¿Quizá los otros estaban diciendo algo interesante? ¿Qué estarían diciendo?
Que la temporada de pesca había sido mala; que los hombres estaban emigrando. Hablaban de salarios y de desempleo. El joven estaba despotricando contra el gobierno.
William Bankes, pensando en el gran alivio que suponía aferrarse a algo de esta índole cuando la vida privada era desagradable, le oyó decir algo acerca de «uno de los actos más escandalosos del actual gobierno».
Lily escuchaba; la señora Ramsay escuchaba; todos estaban escuchando. Pero ya aburrida, Lily sintió que algo faltaba; el señor Bankes sintió que algo faltaba. Enrollándose el chal alrededor, la señora Ramsay sintió que algo faltaba.
Todos ellos inclinándose para escuchar pensaron: «Dios quiera que el interior de mi mente no quede expuesto», pues cada uno pensaba: «Los demás están sintiendo esto. Están indignados y ultrajados con el gobierno por lo de los pescadores. Mientras que yo no siento absolutamente nada».
Pero tal vez, pensó el señor Bankes, mientras miraba al señor Tansley, aquí está el hombre. Uno siempre estaba esperando al hombre. Siempre existía la posibilidad. En cualquier momento podía surgir el líder; el hombre de genio, tanto en la política como en cualquier otra cosa. Probablemente nos resulte sumamente desagradable a nosotros los viejos carcamales, pensó el señor Bankes, esforzándose por ser comprensivo, pues sabía por una extraña sensación física, como de nervios erectos en su columna, que estaba celoso, en parte por sí mismo, en parte de manera más probable por su trabajo, por su punto de vista, por su ciencia; y por lo tanto no tenía una mentalidad del todo abierta ni era completamente justo, pues el señor Tansley parecía estar diciendo,