Si el broche estaba allí, seguiría allí por la mañana, le aseguraron, pero Minta siguió sollozando, durante todo el camino hasta lo alto del acantilado.
Era el broche de su abuela; habría preferido perder cualquier otra cosa antes que eso, y sin embargo Nancy sentía que, aunque era verdad que le dolía haber perdido el broche, no estaba llorando solo por eso.
Lloraba por otra cosa. Podríamos sentarnos todos a llorar, sentía ella. Pero no sabía por qué.
Se adelantaron juntos, Paul y Minta, y él la consoló, diciéndole lo famoso que era para encontrar cosas.
Una vez, cuando era un niño, había encontrado un reloj de oro. Se levantaría al amanecer y estaba seguro de que lo encontraría. Le parecía que estaría casi oscuro, y estaría solo en la playa, y de algún modo sería bastante peligroso.
Empezó a decirle, sin embargo, que sin duda lo encontraría, y ella le contestó que ni hablar de levantarse al alba: se había perdido, lo sabía; había tenido un presentimiento al ponérselo aquella tarde.
Y en secreto él resolvió no decirle nada, sino escaparse de la casa al amanecer, cuando todos estuvieran durmiendo, y si no podía encontrarlo, iría a Edimburgo a comprarle otro, exactamente igual pero más hermoso. Demostraría lo que era capaz de hacer.
Y al salir a la colina y ver las luces del pueblo debajo de ellos, las luces que se encendían de pronto una a una parecían cosas que le iban a suceder a él —su matrimonio, sus hijos, su casa—; y de nuevo pensó, al salir al camino real, que estaba bordeado de altos arbustos, cómo se retirarían juntos a la soledad, y caminarían y caminarían, él guiándola siempre, y ella arrimándose a su costado (como lo hacía ahora).