En ese estado temprano y rudo de la sociedad que precede tanto a la acumulación de fondo como a la apropiación de la tierra, la proporción entre las cantidades de trabajo necesarias para adquirir diferentes objetos parece ser la única circunstancia que puede ofrecer alguna regla para cambiarlos entre sí.
Si entre una nación de cazadores, por ejemplo, cuesta habitualmente el doble de trabajo matar a un castor que matar a un ciervo, lo natural es que un castor se cambie por dos ciervos o valga dos ciervos. Es natural que lo que es habitualmente producto de dos días o dos horas de trabajo valga el doble de lo que es habitualmente producto del trabajo de un día o de una hora.
Si una especie de trabajo fuera más dura que la otra, naturalmente se haría alguna compensación por esta mayor dificultad; y el producto de una hora de trabajo en un modo podrá frecuentemente cambiarse por el de dos horas de trabajo en el otro.
O si la única especie de trabajo requiere un grado poco común de destreza y ingenio, la estimación que los hombres tienen por tales talentos dará naturalmente al producto un valor superior al que correspondería al tiempo empleado en él.
Tales talentos rara vez pueden adquirirse sino como consecuencia de una larga aplicación, y el valor superior de su producto tal vez no sea con frecuencia más que una compensación razonable por el tiempo y el trabajo que deben emplearse en adquirirlos.
En el estado avanzado de la sociedad, las compensaciones de esta clase, por una mayor penuria y una mayor habilidad, se hacen comúnmente en los salarios del trabajo; y algo de la misma clase debió de tener lugar probablemente en su período más temprano y rudimentario.
En este estado de cosas, todo el producto del trabajo pertenece al trabajador; y la cantidad de trabajo comúnmente empleada en adquirir o producir cualquier mercancía es la única circunstancia que puede regular la cantidad de trabajo que comúnmente debe comprar, mandar o intercambiar por ella.
Tan pronto como el capital se ha acumulado en manos de personas particulares, algunas de ellas lo emplearán naturalmente en poner a trabajar a personas industriosas, a quienes proporcionarán materiales y subsistencia, con el fin de obtener un beneficio mediante la venta de su trabajo, o por lo que su labor añade al valor de los materiales.
Al cambiar la manufactura completa ya sea por dinero, por trabajo o por otros bienes, además de lo que pueda ser suficiente para pagar el precio de los materiales y los salarios de los obreros, debe entregarse algo por los beneficios del empresario que dirige la obra, quien arriesga su capital en esta empresa.
El valor que los obreros añaden a los materiales, por lo tanto, se resuelve en este caso en dos partes, de las cuales una paga sus salarios, y la otra los beneficios de su empleador sobre el conjunto del capital de materiales y salarios que ha adelantado. No tendría ningún interés en emplearles a menos que esperara de la venta de su trabajo algo más que lo suficiente para reembolsarle su capital; y no tendría ningún interés en emplear un gran capital en lugar de uno pequeño, a menos que sus beneficios guardasen cierta proporción con la magnitud de su capital.
Las ganancias del capital, tal vez pueda pensarse, no son sino un nombre diferente para los salarios de una clase particular de trabajo, el trabajo de inspección y dirección.
Son, sin embargo, completamente diferentes, se rigen por principios del todo distintos y no guare proporción alguna con la cantidad, la dureza o el ingenio de este supuesto trabajo de inspección y dirección.
Se regulan enteramente por el valor del capital empleado y son mayores o menores en proporción a la magnitud de dicho capital.
Supongamos, por ejemplo, que en un lugar determinado, donde los beneficios anuales comunes del capital manufacturero son del diez por ciento, hay dos manufacturas diferentes, en cada una de las cuales se emplean veinte obreros, a razón de quince libras al año cada uno, o con un gasto de trescientos al año en cada fábrica.
Supongamos también que las materias primas ordinarias transformadas anualmente en la una cuestan sólo setecientas libras, mientras que las materias más finas de la otra cuestan siete mil.
El capital empleado anualmente en la una ascenderá, en este caso, a sólo mil libras; mientras que el empleado en la otra ascenderá a siete mil trescientas libras.
