de entre todas las noches, se habían marchado, y llegaban tarde, y había que devolver los platos, había que mantenerlos calientes; el Bœuf en Daube se arruinaría por completo.
Jasper le ofreció un collar de ópalo; Rose, uno de oro. ¿Cuál le sentaba mejor con el vestido negro?
¿Cuál de verdad?, dijo la señora Ramsay distraída, mirándose el cuello y los hombros (pero evitando su rostro) en el espejo. Y luego, mientras los niños hurgaban entre sus cosas, miró por la ventana una escena que siempre la divertía: los grajos intentando decidir en qué árbol posarse. A cada instante parecía que cambiaban de opinión y volvían a elevarse en el aire porque, pensaba ella, el grajo viejo, el grajo padre —al que llamaba viejo José—, era un pájaro de carácter muy difícil y quisquilloso. Era un pájaro viejo y de mal aspecto, al que le faltaba la mitad de las plumas de las alas. Era como algún viejo caballero de baja estofa con sombrero de copa que ella había visto tocando la corneta frente a un pub.
—¡Mira! —dijo riendo. En realidad estaban peleando. José y María estaban peleando. De cualquier modo, todos volvieron a subir, y el aire fue empujado a un lado por sus alas negras y cortado en exquisitas formas de cimitarra. El movimiento de las alas batiendo hacia afuera, afuera, afuera —nunca lograba describirlo con la precisión suficiente para complacerse a sí misma— era uno de los más hermosos de todos para ella. Mira eso, le dijo a Rose, esperando que Rose lo viera con más claridad que ella misma. Pues los hijos de uno muy a menudo le daban un pequeño empujón hacia adelante a las percepciones de uno.
¿Pero cuál iba a ser? Tenían abiertas todas las bandejas de su estuche de joyas. ¿El collar de oro, que era italiano, o el collar de ópalo, que el tío James le había traído de la India; o debía llevar sus amatistas?
—Elijan, queridas, elijan —dijo, esperando que se dieran prisa.