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nydus/To the LighthousePublic
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XVII

hacia abajo, mirando hacia arriba, mientras estaba sentada junto al señor Ramsay, lo cual despertó su gallardía de modo que él la bromeó,

¿Cómo podía ser tan tonta, se preguntó, como para andar trepando por las rocas con joyas?

Le aterraba un poco —él era tan increíblemente inteligente, y la primera noche, cuando se habia sentado a su lado y él le había hablado de George Eliot, se había asustado de verdad, porque se había dejado el tercer volumen de Middlemarch en el tren y nunca supo qué pasó al final—; pero después se entendieron a la perfección, y se hacía la más ignorante de lo que era, porque a él le gustaba decirle que era una tonta. Y así esta noche, en cuanto se rió de ella, no se asustó. Además, supo, nada más entrar en la habitación, que el milagro se había producido; llevaba puesta su bruma dorada. A veces la tenía; a veces no. Nunca sabía por qué venía o por qué se iba, o si la llevaba puesta hasta que entraba en la habitación y entonces lo sabía al instante por la forma en que algún hombre la miraba. Sí, esta noche la tenía, enormemente; lo supo por la forma en que el señor Ramsay le dijo que no fuera tonta. Se sentó a su lado, sonriendo.

Debió de ocurrir entonces, pensó la señora Ramsay; se han prometido. Y por un momento sintió lo que nunca pensó que volvería a sentir: celos. Pues él, su marido, también los sentía: el fulgor de Minta; le gustaban aquellas muchachas, aquellas muchachas de tonos rojizos y dorados, con algo volátil, algo un tanto salvaje y alocado en ellas, que no se «estiraban el pelo», que no eran, como decía de la pobre Lily Briscoe, «escuálidas». Había en ellas alguna cualidad que ella misma no poseía, cierto brillo, cierta riqueza, que lo atraía, lo divertía, lo llevaba a encapricharse con muchachas como Minta. Podían cortarle el pelo, trenzarle cadenas para el reloj o interrumpirlo en su trabajo, llamándolo a voces (ella los oía): «Venga, señor Ramsay; ahora nos toca a nosotros ganarles», y él salía a jugar al tenis.

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