía en una alegoría del alma y de la divinidad—sus tratos relativos respecto a una vida presente y futura.

Se comenzó a dar importancia a la idea de esa vida futura para el alma individual, que no tenía nada en común con la antigua existencia de una continuidad de vida apenas interrumpida, fundada no en ninguna doctrina positiva, sino en la imposibilidad de que un ser existente conciba su propia inexistencia.

Esta idea se expresa ingenuamente en las ceremonias de entierro de todas las razas primitivas, en las cuales se entierra comida, caballos, armas, etc., con el difunto como provisión para su viaje al país desconocido.

Nociones similares, así y las doctrinas y ceremonias que las encarnan, crecen en número y volumen a medida que el cauce de la historia se ensancha, hasta desembocar finalmente en las religiones universales o éticas (en oposición a las religiones tribales o de la naturaleza).

De estas religiones, el budismo y el cristianismo son los grandes ejemplos históricos, y en ellas las ceremonias originales y sus significados se han fundido entre sí, y con la nueva ética, que se supone que expresan de manera más o más simbólica.

Una ilustración de lo que aquí se ha dicho puede encontrarse en la fusión de las antiguas nociones de sacrificio en el dogma cristiano de la expiación.211

Hemos dicho que con el surgimiento de la civilización la sociedad tribal se dividió en clases, debido al crecimiento de la propiedad individual, en oposición a la colectiva. Las antiguas relaciones de las personas con la sociedad quedaron así 297 destruidas, y con ellas gran parte del sentido de las viejas ideas éticas.

En el estado tribal se sentía vivamente la responsabilidad del individuo hacia la comunidad limitada de la que formaba parte, al tiempo que no reconocía ningún deber fuera de esta comunidad. En la nueva concepción de la moralidad que surgió entonces, es verdad que tenía deberes para con todos los hombres en cuanto hombre, independientemente de su grupo social, pero estos eran vagos, y podían eludirse o justificarse con escasa perturbación de la conciencia; porque el punto central en torno al cual giraba la moralidad era una deidad espiritual, que era la fuente y la meta de toda aspiración moral, y se revelaba directamente a la conciencia individual.

Estos dos son los polos éticos: primero, la ética tribal, la responsabilidad hacia una comunidad, por muy limitada que fuera, y, segundo, la ética universal o introspectiva, o la responsabilidad hacia una divinidad, para la cual la humanidad era tan solo un medio para realizarse a sí misma. En esta ética los deberes del hombre hacia el hombre eran de importancia secundaria.

Pero aunque la tendencia fue en esta dirección desde los comienzos de la civilización, históricamente 298 llevó muchos siglos realizarse, y solo alcanzó su desarrollo definitivo en el cristianismo. ‘

En lo que respecta a la forma futura de la conciencia moral, podemos predecir con seguridad que será, en cierto sentido, un retorno a un nivel superior a la ética del mundo antiguo, con la diferencia de que la limitación del ámbito al grupo de parentesco en su sentido más estrecho —la cual fue una de las causas de la disolución de la sociedad antigua— desaparecerá, y la identificación del individuo con los intereses sociales será tan completa que cualquier divorcio entre ambos será inconcebible para el hombre medio.

Se observará que más arriba hemos estado hablando de la religión y la moralidad como distintas la una de la otra. Pero la religión del socialismo no será sino la ética ordinaria llevada a una atmósfera superior, y solo se diferirá de ella en el grado de responsabilidad consciente hacia los semejantes.

La ética socialista sería la guía de nuestro hábito diario de vida; la religión socialista sería esa forma superior de conciencia que nos impulsaría a realizar acciones en pro 299 del futuro de la raza, tales como ningún hombre podría ordenar en sus estados de ánimo ordinarios.

En cuanto a los detalles de la vida bajo el orden socialista, podemos decir, para empezar, en lo que respecta al matrimonio y a la familia, que estos se verían afectados por el gran cambio, en primer lugar en lo económico y, en segundo lugar, en lo ético.

El actual sistema matrimonial se basa en la suposición general de la dependencia económica de la mujer respecto al hombre, y en la consiguiente necesidad de que este provenga para su sustento, lo cual ella puede exigir legalmente.

