por ser un caballero, le ofrecería el brazo, y Rose, como era una dama, llevaría su pañuelo (le dio el pañuelo), ¿y qué más? Ah, sí, podía hacer frío: un chal. Elígenos un chal, dijo, pues eso complacería a Rose, que estaba destinada a sufrir tanto.
“Mira”, dijo, deteniéndose junto a la ventana del descansillo, “mira, ahí están otra vez”.
Joseph se había instalado en la copa de otro árbol.
“¿No crees que les importe”, le dijo a Jasper, “tener las alas rotas?”
¿Por qué querría disparar al pobre viejo Joseph y a Mary? Se movió un poco en la escalera y se sintió reprendido, pero no gravemente, pues ella no comprendía la diversión de disparar a los pájaros; que estos no sentían; y, al ser su madre, vivía apartada en otra dimensión del mundo, pero a él le gustaban bastante sus historias sobre Mary y Joseph. Ella lo hacía reír.
Pero ¿cómo sabía que esos eran Mary y Joseph? ¿Creía acaso que los mismos pájaros venían a los mismos árboles todas las noches?, preguntó.