sintieron incómodos, como si no supieran si avanzar o retroceder. Estaba leyéndole cuentos de hadas a James, dijo. No, eso no podían compartirlo; eso no podían decirlo.
Habían llegado al espacio entre los dos macizos de tritomas ardientes, y allí estaba el Faro de nuevo, pero ella no se permitía mirarlo.
De haber sabido que él la estaba mirando, pensó, no se habría permitido sentarse allí a pensar. Le desagradaba cualquier cosa que le recordara que la habían visto sentada pensando.
Así que miró por encima del hombro, hacia el pueblo. Las luces titilaban y corrían como si fueran gotas de agua plateada sostenidas con firmeza por el viento. Y toda la pobreza, todo el sufrimiento se habían convertido en eso, pensó la señora Ramsay. Las luces del pueblo, del puerto y de los barcos parecían una red fantasma flotando allí para señalar algo que se había hundido.
Bien, si él no podía compartir los pensamientos de ella, se