Esta base desaparecería con la llegada de la libertad económica social, y no sería necesario ningún contrato vinculante entre las partes en lo que atañe al sustento; al tiempo que la propiedad sobre los hijos dejaría de existir, y todo infante que viniera al mundo nacería con plena ciudadanía y disfrutaría de todas sus ventajas, fuere cual fuere la conducta de sus padres.

Así tendría lugar un nuevo desarrollo de la familia, sobre la base, no de un acuerdo de negocios predeterminado para toda la vida, al que deba atenerse formal y nominalmente, independientemente de las circunstancias, sino de la inclinación y el afecto mutuos, una 300 asociación rescindible a voluntad de cualquiera de las partes. Es fácil ver cuán grande sería el beneficio para la moralidad y el sentimiento en este cambio. En la actualidad, al menos en este país, hay que cometer un delito legal y cuasimoral antes de que el contrato, evidentemente inviable, pueda ser anulado. En el continente, es cierto, incluso hoy en día el matrimonio puede disolverse por mutuo consentimiento; pero cualquiera de las partes puede, si así lo desea, someter a la otra por la fuerza e impedir el ejercicio de su libertad.

Quizás sea necesario afirmar que este cambio no se realizaría de forma meramente formal y mecánica.

No quedaría el menor vestigio de reprobación pesando sobre la disolución de un vínculo y la formación de otro. Pues la aversión a la opresión del hombre por la mujer o de la mujer por el hombre (ambas cosas ocurriendo continuamente hoy bajo la égida de nuestras pretendidas instituciones morales) será sin duda un resultado esencial de la ética de la Nueva Sociedad.

Podemos señalar aquí, como ejemplo de la hipocresía del sistema matrimonial moderno, que en las más altas esferas de nuestra sociedad los matrimonios morganáticos no incurren en culpa alguna.

El siguiente punto al que debemos llamar la atención es el de las ocupaciones de la humanidad bajo el comunismo. En el estado actual de las cosas, dominado por el capitalismo y el trabajo asalariado, se da por sentado que todo trabajo es repulsivo, siendo la coacción económica el único motor de un extremo al otro de la escala.

Ahora bien, es cierto que la raíz original del incentivo al trabajo es la necesidad; pero en todo el mundo sensitivo esto va acompañado del placer en el ejercicio exitoso de la energía. En efecto, a medida que los seres ascienden en la escala del desarrollo, aumenta la proporción de placer debido a este último en comparación con el dolor producido por la coacción, presuponiendo siempre la ausencia de coacción artificial y privilegiada.

Por ejemplo, el caballo en su estado natural se deleita corriendo, y el perro cazando, mientras que en las condiciones elementales de la vida humana salvaje, ciertas ceremonias, adornos de armas y cosas por el estilo, apuntan a un sentido de placer y dignidad incluso en el proceso de la 302 obtención de alimentos.

Cuando emergemos de la vaga barbarie primitiva a la barbarie histórica temprana, encontramos que esta expresión de cierto grado de placer en el trabajo recibe un nuevo impulso y está presente en todas partes en las ocupaciones necesarias. Fue a partir de esta conversión de un trabajo necesario en entretenimiento que finalmente nació el arte definido.

A medida que la barbarie comenzó a ceder el paso a los albores de la civilización, este consuelo del trabajo se desmoronó en una dualidad como todo lo demás, y el arte se volvió incidental y accesorio por un lado, e independiente y primario por el otro. Nos tomaremos aquí la libertad de acuñar palabras y llamar al primero arte adjetivo, y al segundo, arte sustantivo: entendiendo por arte adjetivo aquel que surgió inconscientemente como un entretenimiento mezclado con la producción de objetos ordinarios más o menos permanentes, desde una casa hasta un imperdible; y por sustantivo, una pieza de artesanía cuya razón de ser era ser una obra de arte, y que transmitía un significado o una historia definida de algún tipo.

En la civilización de Grecia, que 303 fue tan enérgica en desprenderse de la barbarie, el arte sustantivo progresó con muchísima rapidez, más o menos en prejuicio del arte adjetivo.