A razón del diez por ciento, por lo tanto, el empresario de la primera esperará un beneficio anual de sólo unas cien libras; mientras que el de la segunda esperará unas setecientas treinta libras.
Pero aunque sus beneficios son tan diferentes, su trabajo de inspección y dirección puede ser total o muy casi el mismo.
En muchas grandes obras, casi todo el trabajo de esta índole es confiado a algún empleado principal.
Su salario expresa propiamente el valor de este trabajo de inspección y dirección. Aunque al fijarlo se suele tener en cuenta, por lo general, no solo su trabajo y su habilidad, sino también la confianza que se deposita en él, nunca guarda proporción regular alguna con el capital cuya gestión supervisa; y el propietario de este capital, aunque de este modo queda liberado de casi todo trabajo, espera aún que su beneficio guarde una proporción regular con su capital.
En el precio de las mercancías, por tanto, los beneficios del capital constituyen una parte integrante totalmente diferente de los salarios del trabajo, y están regidos por principios del todo distintos.
En este estado de cosas, todo el producto del trabajo no pertenece siempre al trabajador. En la mayoría de los casos debe compartirlo con el propietario del capital que lo emplea.
Tampoco la cantidad de trabajo empleado comúnmente en adquirir o producir cualquier mercancía es la única circunstancia que puede regular la cantidad que esta debe comprar, mandar o intercambiar comúnmente. Es evidente que se debe abonar una cantidad adicional por los beneficios del capital que adelantó los salarios y proporcionó los materiales de dicho trabajo.
Tan pronto como el suelo de un país se ha convertido por completo en propiedad privada, los terratenientes, como todos los demás hombres, aman cosechar donde nunca sembraron, y exigen una renta incluso por los productos naturales de la tierra.
- La madera del bosque, la hierba del campo y todos los frutos naturales de la tierra que, cuando la tierra era común, le costaban al trabajador solo el esfuerzo de recolectarlos, llegan a tener, incluso para él, un precio adicional fijado sobre ellos.
Debe pagar entonces por el permiso para recogerlos, y tiene que entregar al terrateniente una porción de lo que su trabajo recolecta o produce. Esta porción, o —lo que viene a ser lo mismo— el precio de esta porción, constituye la renta de la tierra y, en el precio de la mayor parte de las mercancías, forma una tercera parte integrante.
El verdadero valor de todas las diversas partes componentes del precio, debe observarse, se mide por la cantidad de trabajo que cada una de ellas puede comprar o mandar. El trabajo mide el valor, no sólo de aquella parte del precio que se resuelve en trabajo, sino de la que se resuelve en renta y de la que se resuelve en beneficio.
En toda sociedad, el precio de toda mercancía se resuelve finalmente en alguna de esas tres partes, o en todas ellas; y en toda sociedad desarrollada, las tres entran, en mayor o menor medida, como partes integrantes en el precio de la inmensa mayoría de las mercancías.
En el precio del maíz, por ejemplo, una parte paga la renta del terrateniente, otra paga los salarios o el mantenimiento de los jornaleros y del ganado de labor empleados en producirlo, y la tercera paga el beneficio del agricultor. Estas tres partes parecen componer, ya sea inmediata o最终mente (o "en última instancia"), todo el precio del maíz.
Una cuarta parte, tal vez se piense, es necesaria para reemplazar el capital del agricultor, o para compensar el desgaste de su ganado de labor y otros instrumentos de labranza. Pero debe considerarse que el precio de cualquier instrumento de labranza, como un caballo de labor, se compone a su vez de esas mismas tres partes: la renta de la tierra en la que es criado, el trabajo de cuidarlo y criarlo, y los beneficios del agricultor, quien adelanta tanto la renta de esta tierra como los salarios de este trabajo.
Por lo tanto, aunque el precio del maíz pueda pagar el precio así como el mantenimiento del caballo, todo el precio aún se reduce, ya sea inmediata o en última instancia, a las mismas tres partes de renta, trabajo y beneficio.
Al precio de la harina o de la sémola debemos añadir, al precio del grano, los beneficios del molinero y el salario de sus criados; al precio del pan, los beneficios del panadero y el salario de sus criados; y al precio de ambos, la labor de transportar el grano desde la casa del granjero hasta la del molinero, y desde la de este hasta la del panadero, junto con los beneficios de quienes adelantan los salarios de dicha labor.
