Pero aquí, de pronto, como toda la gente mayor, dejó de prestarle la menor atención. Estaba escuchando un estrépito en el vestíbulo.
“¡Han vuelto!”, exclamó, y al instante se sintió mucho más irritada que aliviada por ello.
Luego se preguntó: ¿había sucedido? Bajaría y ellos se lo contarían, pero no. No podían contarle nada, con toda esta gente alrededor. Así que tenía que bajar, empezar a cenar y esperar.
Y, como cierta reina que, al ver a su pueblo reunido en el vestíbulo, lo contempla desde arriba y desciende entre él, y acepta sus tributos en silencio, y acepta su devoción y su postración ante ella (Paul no movió un solo músculo, sino que miró fijamente al frente cuando ella pasó), bajó, cruzó el vestíbulo e inclinó la cabeza muy levemente, como si aceptara lo que ellos no podían decir: su tributo a su belleza.
Pero se detuvo. Había olor a quemado. ¿Se les habría pasado el Bœuf en Daube, se preguntó? ¡Dios no lo quiera!, cuando el gran estruendo del gong anunció solemne, autoritariamente, que todos aquellos dispersos por ahí, en los desvanes, en los dormitorios, en sus propios pequeños reductos, leyendo, escribiendo, dándose el último toque en el pelo o abrochándose los vestidos, debían dejar todo eso, y los pequeños bartulos de sus lavavos y tocadores, y las novelas en las mesillas de noche, y los diarios que eran tan íntimos, y reunirse en el comedor para cenar.