A medida que el despotismo romano arrastraba al mundo antiguo hacia el estancamiento, el triunfante arte sustantivo se marchitó hasta convertirse en un academicismo sin vida, hasta que tropezó con la desintegración de la sociedad clásica.

Bajo la nueva irrupción de la barbarie, el arte, influido por los restos de la vida clásica y reaccionando ante ellos, cambió por completo.

El arte sustantivo casi desapareció y dio lugar a un nuevo desarrollo del arte adjetivo, tan rico y copioso que eclipsó por completo al arte adjetivo del pasado y colmó el vacío provocado por el declive del arte sustantivo.

La arquitectura, completa y lo suficientemente elástica para adaptarse a nuestras necesidades, nació en este período, cuya época de esplendor se fecha con el nombre del emperador Justiniano (hacia el 520 d. C.)

Este gran arte adjetivo se desarrolló hasta alcanzar la perfección a principios de la Edad Media, y llegó a su cenit a mediados del siglo XIII. Pero su progreso estuvo marcado por el nacimiento y el crecimiento gradual de un nuevo arte sustantivo; el cual, 304 a medida que la arquitectura de la Edad Media comenzó a declinar, se volvió, si no más expresivo, al menos más complejo y más completamente sustantivo hasta que la Edad Media estuvo al borde de la disolución.

Por fin sobrevino el gran cambio en la sociedad marcado por el entusiasmo del Renacimiento y la Reforma: y a medida que la agitación de aquel período empezó a desvanecerse, hallamos que el arte adjetivo casi ha desaparecido, y el sustantivo carece de conciencia de cualquier otro propósito que no sea la muestra de intelecto y la destreza manual, mientras la antigua y duradera dualidad se extingue en la más pura nulidad.

El resultado de esto, en lo que respecta al consuelo de la ocupación necesaria, es que mientras el arte sustantivo continuaba con muchas vicisitudes, divirtiendo a las clases altas, el comercialismo mató todo el arte para el trabajador, privándolo necesariamente del poder de apreciar su forma superior y de la oportunidad de producir su forma subsidiaria.

De hecho, el arte popular y la religión popular resultaban igualmente inadecuados para el funcionamiento del nuevo sistema social, y fueron arrasados por este.

No es de extrañar, pues, que casi todos los trescientos cinco economistas modernos (que rara vez estudian historia y nunca el arte), a juzgar por lo que sucede ante sus ojos, supongan que el trabajo por lo general debe de ser repugnante y que, por tanto, siempre hay que emplear la coacción con la mayoría, necesariamente perezosa.

Aunque hay que decir, en honor a los socialistas utópicos y a Fourier especialmente, que percibieron instintivamente cuán fútil era cualquier esperanza de mejora de la raza bajo tales circunstancias.

Hemos visto que el divorcio del obrero respecto del placer en su labor solo ha tenido lugar en los tiempos modernos, pues afirmamos que, cualquiera que sea el caso de la labor ingenua, el arte de cualquier clase jamás puede producirse sin placer.

En este caso, pues, como en otros, creemos que la Nueva Sociedad volverá al antiguo método, aunque en un plano superior. Con muy pocas excepciones, Fourier tenía razón al afirmar que toda labor podía volverse placentera bajo ciertas condiciones. Estas condiciones son, brevemente:

  • libertad de la ansiedad respecto al sustento;
  • brevedad de las horas en proporción a la intensidad del trabajo;
  • variedad de ocupación 306 si el trabajo es por su naturaleza monótono;
  • uso debido de la maquinaria, es decir, su uso en una labor que es esencialmente opresiva si se hace a mano;
  • oportunidad para que cada uno elija la ocupación adecuada a su capacidad e idiosincrasia;
  • y por último, el consuelo de la labor mediante la introducción de ornamentos, cuya confección resulta disfrutable para el obrero.

En cuanto a este asunto de la ocupación, podemos decir aquí una palabra sobre la maquinaria, la cual, como ahora se supone (no sin razón), algún día prescindirá de todo trabajo manual excepto, según se piensa, de las artes más sublimes.