El precio del lino se reduce a las mismas tres partes que el del trigo. En el precio de la tela de lino debemos añadir a este precio los salarios del macerador de lino, del hilandero, del tejedor, del blanqueador, etc., junto con las ganancias de sus respectivos empleadores.
A medida que cualquier mercancía en particular llega a estar más manufacturada, aquella parte del precio que se descompone en salarios y beneficio llega a ser mayor en proporción a la que se descompone en renta.
En el progreso de la manufactura, no solo aumenta el número de beneficios, sino que cada beneficio subsiguiente es mayor que el anterior; porque el capital del que deriva debe ser siempre mayor.
El capital que emplea a los tejedores, por ejemplo, debe ser mayor que el que emplea a los hiladores; porque no solo reemplaza a dicho capital con sus beneficios, sino que paga, además, los salarios de los tejedores: y los beneficios deben guardar siempre alguna proporción con el capital.
En las sociedades más mejoradas, sin embargo, siempre hay unos pocos productos cuyo precio se resuelve en dos partes únicamente: el salario del trabajo y los beneficios del capital (profits of stock); y un número aún menor en el que consiste totalmente en el salario del trabajo.
En el precio del pescado de mar, por ejemplo, una parte paga el trabajo del pescador, y la otra los beneficios del capital empleado en la pesca. La renta rara vez forma parte de él, aunque a veces lo hace, como mostraré más adelante.
Sucede de otro modo, al menos en la mayor parte de Europa, en la pesca fluvial. Una pesquería de salmón paga una renta; y la renta, aunque no pueda llamarse propiamente renta de la tierra, forma parte del precio de un salmón, así como el salario y el beneficio.
En algunas partes de Escocia, unas pocas personas pobres se ganan la vida recogiendo, a lo largo de la orilla del mar, esas pequeñas piedras multicolores conocidas comúnmente con el nombre de guijarros escoceses. El precio que les paga el tallador de piedras es enteramente el salario de su trabajo; ni la renta ni el beneficio forman parte alguna de él.
Pero el precio total de cualquier mercancía debe todavía resolverse finalmente en una u otra, o en todas esas tres partes; pues cualquier parte de ella que quede después de pagar la renta de la tierra y el precio de todo el trabajo empleado en producirla, fabricarla y llevarla al mercado, debe necesariamente ser beneficio para alguien.
Así como el precio o valor de cambio de toda mercancía en particular, considerada aisladamente, se descompone en alguna de estas tres partes, o en todas ellas; así también el de todas las mercancías que componen la producción anual total del trabajo de cada país, considerada en su conjunto, debe descomponerse en las mismas tres partes, y distribuirse entre los diferentes habitantes del país, ya sea como salario de su trabajo, beneficio de su capital o renta de su tierra.
Todo lo que anualmente se recauda o produce mediante el trabajo de cada sociedad, o lo que es lo mismo, el precio total de este, se distribuye originalmente de este modo entre algunos de sus diferentes miembros.
- El salario, el beneficio y la renta son las tres fuentes originarias de todo ingreso, así como de todo valor de cambio.
- Cualquier otro ingreso deriva en última instancia de alguna de estas fuentes.
Cualquier persona que obtenga sus ingresos de un fondo que le pertenece, debe extraerlos de su trabajo, de su capital o de su tierra.
Los ingresos derivados del trabajo se denominan salarios; los derivados del capital, por la persona que lo administra o emplea, se denominan beneficio; los derivados del mismo por la persona que no lo emplea por sí misma, sino que lo presta a otra, se denominan interés o uso del dinero.
Es la compensación que el prestatario paga al prestamista por el beneficio que tiene la oportunidad de obtener mediante el uso del dinero.
Parte de ese beneficio pertenece naturalmente al prestatario, quien corre el riesgo y se toma el trabajo de emplearlo, y parte al prestamista, quien le brinda la oportunidad de obtener dicho beneficio.
