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nydus/To the LighthousePublic
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XIV

Si el broche estaba allí, seguiría allí por la mañana, le aseguraron, pero Minta siguió sollozando, durante todo el camino hasta lo alto del acantilado.

Era el broche de su abuela; habría preferido perder cualquier otra cosa antes que eso, y sin embargo Nancy sentía que, aunque era verdad que le dolía haber perdido el broche, no estaba llorando solo por eso.

Lloraba por otra cosa. Podríamos sentarnos todos a llorar, sentía ella. Pero no sabía por qué.

Se adelantaron juntos, Paul y Minta, y él la consoló, diciéndole lo famoso que era para encontrar cosas.

Una vez, cuando era un niño, había encontrado un reloj de oro. Se levantaría al amanecer y estaba seguro de que lo encontraría. Le parecía que estaría casi oscuro, y estaría solo en la playa, y de algún modo sería bastante peligroso.

Empezó a decirle, sin embargo, que sin duda lo encontraría, y ella le contestó que ni hablar de levantarse al alba: se había perdido, lo sabía; había tenido un presentimiento al ponérselo aquella tarde.

Y en secreto él resolvió no decirle nada, sino escaparse de la casa al amanecer, cuando todos estuvieran durmiendo, y si no podía encontrarlo, iría a Edimburgo a comprarle otro, exactamente igual pero más hermoso. Demostraría lo que era capaz de hacer.

Y al salir a la colina y ver las luces del pueblo debajo de ellos, las luces que se encendían de pronto una a una parecían cosas que le iban a suceder a él —su matrimonio, sus hijos, su casa—; y de nuevo pensó, al salir al camino real, que estaba bordeado de altos arbustos, cómo se retirarían juntos a la soledad, y caminarían y caminarían, él guiándola siempre, y ella arrimándose a su costado (como lo hacía ahora).

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