Debemos decir que la maquinaria se utilizará de un modo casi inverso al actual. Mientras que hoy en día nos abstenemos de usarla en los trabajos más rudos y repulsivos porque no resulta rentable, en una comunidad socialista su uso se relegará casi por completo a tales labores, ya que en una sociedad de igualdad se considerará rentable todo aquello que exima al ciudadano de la fatiga.

Por lo demás, debe admitirse que la tendencia del industrialismo moderno apunta hacia la extinción total del trabajo manual a manos de la maquinaria; pero no cabe duda de que, a la larga, esto obrará su propia contradicción.

Una vez perfeccionada la maquinaria, la humanidad volverá su atención hacia otra cosa. Empezaremos entonces a liberarnos de la terrible tiranía de la maquinaria y de los resultados de la gran época comercial que esta ha perfeccionado; admitimos plenamente que dichos resultados parecen destinados a solaparse desde el período capitalista hasta el socialista.

Hemos tratado primeramente de las artes adjetivas porque la práctica de estas se ve directamente afectada por el cambio en la economía que se halla en la base de la transformación de la Civilización en Socialismo; veamos ahora las artes sustantivas, comenzando, sin embargo, por la arquitectura, que es el vínculo entre ambas categorías, ya que abarca, cuando está completa, todas las artes que atraen a la vista.

La arquitectura, que es ante todo un arte de asociación, creemos que debe ser necesariamente el arte de una sociedad de cooperación, en la que sin duda existirá una tendencia hacia la absorción de los edificios pequeños en los grandes; y debe recordarse que, de todas las artes, es la que da mayor margen al consuelo del trabajo mediante el ornamento adecuado.

La escultura, al igual que en tiempos pasados, será considerada casi por completo como parte de la buena construcción, la expresión más alta de la belleza que convierte un edificio utilitario en una gran producción artística.

Las pinturas de nuevo seguramente se utilizarán principalmente para la decoración de edificios que sean especialmente públicos; las circunstancias de una sociedad libre de guerras crónicas, públicas, corporativas y privadas, no podrán dejar de afectar en gran medida a este arte, al menos en sus temas, y probablemente reducirán su importancia independiente. Las artes que de ella se desprenden, tales como el grabado, estarán sin duda muy extendidas y serán muy utilizadas por las personas en su ámbito privado.

En cuanto a la literatura, la ficción, como se la llama, cuando una sociedad pacífica y feliz se haya consolidado por algún tiempo, probablemente se extinguirá por falta de material.

El alimento de la novela moderna en sus diversos ropajes es proporcionado principalmente por las anomalías y futilidades de una sociedad de desigualdad regida por un falso sentido convencional del deber, que produce el enredo necesario con el que avergonzar al héroe y a la heroína a lo largo del número debido de páginas.

La literatura, sin embargo, no tiene por qué morir en absoluto; pues no podemos limitar ni prever el desarrollo del gran arte de la poesía, que tan poco ha cambiado en lo esencial desde los poemas homéricos.

Debemos señalar también la diferencia (que por lo general no se tiene en cuenta) entre la literatura como bellas artes y los innumerables libros útiles que son complementos, o más bien herramientas, para otras ocupaciones, entre las que se cuentan las ciencias físicas en todas sus ramas.

La ciencia, a su vez, se liberará de las cadenas utilitarias que el comercio le ha impuesto y, cultivada una vez más por sí misma, y no meramente como sirvienta del industrialismo lucrativo, cabe esperar que se desarrolle de un modo que hoy en día ni siquiera se sospecha.

Para volver otra vez al tema del arte propiamente dicho.

De la música antigua sabemos poco a pesar de Aristóteles y Boecio. La música moderna comienza a finales de la Edad Media con el nacimiento del contrapunto; su gran desarrollo se ha producido durante los siglos XVIII y XIX, y 310 ha sido en su periodo inicial sincrónico con el periodo más degradado de todas las demás artes.

La música clásica (técnicamente llamada así) parecería haber alcanzado su cenit hacia mediados del presente siglo; pero la gran revolución en la música dramática, efectuada por Wagner durante la segunda mitad del siglo, ha ocupado el campo por el momento, aunque no podemos prever qué desarrollos futuros pueda tener.