El interés del dinero es siempre una renta derivada que, si no se paga del beneficio obtenido mediante el uso del dinero, debe pagarse de alguna otra fuente de ingresos, a menos que tal vez el prestatario sea un derrochador, que contraiga una segunda deuda para pagar el interés de la primera.
La renta que procede enteramente de la tierra se llama renta de la tierra, y pertenece al propietario. La renta del agricultor se deriva en parte de su trabajo y en parte de su capital. Para él, la tierra es solo el instrumento que le permite ganar el salario de este trabajo y obtener los beneficios de este capital.
Todos los impuestos, y toda la renta que se fundamenta en ellos, todos los salarios, pensiones y rentas vitalicias de cualquier clase, se derivan en última instancia de una u otra de esas tres fuentes originales de ingresos, y se pagan directa o indirectamente de los salarios del trabajo, los beneficios del capital o la renta de la tierra.
Cuando esas tres clases diferentes de ingresos pertenecen a personas distintas, se distinguen fácilmente; pero cuando pertenecen a la misma, a veces se confunden entre sí, al menos en el lenguaje común.
Un caballero que cultiva una parte de su propia hacienda, tras pagar los gastos de cultivo, debería obtener tanto la renta del propietario como el beneficio del agricultor. Sin embargo, suele denominar a toda su ganancia beneficio, y confunde así la renta con el beneficio, al menos en el lenguaje común.
La mayor parte de nuestros hacendados de América del Norte y de las Indias Occidentales se encuentran en esta situación. La gran mayoría cultiva sus propias haciendas y, en consecuencia, rara vez oímos hablar de la renta de una plantación, sino frecuentemente de su beneficio.
Los agricultores comunes rara vez emplean a ningún mayoral para dirigir las operaciones generales de la granja. Por lo general, además, trabajan bastante con sus propias manos, como aradores, gradares, etcétera.
Lo que queda de la cosecha, después de pagar la renta, por lo tanto, no solo debe reembolsarles el capital empleado en el cultivo, junto con sus beneficios ordinarios, sino pagarles los jornalres que se les deben, tanto como trabajadores como de mayorales.
Todo lo que queda, sin embargo, después de pagar la renta y mantener el capital, se llama beneficio. Pero los salarios evidentemente forman parte de él. El agricultor, al ahorrarse estos salarios, debe necesariamente ganarlos. Los salarios, por lo tanto, se confunden en este caso con el beneficio.
Un fabricante independiente, que tiene suficiente stock tanto para comprar materiales como para mantenerse hasta que pueda llevar su obra al mercado, debería obtener tanto el salario de un oficial que trabaja bajo las órdenes de un maestro como el beneficio que ese maestro obtiene por la venta de la obra de dicho oficial.
Sin embargo, todas sus ganancias se denominan comúnmente beneficio, y el salario se confunde también, en este caso, con el beneficio.
Un jardinero que cultiva su propio jardín con sus propias manos, reúne en su propia persona los tres caracteres diferentes de propietario, granjero y jornalero. Su producto, por lo tanto, debe pagarle la renta del primero, el beneficio del segundo y el salario del tercero. El conjunto, sin embargo, se considera comúnmente como las ganancias de su trabajo. Tanto la renta como el beneficio se confunden en este caso con el salario.
Así como en un país civilizado son pocas las mercancías cuyo valor de cambio proviene únicamente del trabajo —contribuyendo la renta y el beneficio en gran medida al de la inmensa mayoría de ellas—, el producto anual de su trabajo siempre será suficiente para comprar o mandar una cantidad de trabajo mucho mayor que la que se empleó en criar, preparar y llevar dicho producto al mercado.
Si la sociedad empleara anualmente todo el trabajo que puede comprar anualmente, así como la cantidad de trabajo aumentaría enormemente cada año, el producto de cada año sucesivo tendría un valor muchísimo mayor que el del anterior.
Pero no hay ningún país en el que todo el producto anual se emplee en mantener a los ociosos. Los perezosos consumen en todas partes una gran parte de este; y, según las diferentes proporciones en que se divide anualmente entre esas dos clases diferentes de personas, su valor ordinario o medio debe aumentar o disminuir anualmente, o seguir siendo el mismo de un año a otro.