De una cosa, sin embargo, podemos estar muy seguros: que bajo una condición social completamente cambiada, la música desarrollará estilos propios completamente nuevos, al igual que las demás artes. Y, en nuestra opinión, la música y la arquitectura, cada una en su sentido más amplio, constituirán la ocupación más seria de la gran mayoría de las personas.

A este respecto podemos observar que la música, en su aspecto interpretativo, depende en gran medida de la cooperación, a pesar de que en su aspecto creativo es más, en lugar de menos, individual que la pintura.

Cabe decir unas palabras sobre el Drama, vinculado como está por un lado a la Música y por el otro a la Literatura. Es, además, en cuanto a su ejecución, 311 enteramente un arte cooperativo, mientras que su creación es necesariamente subordinada a las posibilidades de ejecución inherentes a un tiempo y lugar determinados.

Por lo demás, su producción no requiere la misma cantidad de adiestramiento que cualquier otra de las artes; y por tanto podría ser tratado de manera más fácil y placentera por una sociedad comunal que trabaje cooperativamente.

Aunque la cuestión de la indumentaria pueda parecer baladí, tiene mucho que ver con el placer de la vida.

En el futuro, la tiranía de la convención será abolida; la razón y el sentido del placer imperarán. Hay que recordar que el mal traje, del cual apenas existen ejemplos antes del periodo Tudor, o bien encubre o bien caricaturiza el cuerpo; mientras que el buen traje lo vela y lo revela a la vez.

Otro defecto puede observarse en todos los malos periodos (como en el presente), y es que se establece una diferencia extrema entre las prendas de ambos sexos. No es demasiado esperar que la futura sociedad que revolucionará la arquitectura no deje de hacer lo propio con el vestido, que es un adorno tan necesario como la arquitectura.

Para pasar a otras fases de la vida 312 bajo el nuevo orden.

Creemos que bajo ningún concepto se tolerarán la suciedad y la miseria que hoy deshonran a una fábrica o a una estación de ferrocarril. Tal como van las cosas, esta miseria externa no se cuestiona porque, una vez más, ni siquiera renta reducir la inmundicia al mínimo.

Pero, como dijimos antes, todo lo que contribuya al placer de la vida en un Estado comunal rentará si es posible llevarlo a cabo. Por lo tanto, es evidente que no se permitirá la degradación de todo un país por un industrialismo negligente.

Dado que la suciedad y la miseria se reduzcan al mínimo, lo que creemos que dejaría solo un pequeño residuo, ¿cómo debe afrontarse la carga de incluso ese pequeño residuo? Dando por sentado que la fabricación en cuestión es necesaria, por ejemplo, la fundición de hierro, habría dos formas, cualquiera de las cuales podría elegirse.

  • Primero, contar con voluntarios que trabajen temporalmente en un «país negro» estrictamente limitado y comparativamente pequeño, lo que tendría la ventaja de dejar al resto del país absolutamente libre del 313 desorden y la suciedad.
  • Y segundo, dispersar la fabricación en pequeños sectores por un territorio tan vasto que en cada lugar las desventajas apenas se sintieran.

Esto tendría la ventaja de permitir a quienes trabajaban en ella vivir en un entorno medianamente agradable.

Una dificultad de la misma clase tendría que encontrarse en las ciudades. Las grandes aglomeraciones de casas claramente no serían absolutamente necesarias.

Estas son ahora de dos clases:

  • primero, las ciudades manufactureras, que rara vez son capitales, o de importancia como centros de otra cosa que no sea el comercio relacionado con sus industrias especiales, siendo Mánchester un ejemplo obvio de esta clase de gran ciudad.
  • El otro tipo de ciudad desmesurada nos ofrece ejemplos de grandes capitales, que son esencialmente sedes de gobierno centralizado y de operaciones financieras generales, y de manera incidental y consecuente de movimiento intelectual.

Por ejemplo, instituciones como el Museo Británico, el Louvre o la Biblioteca Nacional (Bibliothèque Nationale), la Biblioteca Real de Berlín o las Galerías de Dresde difícilmente podrían existir excepto en 314 capitales.

En cuanto a las ciudades manufactureras, es evidente que, según cualquiera de las teorías sobre el trabajo en fábricas expuestas anteriormente, serían superfluas, mientras que por otra parte no habría grandes centros de gobierno o finanzas para atraer a enormes poblaciones o para mantenerlas unidas.

En el futuro, por lo tanto, los pueblos y ciudades serán construidos y habitados simplemente como sistemas de viviendas cómodos y placenteros, que incluirían por supuesto todos los edificios públicos deseables.

Nuevamente exponemos tres teorías sobre la transformación de la ciudad moderna, industrial o capitalista, en el tipo de entidad que se adapte a las nuevas condiciones sociales.

La primera dejaría las grandes ciudades aún existentes, pero limitaría la población en un espacio determinado; insistiría en la limpieza y la ventilación, en el cercamiento y la separación de las casas por medio de jardines; en la edificación de nobles edificios públicos; en el mantenimiento de instituciones educativas de todo tipo —teatros, bibliotecas, talleres, tabernas, cocinas, etc.

Este tipo de ciudad podría ser de considerable magnitud, y las 315 casas en ella tal vez no diferirían mucho en tamaño y disposición de lo que son ahora, aunque la vida que en ellas se llevara a cabo se habría transformado. Se entiende, por supuesto, que cualquier asociación en la vivienda en tales lugares sería completamente voluntaria, aunque en vista de la limitación antes mencionada, a ningún individuo o grupo se le permitiría acaparar una superficie indebida.

El segundo método para lidiar con las ciudades desorganizadas y anárquicas de hoy en día propone su abolición práctica y su sustitución general por viviendas combinadas, construidas más o menos según el plan de los colegios de nuestras universidades inglesas más antiguas.

En cuanto al tamaño de estas, tendría que determinarse por conveniencia en cada caso, pero la tendencia sería hacerlas tan grandes que fueran casi pequeños pueblos por derecho propio; ya que tendrían que incluir a una gran población para fomentar el intercambio necesario de relación intelectual, y hacerlas más o menos independientes en cuanto a ocupación y diversión ordinarias.

Ha de entenderse que este sistema 316 de viviendas no excluiría necesariamente la existencia de grupos bastante pequeños, y de casas adecuadas para ellos, aunque pensamos que estas tenderían a convertirse en meras excentricidades.

Otra sugerencia más puede esbozarse de la siguiente manera:—

un centro de comunidad, que puede describirse como una ciudad muy pequeña con casas grandes, que incluye varios edificios públicos, todo ello probablemente agrupado en torno a un espacio abierto.

Luego, un cinturón de casas que disminuye gradualmente en número y está cada vez más espaciado, hasta llegar por fin al campo abierto, donde las viviendas, que incluirían algunos de los colegios antes mencionados, deberían ser esporádicas.

Podríamos seguir aportando sugerencias en las cuales, sin embargo, tal como se indicó antes, es seguro que se produzcan divisiones cruzadas.

Lo que hemos dado, sin embargo, nos parece bastante, pues son claramente el fruto de nuestras propias prevenciones. Una cosa, no obstante, deben dar por sentada todos estos esquemas como cuestión de principio, a saber: la abolición de todo antagonismo entre la ciudad y el campo, y de toda tendencia de la una a chupar la vida del otro.

Por lo que respecta a la educación, debe 317 tenerse en cuenta que esta ha de dejar necesariamente de ser una preparación para una vida de éxito comercial, por un lado, o de trabajo irresponsable, por el otro; y, por tanto, en ambos casos, un ejercicio breve y superficial con un objetivo determinado, más o menos sórdido, en vista.

Se convertirá más bien en el hábito de aprovechar al máximo las facultades del individuo en todas las direcciones hacia las que le guíe su innata disposición; de modo que ningún hombre «terminará» nunca su educación mientras viva, y su formación temprana no quedará jamás atrás como un mero desperdicio, tal como ocurre la mayoría de las veces hoy en día.

En lo que llevamos dicho solo nos hemos ocupado de algunos de los principios elementales del socialismo triunfante, y de ciertos aspectos de la vida derivados de ellos que se encuentran más a flor de piel; pero al menos hemos intentado dejar clara nuestra convicción de que, en el nuevo orden de cosas, si bien nadie se verá obstaculizado por falsas ideas del deber, todos tendrán ante sí un amplio ideal mediante el cual podrán regular su conducta con seguridad y tranquilidad de espíritu.

Él 318 hallará su placer en la satisfacción, primero, de sus deseos corporales, y luego de las necesidades intelectuales, morales y estéticas que inevitablemente surgirán cuando el hombre no esté en conflicto con su cuerpo, y no esté agotando su intelecto en un vano combate contra sus urgentes apremios.

Le será necesario, pues, como siempre, laborar para vivir, pero compartirá esa labor en proporciones equitativas con todos sus semejantes; y, por añadidura, podrá por fin sacar partido del dominio del hombre sobre la naturaleza para librarle de la mera pesadumbre del trabajo.

Lo que quede de trabajo, mediante el uso sabio de la oportunidad y la debida observación de las diversas capacidades de la humanidad, lo transformará en un ejercicio placentero de sus energías; y así, entre su descanso y su trabajo, llevará al menos una vida de felicidad, que podrá disfrutar sin reprochársela a sí mismo como una maldad; un hábito mental que, bajo las ideas éticas predominantes, ensombrece a tantos de aquellos que pueden considerarse pertenecientes a las clases más intelectuales de los sectores acomodados.

En cuanto a sus circunstancias externas, la 319 sociedad del futuro será lo suficientemente rica como para prescindir del trabajo destinado a la producción de las únicas cosas que ahora se permiten como útiles, con el fin de cultivar los aspectos decorosos de la vida, de modo que toda la manufactura se llevará a cabo de manera ordenada y limpia, y la faz de la tierra se verá embellecida y no degradada por el trabajo y la morada del hombre.

Otra tiranía será derrocada en nuestra liberación de la obligación de vivir en pueblos crecidos en exceso y superpoblados, y nuestras casas y sus alrededores serán tratados de manera razonable.

La educación dejará de aplicarse al almacenamiento fortuito de niños indispuestos y de jóvenes intensamente deseosos de hacer cualquier otra cosa antes que educarse —que solo se someten a ese proceso con el fin de progresar en sus carreras—, y se convertirá en uno de los asuntos más serios de la vida, incluso para los hombres de las más grandes capacidades naturales.

Una vida así, resulta evidente, será prácticamente lo opuesto a aquello que algunos opositores al nuevo orden, tanto científicos como personajes de menor categoría, afirman ver en la avanzada «tiranía del socialismo».

Pero estamos convencidos de que esta vida, que significa felicidad general para todos los hombres, libre de cualquier sustrato de esclavitud, será impuesta al mundo. Sin embargo, ese mundo no será plenamente consciente de la coacción gradual y natural a la que tendrá que ceder, y que por sus resultados descubrirá que ha sido enteramente benéfica.

Se nos puede preguntar, ya que hemos venido exponiendo continuamente la doctrina de la evolución a lo largo de estas páginas, qué evolucionará a su vez el Socialismo.

Solo podemos responder que el Socialismo niega la finalidad del progreso humano, y que cualquier forma particular de Socialismo que podamos concebir ahora debe ceder necesariamente ante nuevos y superiores desarrollos, de cuya naturaleza, sin embargo, no podemos hacernos ninguna idea.

Estos desarrollos nos están necesariamente ocultos por la lucha inconclusa en la que vivimos, y en la cual, por tanto, la meta suprema para nosotros debe ser el Socialismo tal como lo hemos expuesto aquí.

Seríamos los últimos en querer poner límites a los ideales o aspiraciones humanas; pero el Socialismo que podemos prever, y que nos promete la elevación de la humanidad a un nivel de felicidad inteligente y energía placentera hasta ahora no alcanzado, es para nosotros suficiente como ideal para nuestras aspiraciones y como acicate para nuestra acción.

Notas al pie

  1. Véase el artículo sobre el «Sacrificio», del profesor Robertson Smith, en la Encyclopædia Britannica, 9.ª edición.Back

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